FUNDAMENTALISTA DE LA VIDA, EL LEVIATÁN Y GRAMSCI
jueves, 12 de julio de 2018

 

FUNDAMENTALISTA DE LA VIDA, EL LEVIATÁN Y GRAMSCI

Si el fundamentalismo es básicamente una actitud, un comportamiento en la vida caracterizado por la defensa a ultranza de una doctrina o ideología, especialmente de todo aquello que sostiene la misma en su estado más puro y riguroso, prefiero ser fundamentalista de la vida y no de la muerte.

DR. JORGE H. SARMIENTO GARCÍA - FORODECUYO.COM


 

 

Si el fundamentalismo es básicamente una actitud, un comportamiento en la vida caracterizado por la defensa a ultranza de una doctrina o ideología, especialmente de todo aquello que sostiene la misma en su estado más puro y riguroso, prefiero ser fundamentalista de la vida y no de la muerte.

 

Y está claro que, para algunos legisladores nacionales, en lo que entienden por democracia la ley positiva (puesta por los hombres en el área de la historia) está por sobre el dogma, la moral y la biología; en consecuencia y por ejemplo, la “protección de la salud pública” podría convalidar la muerte de la persona humana concebida aunque no nacida.

 

Tal vez algunos no lo sepan, pero tal postura tiene por una de sus bases a Tomás Hobbes (1588-1679) quien publicó en 1651 “El Leviatán”, obra precursora del absolutismo moderno y tributaria del absolutismo laico que ignora a Dios y a la ética como soluciones prácticas y positivas en la organización política.

 

Contractualista en lo que respecta al origen o causa eficiente del Estado, Hobbes sostuvo que originariamente los hombres han vivido en un estado de naturaleza bélico, dominado por el egoísmo y la lucha de todos contra todos (“homo hominis lupus”, el hombre es lobo para el hombre), y que para evitar su destrucción, buscaron salir de esa situación, pero de un modo tal que fuese imposible retornar a la anarquía y a la guerra.

 

Así las cosas, los hombres pactaron voluntariamente por miedo, por conveniencia, por interés crear el Estado y erigir un gobernante; y el contrato o pacto lo hicieron todos los hombres, ellos solos y entre sí, por lo que el gobernante es un tercero ajeno al contrato, que no queda obligado con la comunidad porque no ha pactado con ella, y por ese contrato unánime se transfieren todos los derechos de los hombres en forma total y definitiva, entrega al “Leviatán” que resulta ser, por tanto,  irrevocable.

 

El fin del contrato ha sido y es la seguridad de la vida de cada uno, incluyendo por contrapartida tener por bueno y justo todo lo que el Estado por medio del gobernante ordene.

 

 Ello explica que se haya sostenido que son muchos los países que van hacia la concreción de aquel patrón de Estado que describió Hobbes: un Leviatán protector, al que los hombres confían su seguridad y al que ceden todos sus derechos, en el que se concentra todo el poder, en rigor sin sujeción a norma alguna, porque el mismo Estado es el que dispone del derecho.

 

Pues bien, el Leviatán de Hobbes surgió en una época muy parecida a la que nos ha tocado vivir; un tiempo de grandes cambios y de grandes temores, caldo de cultivo de las ideas sobre el poder absoluto, que ha engendrado en muchos sectores de la sociedad la tentación de abandonarse a un Estado lleno de poder en una sociedad que no sabe adónde va, por lo que está siempre al borde de entregar su libertad.

 

Cada atropello, cada invasión han ido precedidos y acompañados de penosos episodios de claudicación. Ha habido silencios temerosos por parte de quienes tenían el deber de alzar la voz… Y como no estoy dispuesto a callar, ante situaciones como las expuestas, y frente a los abortistas, tengo la convicción de que hay que “gritar” que la ley humana no es la única medida de la justicia; que los hombres tienen derechos inherentes a su personalidad y no sólo los que el Estado quiera otorgarles como regalo gracioso; que no hay que claudicar en el empeño de actualizar el auténtico bien común como fin del Estado.

 

Como vengo insistiendo desde hace muchos años, debe quedar claro:

 

a) que la esfera del poder político viene determinada por el fin que tiene la misión de realizar, por el bien común, 1º) asegurando la paz (u orden por la justicia), tanto externa como interna, así como la defensa de los derechos naturales, sean de personas humanas (incluidas las concebidas pero aun no nacidas) o asociaciones, y 2º) promoviendo el bienestar y el progreso social, no sólo material sino también moral, observando los principios de subsidiariedad y solidaridad; y

 

b) que la autoridad se halla, pues, 1º) limitada por los derechos naturales preexistentes de los individuos y grupos a quienes gobierna, y 2º) sometida a la

 

Por ello es menester asegurarnos que los legisladores (y los funcionarios en general) deban sujetarse al ordenamiento jurídico que debe ser moral, obligados a cumplir el mismo, con lo que la cuestión ética se hace así operativa, operativas que tratan de realizar ese principio, de asegurar que el derecho positivo tenga color o sabor de justicia ante la conciencia de los ciudadanos y que sea un orden de paz que defina claramente lo tuyo, lo mío y los nuestro y que dé seguridad a nuestros movimientos dentro de la vida social, haciendo así posible una libertad responsable, dentro del ámbito del orden jurídico, tendiendo en cierta manera a expresarse  como un límite o una condición en la actuación del poder y de la libertad.

 

Pero hay alguien a quien en esta Columna reiteradamente me he referido y que considero que aquí debo  hacerlo nuevamente: Gramsci, quien veía que sería imposible instaurar el comunismo en los países occidentales siguiendo la misma estrategia que Lenin había seguido en Rusia, debido a que el pueblo en estos lugares tenía tan fuertemente arraigadas sus creencias, costumbres y tradiciones, que no aceptarían jamás las ideas del materialismo dialéctico por la vía de la fuerza militar y del Estado. De nada serviría tomar el poder del Estado y la educación por la fuerza, si el pueblo no colaboraba después con él, para el adoctrinamiento en el pensamiento materialista. Para lograr los objetivos marxistas en los países occidentales, especialmente latinos, habría que acabar primero con esas creencias, costumbres y tradiciones del pueblo. Obviamente, para ello sus dos obstáculos más importantes en los países latinos, los enemigos a vencer y destruir antes que nada, son las iglesias cristianas (especialmente la católica) y la familia; y para vencerlos, sería menester: Acabar con las creencias, tradiciones y costumbres que hablen de la trascendencia del hombre, ridiculizándolas con mensajes cortos y accesibles y por todos los medios, haciéndolas aparecer como algo tonto, ridículo, pasado de moda. De este modo, se hará dudar a las gentes de sus convicciones más íntimas o, por lo menos, se los hará sentirse avergonzados de ellas. Sobre la duda, sembrar nuevas ideas. No hablar de materialismo, pues los pueblos conocen el término y se pondrán en guardia. Hay que hablar de inmanencia, lo opuesto a la trascendencia y hacerle saber al mundo que eso, el hombre inmanente, el que piensa y vive sólo para el aquí y para el ahora, es lo moderno, lo actual. Silenciar, a través de la calumnia, la crítica abierta, la burla, la ridiculización y el desprecio social, a todo el que se atreva a defender las ideas de un paso más allá de una vida trascendente. Crear una nueva cultura en donde la trascendencia no halle lugar alguno. Infiltrarse en la “superestructura”, introduciéndose en las iglesias y en las instituciones educativas para reforzar desde ahí las ideas de lo que es moderno y actual (lo inmanente) y de lo que está pasado de moda y es ridículo (lo trascendente). Erradicar de los programas educativos todo lo que hable de tradiciones familiares y de una vida eterna. Conseguir, por cualquier medio (incluidos el soborno y el chantaje) a personajes disidentes que sean famosos dentro de la superestructura (iglesias, escuelas) para que sean ellos mismos los que ridiculicen sus propias Instituciones y difundan así las ideas neomarxistas.  Del mismo modo, no importa cuál sea, conseguir que artistas, pensadores, periodistas y escritores que ridiculicen la fe, las tradiciones y a todo aquél que se atreva a defenderlas. Dueños ya de la sociedad política, se influirá coercitivamente, a través de las leyes y normas positivas, sobre la sociedad civil que ya piensa como neomarxista o ya no sabe ni qué piensa o, por lo menos, le da miedo decir lo que piensa. El plan se cierra, desde el gobierno, con el pueblo concientizado para alcanzar el paraíso aquí en la tierra.

 

Como han escrito por Joaquín García-Huidobro, Carlos Massini Correas y Bernardino Bravo Lira: “Los políticos de Occidente no han percibido en general la real naturaleza del adversario que tienen por delante. Las respuestas ofrecidas se han dado en un plano incorrecto, pensando en un adversario dotado de la ideología marxista-leninista clásica, cuando en realidad se enfrentan a algo distinto y mucho más peligroso. Confiar en la ideología del bienestar económico, donde Lenin rendía sus batallas, ya no es suficiente para detener el avance del comunismo gramsciano. El gramscismo trabaja en el universo de la superestructura, el mundo de la sociedad civil cultural si se quiere en donde la respuesta debe ser a nivel ideológico y doctrinal y no sólo en el plano de las realizaciones económicas. Por su parte, la dedicación excluyente de los partidos no comunistas, centrada en el esfuerzo por el bienestar económico, ha dejado a los marxistas el campo libre en todos los lugares donde la cultura se va conformando y difundiendo. De esta manera, han caído en manos de orientadores marxistas escuelas, universidades, medios de comunicación y, en general, toda una serie de circuitos culturales con amplias influencias en la población. La tarea gramsciana ha sido particularmente fácil, tomando en cuenta la poca y ninguna resistencia ofrecida por las fuerzas tradicionales en su retirada hacia los centros donde se promueve el progreso material. Por lo demás, la retirada en el terreno cultural se ha visto agravada por la presencia de otras ideas y doctrinas, no comunistas ni socializantes, pero sí sólidamente inmanentistas. Frente a esto, los representantes de la cultura tradicional se han visto apabullados ante la presencia de un contrincante desproporcionadamente poderoso, lleno de recursos, apoyo económico e intelectual y asentado en una sólida base ideológica. La cultura gramsciana dispone de los medios y la intención de apoderarse de la sociedad civil, dominándola desde las modestas galerías de arte hasta los enormes complejos editoriales, en tanto su adversario se debate entre la subsistencia y el silencio provocados por el olvido”.

 

Y si los fundamentalistas de la vida llegásemos a ser precariamente vencidos en esta pugna, hemos de recoger la sugerencia de ese gran maestro argentino, Almafuerte, seguidor de Faustino Valentín (o Domingo Faustino) Sarmiento: No te sientas esclavo ni aun esclavo, no te sientas vencido ni aun vencido, ten el tesón del clavo enmohecido, que aunque viejo y ruin vuelve a ser clavo.