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SOBRE LOS DEMAGOGOS - por Jorge H. Sarmiento García PDF Imprimir E-Mail
viernes, 01 de junio de 2007

    Recientemente ha escrito Mariano Grondona que “El sociólogo Dick Morris, consultor en su tiempo de Bill Clinton, distingue entre tres tipos de políticos. Uno, al que llama el ´idealista fallido`, concibe grandes ideales, pero no consigue transmitirlos al público. Otro, al que denomina el ´idealista astuto` (smart idealist) no sólo concibe un ideal, sino que consigue, además, comunicárselo al pueblo...

 

Recientemente ha escrito Mariano Grondona que “El sociólogo Dick Morris, consultor en su tiempo de Bill Clinton, distingue entre tres tipos de políticos. Uno, al que llama el ´idealista fallido`, concibe grandes ideales, pero no consigue transmitirlos al público. Otro, al que denomina el ´idealista astuto` (smart idealist) no sólo concibe un ideal, sino que consigue, además, comunicárselo al pueblo. Este es el mejor de los políticos; es el estadista capaz de guiar a su pueblo. El peor político es, al contrario, el demagogo que no alberga ninguna idea propia pero que, para triunfar, se limita a cultivar sin escrúpulos lo que, gracias a las encuestas esotéricas, sabe que el público desea, sin que le importe si este deseo coincide con la realidad porque lo único que le importa no es gobernar en dirección del bien común, sino en dirección de su propio éxito. Tanto el idealista astuto como el demagogo utilizan las encuestas esotéricas. Uno, para comunicar con eficacia sus ideales. El otro, para manipular a la mayoría según el arte perverso de la adulación”.

 

La demagogia, que ha sido definida como el “halago a las pasiones del pueblo para dominarlo”, es considerada como la corrupción de la democracia, dado que la participación de la comunidad en el ejercicio del poder político no es responsable. La democracia sana o verdadera necesita capacitar intelectual y moralmente a los ciudadanos, con lo que podrán intervenir prudencialmente en las decisiones políticas. Por ello la insistencia machacona de Domingo Faustino Sarmiento en la necesidad de “educar al soberano”.

 

Bien se ha señalado que hay que prestar gran atención a la educación cívica y política, que hoy es particularmente necesaria para el pueblo, y sobre todo para la juventud, a fin de que todos los ciudadanos puedan cumplir su misión en la vida de la comunidad política, fomentando el sentido interior de la justicia, de la benevolencia y del servicio al bien común y robusteciendo las convicciones fundamentales en lo que toca a la naturaleza verdadera de la comunidad política y al fin, recto ejercicio y límites de los poderes públicos, valiéndose para ello de los extraordinarios medios de que el género humano dispone hoy día y cuidando de formar hombres y mujeres que no sólo sean personas cultas, sino también de generoso corazón, de acuerdo con las exigencias perentorias de nuestra época.

 

También, que particular preparación requieren quienes se dedican a ese arte tan difícil y tan noble que es la política, a quienes se alaba y estima cuando, al servicio del hombre, se consagran al bien de la cosa pública y aceptan las cargas de este oficio; Y es verdad que la cuestión de la elevación moral, de la aptitud práctica, de la capacidad intelectual de los políticos, es para todo el pueblo organizado democráticamente una cuestión de vida o muerte, de prosperidad o decadencia.

 

Sólo con tal capacitación la participación podrá ser prudencial, consignándose que la prudencia evita que la ciudadanía atribuya a la autoridad política todo poder excesivo y que pida al Estado de manera inoportuna ventajas o favores excesivos, con riesgo de disminuir la responsabilidad de las personas, de las familias y de las agrupaciones sociales; lleva a la comunidad a votar para promover el bien común y a cultivar con magnanimidad y lealtad el amor a la patria, pero sin estrechez de espíritu, de suerte que mire siempre al mismo tiempo por el bien de toda la familia humana, unida por toda clase de vínculos entre las razas, pueblos y naciones. También la prudencia hace que los políticos ejerciten su tarea con olvido del propio interés y de toda ganancia venal y que luchen con integridad moral contra la injusticia y la opresión, contra la intolerancia y el absolutismo de un solo hombre o de un partido político, consagrándose con sinceridad y rectitud, más aún, con caridad y fortaleza política, al servicio de todos.

 

Ahora bien, un pueblo sin tal preparación no enjuicia, limitándose a oír lo que los políticos le dicen, no contando con una plataforma razonada para expresar un apreciación sobre los mensajes de aquéllos, dejándose llevar por las emociones.

 

Y los demagogos dicen todo lo que ya saben pragmáticamente que el pueblo quiere oír, recurriendo a la sensiblería, lo cual provoca la respuesta apetecida y prevista.

 

Así las cosas, evidentemente la demagogia es la consecuencia de la ausencia de una verdadera enseñanza, que debe incentivar decisiones iluminadas racionalmente en orden al bien común temporal de la comunidad política, siendo imposible la participación auténticamente democrática sin participantes formados.

 

Una verdadera democracia sólo es viable en tanto y en cuanto el pueblo tenga los instrumentos necesarios para participar y no ser manejado por los demagogos, los que –seguimos con Grondonase caracterizan por su exclusiva atención al corto plazo. Lo que el pueblo desea hoy se lo prometen. Cuando el humor social cambie, ellos también cambiarán. No les interesa la próxima generación sino la próxima elección. Pasan así de duros a apaciguadores según el último sondeo de las encuestas esotéricas. Su destino los espera, sin embargo, en el largo plazo que ahora desdeñan. Aquellos políticos que ceden a la tentación de la demagogia, limitándose a rastrear sin convicciones los cambiantes deseos de la sociedad, no tienen en vista sus necesidades profundas. Aunque abundan, sería antipático dar aquí sus nombres. Lo que puede decirse es que Sarmiento y todos aquellos que nos legaron una patria en ascenso nunca pertenecieron a su categoría”. 

 

Obviamente que el demagogo jamás será estadista, respecto del cual señalaba Faustino J. Legón que le cabe "al estadista que sea conductor conciente una actuación de suma prudencia y tacto, al soslayar los soplos imprudentes, al resistir los ímpetus desorbitados, al acuciar los ánimos decaídos, al procurar las expresiones más aplomadas y genuinas, y especialmente al escudriñar la verdad sincera o la intención torcida en los orígenes y en los vertederos de las corrientes de opinión, no siempre dignos de confianza; y concluía el maestro: "Obrando sobre la opinión pública, siguiéndola como corresponde, el político no puede ni debe sacrificar la verdad y la justicia a la opinión, porque no siempre es un índice de exactitud, si se la confronta con las verdades objetivas de la moral y el derecho".

 
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