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SUPLEMENTO DE HISTORIA ARGENTINA PDF Imprimir E-Mail
miércoles, 20 de junio de 2007
EL GENERAL DOCTOR MANUEL BELGRANO 

Por Jorge H. Sarmiento García

En este nuestro país de hoy, en el que -penosamente, por cierto- no son pocos los “fenicios” que privilegian el comercio a honrar en el aniversario de su muerte a los próceres de la Patria, vayan estas líneas de homenaje a uno de sus arquetipos

En este nuestro país de hoy, en el que penosamente, por cierto no son pocos los “fenicios” que privilegian el comercio a honrar en el aniversario de su muerte a los próceres de la Patria, vayan estas líneas de homenaje a uno de sus arquetipos.

 

Manuel Belgrano nació en Buenos Aires el 3 de junio de 1770, estudió en el Real Colegio de San Carlos y se graduó de abogado en España, siendo designado al año siguiente (1793) secretario del Real Consulado de Comercio de su ciudad natal, donde defendió el libre comercio y el desarrollo de la agricultura y de las artes.

 

Recibió el grado de capitán cuando las invasiones inglesas y posteriormente el de sargento mayor en el célebre regimiento de “Patricios”.

 

Colaboró en el “Seminario de Agricultura, Industria y Comercio” y en el “Correo de Comercio de Buenos Aires”.

 

Designado Vocal de la Junta del 25 de Mayo de 1810, marchó posteriormente al Paraguay al frente de la expedición militar, siendo la de las armas desde entonces su principal actividad. Vencedor en Salta y Tucumán, fue derrotado en Vilcapugio y Ayohuma.

 

Desempeñó funciones diplomáticas en Europa, donde se hizo monárquico, procurando que el Congreso de Tucumán proclamase la independencia y diera una constitución monárquica al nuevo Estado.

 

Apoyó la Constitución de 1819, perdió su ejército como consecuencia del motín de Arequito, dirigido por Bustos y Paz y, de regreso en Buenos Aires, enfermo y sin recursos, murió el 20 de junio de 1820.

 

Sobre él, nada mejor que recordar el discurso que el 24 de septiembre de 1873, cuando en Buenos Aires se inauguraba la estatua ecuestre del prócer en el aniversario de la batalla de Tucumán, pronunciara Bartolomé Mitre, quien dijo: que con legítimo orgullo y con la humildad republicana, podía asegurarse que jamás una gloria más pura ni más modesta se había modelado en el bronce de la inmortalidad. “La guerra, agregó, fue un simple accidente en la laboriosa carrera del precursor de nuestra independencia  y del fundador de nuestras primeras escuelas públicas, que a la vez dio su enseña a la revolución y la legó laureada a la posteridad. Aceptó la lucha como la tarea impuesta al jornalero, y la cumplió con fortaleza, con abnegación y con humildad, así en la victoria como en la derrota, sin retroceder ante el sacrificio, y sin buscar ni pedir para sí la corona del triunfador. El general Belgrano es una de aquellas figuras históricas que, lo mismo que con una bandera o una espada, podría ser representada con la pluma del escritor o con el libro de la ley en la mano o bendiciendo con ambas la cabeza de un niño deletreando en una cartilla; porque fue hombre de acción y hombre de pensamiento, y porque a la vez que combatió por su creencia, derramó a lo largo del surco de la vida la semilla fecunda de la instrucción y la virtud. No era un general del genio de San Martín, ni un economista del alcance de Vieytes, ni un jurisconsulto de la ciencia de Castro, ni un tribuno de la elocuencia de Castelli, ni un escritor del temple de Monteagudo, ni un pensador de la profundidad de Moreno, ni un político de la talla de Rivadavia, sus contemporáneos, sus compañeros y sus amigos de la época de la revolución; pero fue todo eso en la medida de sus facultades, en medio de una época memorable, con un alma grande y pura, un carácter elevado y sencillo; y por eso es uno de nuestros grandes hombres en el pasado y en el presente, como lo será en los tiempos venideros. Su grandeza, principalmente cívica y moral, no es el resultado de la superioridad del genio sobre el nivel común, ni está exclusivamente vinculada a los grandes hechos políticos y militares en que fue modesto actor. Ella consiste en el conjunto armónico de sus altas cualidades morales que no pretendían sobreponerse a la razón pública; en el equilibrio del alma, que no se dejó arrebatar por el orgullo ni avasallar por el egoísmo; en la autoridad con que mandaba y en la humildad con que obedeció; en que fue el representante de las generosas aspiraciones al bien  de todos los tiempos, y en que lo sirvió en el nombre y en interés de todos, prolongando así su acción en la posteridad; en que fue humildemente y perseverantemente, apóstol, combatiente y jornalero, y regó con su sudor el campo de la labor humana, en los combates, en los consejos del gobierno, en las páginas del periodismo y hasta en el tosco banco de la escuela primaria, muriendo en la oscuridad y en la pobreza. Este es el tipo ideal del héroe modesto de las democracias, que no deslumbra como un meteoro, pero que brilla como un astro apacible en el horizonte de la patria, como brillan los nombres de Washington, de Guillermo Tell, de Guillermo de Orange, de Hampden, de Lincoln, que no fueron grandes genios, y que en nombre y en representación de los buenos y de los humildes de todos los tiempos y todos los países, han sido aclamados grandes, con el aplauso de la conciencia humana y de la moral universal. General Belgrano, en nombre de los presentes que te claman en este momento desde el Plata hasta los Andes, en nombre de los venideros que se inclinarán con respeto y simpatía ante tu noble imagen, yo tu humilde historiador, y uno de tus hijos agradecidos, te saludo grande y padre de la patria, como precursor de nuestra independencia, numen de la libertad, genio de bien, modelo de virtudes cívicas; vencedor de Tucumán, Salta y las Piedras; vencido en Vilcapujio y Ayohuma; que vivirás en la memoria y en el corazón de los hombres, mientras la bandera argentina no sea una nube que se la lleve el viento, y mientras el nombre de nuestra patria pronunciado por millones de ciudadanos libres, haga estremecer las fibras de tu bronce”.

 

Y concluye Mitre que de él  puede decirse lo que de Hampden: “Fue grande sin pretenderlo, y encontró la gloria sin buscarla en el camino del deber”.

 
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