LOS “CHICOS DE LA GUERRA” - por JORGE H. SARMIENTO GARCÍA
miércoles, 31 de marzo de 2010

Una vez más diré, parafraseando a Leonardo Castellani, que no se puede agradar a todos ni se puede ser fácil para todos. Hay que tener sí el propósito de no disgustar razonablemente a nadie; mas no el propósito de gustar a todos, porque es inasequible, y ni Cristo mismo lo consiguió.


 

Una vez más diré, parafraseando a Leonardo Castellani, que no se puede agradar a todos ni se puede ser fácil para todos. Hay que tener sí el propósito de no disgustar razonablemente a nadie; mas no el propósito de gustar a todos, porque es inasequible, y ni Cristo mismo lo consiguió. Al contrario hay ciertos órdenes de verdades que necesariamente tienen que suscitar oposición. Si escribo un libro de matemáticas yo puedo esperar no suscitar resistencia alguna; si escribo algo como esto o como un libro de religión no puedo; ya lo sé de antemano...

 

Pues bien, el próximo 2 de abril coinciden el Viernes de Pasión de Semana Santa con un aniversario más del inicio de la epopeya de la batalla de las Islas Malvinas, coincidencia que me motiva a escribir estas líneas.

 

Ante todo, en este extraño mundo en que vivimos, que especial interés tiene en negar ciertos valores humanos, como la fortaleza y la bravura, después de haber estudiado el tema con objetividad, incluyendo en el análisis numerosos  testimonios de militares que sobrevivieron, entre ellos de condecorados por el Congreso de la Nación por su valor en el combate, quiero rendir mi modesto homenaje a los “chicos de la guerra”, es decir, a los jóvenes (porque jóvenes han sido en su mayoría los soldados que han combatido en todas las contiendas, sencillamente porque son los que están en mejores condiciones de hacerlo) que llegaron a despreciar la muerte, por vestir una guerrera que lucía insignias nacionales y por tener en su pecho un corazón que latía por ese hoy extraño concepto que se llama honor y, más concretamente honor militar, que no es privilegio de nadie en razón de las insignias de grado, sino en razón de haber nacido patriota.

 

Porque la verdad es que la mayoría de nuestros “chicos de la guerra” tenía un corazón movido por el espíritu militar, por el espíritu de sacrificio, por el deber, con la idea grabada de que morir por la Patria es una obligación.

 

       Y quien murió el Viernes Santo, el Hijo único, que es Dios y está en el seno del Padre (Jn 1,18) ha expresado que "Nadie ama más que quien da la vida por sus amigos"» (Jn 15, 13), lo que resulta aplicable a los “chicos de la guerra” que, por la Patria, velaron y estuvieron firmes, muriendo después de haber obrando varonilmente y mostrándose fuertes, los que sin duda han ganado el derecho a repetir lo de Pablo: “He combatido el buen combate, he terminado mi carrera, he conservado la fe” (II Tim. 4,7).