EL CULTO A LA PERSONALIDAD, EL HOMBRE ÉLITE Y EL HÉROE - POR JORGE H. SARMIENTO GARCÍA
viernes, 10 de febrero de 2012

El “culto a la personalidad” de los líderes ha sido y es uno de los peores vicios políticos, caracterizado por la obsecuencia y pleitesía -directas o indirectas- a personas en el ejercicio del poder y que es anejo a los Estados autoritarios y totalitarios.


     

El “culto a la personalidad” de los líderes ha sido y es uno de los peores vicios políticos, caracterizado por la obsecuencia y pleitesía directas o indirectas a personas en el ejercicio del poder y que es anejo a los Estados autoritarios y totalitarios.

 

Pareciera que el fenómeno no es sino una réplica del viejo uso, corriente desde Alejandro Magno, de divinizar a ciertos hombres. Se trata del vano intento de elevación de una criatura hasta las alturas divinas, de una glorificación y una divinización de la naturaleza humana.

 

Mas la realidad evidencia que aquéllos a quienes se pretende de algún modo divinizar, son sólo hombres, con todo lo que ello implica de limitación e incertidumbre, con nuestra miseria real y más profunda, la de nuestros pecados y la de nuestra muerte.

 

En “Todo es Historia” escribió Gregorio A. Caro Figueroa que hay que aprender que el culto a las personas resulta casi tan efímero como sus vidas y que la adulación parece destinada a prolongarse sólo un trecho más allá de sus muertes; y agregaba: “´¿Stalin? De aquí a cincuenta años todos lo habrán olvidado`, aventuró Bertolt Brecht, quince años antes de la muerte del dictador soviético, a quien sus acólitos auguraban inmortalidad. Bretch cometió pecado de optimismo pues en 1956, sólo tres años después de su muerte, Stalin fue arrancado de los altares después del lapidario discurso de Nikita Kruschev en el XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética, en el que denunció las ´monstruosas proporciones` que había alcanzado el culto de la personalidad detrás del cual se ocultaron millones de crímenes”.

 

Debemos cuidarnos absolutamente de caer en la adulación y el servilismo propios del “culto a la personalidad”, que vinculan a las masas en una relación de demagogia y aprovechamiento.

 

Mas ha de quedar claro que ello no implica marginar la mesurada honra debida al que Stan Popescu llama “hombre élite”, el que -sin perjuicio de sus defectos e imperfecciones- lleva en su intimidad el núcleo de las más nobles virtudes, movilizadas con miras a la defensa de los elevados ideales de la comunidad, y que incluye al “héroe”.

 

Y no puedo entonces dejar de pensar en los que murieron en combate por nuestras Islas Malvinas, a quienes aprecio son aplicables los versos de Simónides de Ceos dedicados a los “300” espartanos que murieron defendiendo a su patria de los persas y que, precisamente porque fueron auténticos héroes, perduran:

 

“De los que en muerte generosa y clara

en los altos Termópilas cayeron,

y venturosa suerte así tuvieron,

se venera el sepulcro como un ara.

No le oscurecerá la edad avara

que todo lo consume; y los que fueron

capaces de un tal hecho, y tal pudieron,

gozan una alabanza eterna y rara.

La religiosa tumba do hora posa

De estos varones ínclitos la llama,

que en lúgubre silencio y paz reposa,

a una jamás perecedera fama

elevará la Grecia gloriosa

doquier que el nombre de la patria se ama”