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LAS PRESIONES QUE AGITAN A ALBERTO FERNÁNDEZ DESPUÉS DE LOS FESTEJOS PDF Imprimir E-Mail
domingo, 03 de noviembre de 2019

LAS PRESIONES QUE AGITAN A ALBERTO FERNÁNDEZ DESPUÉS DE LOS FESTEJOS

El presidente electo hace un diagnóstico sombrío sobre la situación económica que le tocará administrar; el 48% que obtuvo en las urnas no lo favorece ante el FMI.

MARTÍN RODRÍGUEZ YEBRA - LA NACION

 

Después del clímax electoral, la política argentina vive en una burbuja de sosiego. Sonrisas entre adversarios, modales suecos, un mercado cambiario quieto a fuerza de un cepo de hierro, bancos sin colas y un presidente electo con tiempo para entretenerse con teorías sesentistas de dominación cultural.

 

La ilusión de calma se difumina puertas adentro de los despachos del nuevo poder. Empresarios, políticos y sindicalistas que vieron a Alberto Fernández después del triunfo del domingo pasado describen a un presidente electo con un diagnóstico sombrío de la situación que le tocará enfrentar. Un hombre que cuando dice que "los años que vienen no serán fáciles" no está solamente abriendo el paraguas.

 

"Tiene claro que no hay soluciones rápidas a mano", explica un dirigente que estuvo con Fernández tres veces esta semana. A la herencia económica -recesión, inflación, sequía de dólares, deuda acuciante- se le suma un contexto internacional adverso y el desafío político de gestionar las expectativas de quienes lo votaron.

 

Como el mejor alumno de la escuela de Néstor Kirchner, Fernández administra el poder de manera radial. Casi nadie conoce por completo el programa que piensa aplicar cuando asuma el gobierno, si es que lo tiene ya. Solo él sabe el nombre del ministro. Ni siquiera se lo dijo al elegido. Por el momento la premisa que se impone es parar el reloj.

 

El pacto económico y social que sigue negociando con sindicalistas y empresarios podría darle algunos meses para ofrecer dosis de alivio y estabilidad mientras tantea las aguas que navega. Siempre que consiga limar las desconfianzas que la idea empieza a generar entre los industriales. Prepara leyes para aliviar a las pymes y cambios impositivos que no alcanzan a calificar de "reforma fiscal".

 

Las salidas al laberinto son todas traumáticas. No puede endeudarse. Recurrir a la emisión -y no parece tener más remedio que hacerlo- lo expone al peligro de profundizar la fiebre inflacionaria. La supersoja es un recuerdo en sepia. No quedan joyas por vender. Y Vaca Muerta -ese sueño de salvación- está paralizada a la espera de reglas claras y un horizonte económico razonable para la inversión. Fernández cuenta a su favor con la ventaja de la experiencia ajena. Dicen en su entorno que tiene muy presentes los errores estratégicos de la primavera de Mauricio Macri: aquella confianza fundacional de que su solo ascenso al poder acomodaría una realidad endiablada y la convicción de que blanquear la magnitud de la crisis desataría un pánico contraproducente.

 

Sobre todo, en este último punto el contraste será extremo. Fernández no tendrá mejor herramienta para amasar la paciencia social que señalar a Macri. Tampoco tendría mucho sentido ocultar la herencia: a diferencia de lo que pasaba en 2015, hoy las estadísticas oficiales -que reflejan un cúmulo de fragilidades- se publican sin maquillaje.

 

Macri le está haciendo otros favores menos involuntarios. La imposición del cepo en la misma noche electoral fue un alivio para el futuro presidente, cuyo silencio no puede interpretarse sino como un apoyo. Aclaran en los dos sectores que no fue una medida pactada, aunque sí "conversada". La reunión del lunes en la Casa Rosada entre los dos candidatos principales transmitió también una imagen potente con repercusión internacional.

 

"Donald Trump no hubiera tenido la deferencia de llamar a Alberto sin esa señal de Mauricio", argumenta un ministro del gobierno saliente.

 

Esa llamada sorpresiva del presidente de Estados Unidos desató euforia en el peronismo, horas después de que Fernández confesó en público su aversión a los dibujitos animados imperialistas. Trump prometió un apoyo menos enfático que el difundido desde el búnker albertista. Transmitió con palabras campechanas lo que había dicho en público su secretario del Tesoro, Steve Mnuchin: que espera que la Argentina trabaje con el FMI para cumplir sus compromisos.

 

Es un nudo que se desata, por mucho que quede por discutir. Fernández considera vital la relación con Estados Unidos. Ni la tentación populista de la campaña le arrancó una crítica a Trump. Su pragmatismo nestorista le permitirá sentarse naturalmente a la mesa con el FMI y con el líder norteamericano. La incógnita por ahora indescifrable reside en las condiciones que requiere esa negociación pendiente por el repago del programa de 57.000 millones de dólares que firmó Macri en 2018. ¿Estará dispuesto el presidente que encumbró Cristina Kirchner a incurrir en el ajuste del gasto y las reformas estructurales que negó en la campaña y que exigen los acreedores? ¿Qué magia alternativa encontrará para gestionar una deuda impagable en las actuales condiciones y promover al mismo tiempo el crecimiento?

 

Las frustraciones del 48%

 

El resultado electoral, amplio pero mucho menos abultado de lo esperado, le dejó al núcleo duro del próximo presidente varias frustraciones. La primera tiene que ver justamente con el escenario que imaginaba para la negociación con el Fondo, vital para despejar del horizonte una crisis aún mayor que la actual.

 

La proyección de las PASO hacía pensar un triunfo con más del 50% de los votos y con una oposición esmirriada que le permitiera a Fernández decirles a las autoridades del organismo algo así: "La mayoría de los argentinos votó contra el plan que ustedes impulsaron y me eligieron para tomar un camino diferente".

 

El 48% del Frente de Todos implica igual un fuerte respaldo popular, pero el dato inesperado que arrojaron las urnas es el porcentaje para nada despreciable que retiene Macri a pesar de los decepcionantes resultados económicos. La buena salud de la oposición futura es una señal de alerta para Fernández, aunque resta ver cómo procesa este fenómeno. Macri, en 2015, eligió el camino del gradualismo para no enfrentar la resistencia de sectores con capacidad de movilización y que mayoritariamente no lo habían votado. Las movilizaciones del "Sí se puede" macrista y su impacto posterior en las urnas, ¿convencerán a Fernández de actuar con cautela sobre esos grupos de población? La impaciencia y la furia son dos rasgos de la política actual en la región y en el mundo. "Vamos a hacer gradualismo institucional", bromeaba un dirigente porteño de trato familiar con Fernández. Otra lección de Kirchner: mucha atención a las calles agitadas.

 

El presidente electo no necesita vértigo en este momento, como muestra su actitud desde el triunfo. Prefiere postergar decisiones y no hacer promesas. Incluso su viaje a México se asemeja a un oasis de moderado valor diplomático. Por suerte o decisión -nunca se sabe del todo con cuestiones vinculadas a la relación entre ellos dos-, Cristina Kirchner pasa estos días en La Habana, con lo que se evitan especulaciones innecesarias sobre quién está ensamblando el poder futuro en la Argentina.

 

La discusión sobre el papel que tendrá Cristina se actualizó otra vez después de la puesta en escena del festejo electoral, en el que ella repartió las pulseritas que daban acceso al escenario y rodeó al candidato ganador casi exclusivamente de dirigentes bonaerenses. Si fue su forma de decir que la verdadera vencedora era ella -su bastión del conurbano explica en gran parte el triunfo en primera vuelta- solo se descubrirá cuando el nuevo gobierno empiece a rodar.

 

Fernández intentó neutralizar el gesto con su visita a Tucumán, escoltado por gobernadores, intendentes y sindicalistas del peronismo tradicional. A los excluidos del palco del domingo, les prometió algo parecido a un cogobierno. Para su pesar, no podrá desactivar tan pronto la trillada hipótesis del conflicto con Cristina.

 

En tierra tucumana fue donde habló de "los años difíciles" que vienen. El realismo descarnado entró para quedarse en su discurso. Por ahora es el mejor escudo protector para un político tironeado por las expectativas desbordantes de un país con poco y nada por repartir.

 
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