PARA QUE LA VIDA POLÍTICA SEA DIGNA - por JORGE H. SARMIENTO GARCÍA
martes, 03 de abril de 2007
 Recordamos, ante las próximas elecciones, que bien se ha dicho que no hay esperanza cuando es utópico el anhelo de que pueda haber un gobierno justo; cuando es utópico el propósito de orientar de preferencia el afán constructivo de un pueblo en el sentido de lograr que la joven generación sea en su día una generación de hombres justos.  

Como escribe Josef Pieper: “Para que la vida política recupere su perdida dignidad, es preciso que vuelva a alentar en el pueblo el sentimiento de la grandeza de la función gubernativa y de las altas exigencias humanas que dicha tarea implica. Ello vendría a significar justamente lo contrario de una magnificación totalitaria del poder. A lo que aquí se alude es más bien a la necesidad de ir creando en la conciencia del pueblo, merced a una tenaz labor de educación y formación, una imagen que no deje el menor lugar a dudas sobre los presupuestos de orden humano en que ha de fundarse el ejercicio del poder. Sería preciso, por ejemplo, que fuese claro y evidente, aún para el más simple, que allí donde falten la prudencia y la justicia, falta el elemento de aptitud humana sin el cual no es posible desempeñar en su plenitud de sentido el ejercicio del poder. Estas dos virtudes cardinales son, como puede leerse en la ´Política` de Aristóteles y en la ´Summa theologica` de Santo Tomás, las virtudes distintivas del príncipe o gobernante. Ahora bien, la imagen del prudente que propone la ética occidental no es ni mucho menos la del simple ´táctico`, que sabe obtener con éxito lo que se propone. Por prudencia se entiende la objetividad que se deja determinar por la realidad, por la visión de lo que existe; prudente es el que sabe escuchar en silencio, el que es capaz de dejar que se le diga algo, con tal de alcanzar un conocimiento más exacto, más claro y más rico de lo real.  Si esta medida tuviera efectiva vigencia, ello vendría a significar que sin necesidad de proceder a una repulsa formal y ya antes de entrar en discusión, quedaría ´eo ipso` descartado de toda elección el hombre irreflexivo, parcial, que se lleva dejar ante todo por el afecto o por la voluntad de poder, pues de antemano se le daría por inepto para dar cumplimiento a la justicia del gobernante, que es ´iustitia distributiva` y cuya función consiste en lo siguiente: procurar de un lado el bien común al mismo tiempo que se respeta la dignidad del individuo y se da a éste lo que es suyo

 

“La virtud dice Santo Tomás es la cualidad principal requerida para que alguien no solamente sea capaz de gobernarse a sí mismo, sino también de regir a los demás. Y en este último caso es tanto más necesaria cuanto mayor es el número de los que debe gobernar; pues, aún en el mismo orden físico vemos que, cuanto más fuerza posee uno, tanto más carga puede llevar y tanto más puede vencer a los demás. Así, pues, se requiere mayor virtud para gobernar una familia que para regirse a sí mismo solo, y muchísimo mayor para gobernar una ciudad o un reino. Para cumplir bien, por consiguiente, con el oficio de rey, es necesaria una virtud eminente”. Agrega que el verdadero gobernante debe no buscar su propia utilidad ni sus propios intereses, consagrándose “todo entero a procurar con desinterés y esplendidez el bien de sus súbditos”.

 

Y dice en otro lugar que tres cosas se requieren para gobernar bien:

 

1)   Legitimidad, en cuanto al origen del ejercicio del poder.

 

2)   Idoneidad, que comprende principalmente,

 

a) inteligencia o sagacidad, pericia o competencia,

b) virtud (“morum honestas”), y

c) madurez (“vultus maturitas”).

 

3)   Fuerza, esto es, no solamente el vigor físico para llevar adelante las tareas de gobierno, sino también poder armado para imponer la ley “ad intra” (en el interior)  y para defender las fronteras y los intereses del Estado “ad extra” (en lo exterior).

 

El desorden en el régimen humano proviene de que no se pone al frente de la nación el más capaz y el más prudente, sino que se usurpa el poder por la fuerza, o no se tienen en cuenta más que motivos sentimentales. Desorden que señala Salomón, cuando dice, Eclesiastés, 10, 5-6: uno de los peores males que ocurren entre los hombres es que el necio y el inepto ocupen el trono”.

 

Y debemos agregar muy especialmente que el mal ejemplo dado desde arriba arrastra fácilmente a los de abajo y, en lugar de inducir al fin de la sociedad, arrastra al vicio y deshace toda la obra de buen gobierno.

 

Hay, por tanto, sobre todo dos virtudes que deben resplandecer especialmente en el gobernante: la prudencia y la justicia; y creemos que entre nosotros hay mucha ausencia de ellas ...

 

¡Ojalá que sepamos votar “Para que la vida política recupere su perdida dignidad"!