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SOBRE DERECHOS, ANIMALES Y HOMBRES - por JORGE H. SARMIENTO GARCÍA PDF Imprimir E-Mail
miércoles, 06 de junio de 2007

 Únicamente las personas, seres inteligentes y libres, son capaces de tener o titularizar derechos, como también las personas morales (p. ej., el derecho a la existencia de los Estados); y recordamos que para ser sujeto de derechos no es necesario tener conciencia de ellos, la cual, en todo caso, será necesaria para su ejercicio, para su uso...

 

Únicamente las personas, seres inteligentes y libres, son capaces de tener o titularizar derechos, como también las personas morales (p. ej., el derecho a la existencia de los Estados); y recordamos que para ser sujeto de derechos no es necesario tener conciencia de ellos, la cual, en todo caso, será necesaria para su ejercicio, para su uso: así, la persona moral actúa por medio de sus órganos y los derechos de un demente son ejercidos por su curador (y por cierto que la privación de la razón de aquél no le quita el derecho a la vida, como alguna vez se ha sostenido y practicado…).

 

Los animales no tienen, de suyo, derechos, no pueden ser sujetos, aunque sí objetos de deberes para:

a)  con Dios, quien nos obliga a no servirnos de los bienes inferiores sino en el orden del fin de los mismos, a saber, el bien racional de la vida humana,

b)  con el prójimo, cuyos bienes deben ser respetados, y

c)  con nosotros mismos, ya que no debemos maltratarlos o destruirlos inútilmente, desarrollando instintos desordenados. 

 

Ahora bien, muy sintéticamente podría decirse que según el transformismo propiamente dicho, las especies vivientes provienen, por lentas transformaciones sucesivas, de unos primeros organismos que habrían evolucionado en seres cada vez más complejos, diferenciándose y precisándose de varias maneras en tipos cada vez más determinados (clases-órdenes-géneros-especies); y si ello fuese correcto, no sería incompatible con la intervención de un Dios personal, que en un momento infundió el alma humana, dando así origen al hombre.

 

Tenemos presente en este momento que, refiriéndose al pasaje bíblico a tenor del cual la tierra estaba desnuda y vacía, Dios no había traído la lluvia, entonces Dios creó al hombre, para lo cual tomó polvo del suelo y le insufló el aliento de la vida y el hombre se transformó en ser viviente, dijo el entonces Cardenal Ratzinger: "Creo que aquí hallamos un enorme simbolismo y una gran interpretación del ser humano. Según esto, el ser humano brota de la tierra y de sus potencialidades. En esta exposición se vislumbra algo parecido a la evolución. Pero no se queda ahí. Se añade algo que no procede simplemente de la tierra, ni tampoco es producto de un desarrollo posterior, sino algo radicalmente nuevo: el aliento del mismo Dios. Lo esencial de esta imagen es la dualidad de la persona. Muestra tanto su pertenencia al cosmos como su relación directa con Dios... cada individuo tiene un origen biológico por una parte, pero por otra no es el mero producto de los genes existentes, del ADN, sino que procede directamente de Dios. El ser humano lleva el aliento de Dios... Es único... Ver este particular ser creado por Dios es muy importante para percibir la unicidad y dignidad de la persona y, con ello, la razón de todos los derechos humanos. Confiere al ser humano el respeto a sí mismo y a los demás. En él está el aliento de Dios. No es una mera combinación de materiales, sino una idea personal de Dios".

 

Y ante la aseveración de que el "mundo animal es una creación de notable crueldad", manifestó el actual Pontífice: "De hecho, uno de los enigmas de la creación es la existencia aparente de una ley de crueldad... Aquí nos encontramos ante enigmas. En cualquier caso, los peligros del ser humano están ya prediseñados en el mundo animal"...

 
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