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LA DESCRISTINIZACIÓN DE ALBERTO FERNÁNDEZ: ¿ESTRATEGIA DE CAMPAÑA O DESAFÍO REAL? PDF Imprimir E-Mail
domingo, 06 de octubre de 2019

LA DESCRISTINIZACIÓN DE ALBERTO FERNÁNDEZ: ¿ESTRATEGIA DE CAMPAÑA O DESAFÍO REAL?

Qué dicen en el entorno del candidato de “los fanáticos”. La grieta y el rol de Cristina. El regreso de Durán Barba. Fernández hace planes como si sus socios no fueran a inmiscuirse en la conformación de su eventual Gabinete ni en el rumbo de su posible administración.

SANTIAGO FIORITI – DIARIO CLARÍN

 

Antes de cerrar la lista de candidatos en la provincia de Buenos Aires, Máximo Kirchner le llevó el borrador a Alberto Fernández y le preguntó si quería incluir algún nombre. “Ninguno”, dicen que respondió el candidato presidencial. No habría sido una reacción cándida frente a lo que, de todos modos, aparecía ante sus ojos como un hecho consumado. El ganador de las primarias quiere creer que los roles en la alianza con La Cámpora y con la propia Cristina están implícitamente definidos.

 

Según esa lógica, la Provincia será el refugio de poder para los camporistas, que sueñan con acaparar la gobernación y un puñado de intendencias clave como Mar del Plata, Quilmes y La Plata, acaso como trampolín para pelear por el poder central en 2023; y el país para lo que ahora muchos empiezan a definir como el albertismo.

 

Fernández hace planes como si sus socios no fueran a inmiscuirse en la conformación de su eventual Gabinete ni en el rumbo de su posible administración.

 

Puede leerse, tal vez, como una cuestión de fe, pero esto es lo que le responde Fernández a sus colaboradores cuando le preguntan por su relación actual con Cristina: “Ella tendría derecho a pedirme un montón de cosas, muchas cosas, pero no me ha pedido nada”.

 

A medida que se acerca el final de la campaña, en el búnker opositor comienza a palparse un evidente esfuerzo por diferenciarse de la ex presidenta y lucir más moderados. “Una descristinización”, admite un hombre con despacho en la sede de la calle México.

 

No es fácil, porque también hay imágenes que hablan: Alberto viene de posar con Máximo Kirchner, el martes en Lanús, durante el acto por la reunificación de la CGT. A su lado estaban Pablo y Hugo Moyano, Hugo Yasky y Roberto Baradel.

 

La intromisión de Alberto en el conflicto aeronáutico apuntó a mostrar una de esas diferencias. Así como semanas atrás condenó la toma de los shoppings por parte de la agrupación que comanda Juan Grabois, ahora llamó a que se evitaran los paros para no causar malestar en los pasajeros, la mayoría de sectores de la clase media, la más enojada con Macri. El principal promotor de la protesta es el jefe de la Asociación de Pilotos de Líneas Aéreas, Pablo Biró, que llegó a ese sillón de la mano de La Cámpora.

 

Fernández se refirió a esos hechos en una entrevista por TV, el viernes por la noche, que, en otro gesto nada inocente, compartió con Florencio Randazzo. Como si hiciera falta agregar algo: la entrevista se la concedió al canal TN y cuando conducía Nicolás Wiñazki, un periodista que investigó como pocos la corrupción kirchnerista y que originó, por ejemplo, la denuncia del caso Ciccone que hizo que Amado Boudou terminara entre rejas. Boudou, el vice de Cristina.

 

La descristinización es parte de la estrategia electoral, desde luego, aunque hay quienes interpretan que forma parte del desafío que deberá encarar el albertismo el día después de las elecciones. “No vamos a dejar que gobiernen los fanáticos. Va a gobernar Alberto”, busca convencer un dirigente predestinado a ocupar un ministerio. La sola frase explica hasta qué punto la tensión existe y existirá.

 

En el búnker albertista repiten una idea: la sociedad se cansó de la grieta y Alberto llega para hacerse cargo de ese reclamo, aun cuando eso implique ir corriendo de a poco a “los fanáticos”. Suena lindo. También Macri lo intentó y los resultados están a la vista.

 

Quienes dieron el salto definitivo a las filas de Fernández se ilusionan con alcanzar un número mágico en las urnas. Hablan de superar el 54% y de quedar por encima de aquella marca histórica de Cristina en 2011. Otros consideran que esa meta es una sencilla estupidez. Creen que solo vale ganar y que la legitimidad de origen ya no importa. Citan a Zygmunt Bauman, el sociólogo de la liquidez. Para este grupo la legitimidad la dará el ejercicio diario del poder.

 

Una encuesta que circula en ambientes de la política indaga sobre qué tiempos concederá el electorado al próximo gobierno para solucionar los temas más calientes. Solo el 38% dice que le daría más de un año. El resto pretende mejoras en menos de seis meses; casi un 30% habla de un plazo de menos de un año. Eso si el ganador resultara el Frente de Todos. Si se diera la continuidad macrista, la mayoría no otorgaría más de medio año.

 

Fernández piensa en los primeros 120 días de mandato. Se concentrará en cuatro ejes: economía, Justicia, medios y jefatura de Gabinete. En esas áreas quiere dirigentes que le respondan y que lo dejen meterse en cada tema. De ahí que quienes más lo conocen advierten que, si es presidente, Fernández será su propio jefe de Gabinete.

 

“Va a tener que aprender a delegar”, se inquieta uno de sus asesores. El candidato sigue manejando su celular como si no hubieran cambiado los tiempos. Intendentes y gobernadores de relevancia aseguran que él les pide un contacto personal. “A mí me insistió para que cuando quiera decirle algo le mande 10 mensajes seguidos iguales, con el mismo texto, para que no se pierdan y él pueda verlos en algún momento”, afirma uno de ellos. Fernández lee los mensajes en los viajes de un lugar a otro. Todavía tiene tres mil sin contestar.

 

A sus principales adversarios electorales les sucede todo lo contrario. “Los teléfonos suenan menos y cuando suenan a veces es para reclamos”, confía un importante funcionario. Hay un cambio en el ánimo del oficialismo. Antes se hablaba de las elecciones en términos absolutos: “Ganamos o nos vamos a casa”. Hoy se empiezan a utilizar palabras menos drásticas.

 

No está definido, pero, si perdiera, Macri no descartaría pelear por el liderazgo de la oposición. No es solo convicción. Podría verse como un instinto de supervivencia. La música que suena en los tribunales no auguraría buenas noticias: las excarcelaciones de personas implicadas en casos de corrupción son una prueba.

 

En los últimos días, Marcos Peña y el mismo Macri han trabajado para contener a los radicales y a los integrantes de la Coalición Cívica de Elisa Carrió. Horacio Rodríguez Larreta se ocupa de Emilio Monzó, el presidente de la Cámara de Diputados, que en diciembre quedará sin cargo. Los peronistas huelen sangre. Este domingo al mediodía, en Nueva York, Sergio Massa almorzará con Nicolás Massot, uno de los macristas más críticos de Marcos Peña y de Jaime Durán Barba.

 

La esperanza en la resurrección electoral, según Peña, no se sostiene en números sino en sensaciones. “Yo no mido más”, confiesa en la intimidad. ¿Es posible creer en eso cuando su partido ha hecho un culto de las encuestas? Por lo pronto, Durán Barba no ha parado de medir. Su tracking sigue siendo diario.

 

El consultor tenía previsto una reunión con Macri este fin de semana. No pudo viajar por la crisis del combustible que derivó en un paro de transporte en Ecuador, aunque el Presidente recibió mensajes y mails con devoluciones desde Quito. La dupla que Jaime conforma con Santiago Nieto aterrizará entre martes y miércoles y ya no volverá a irse hasta la ceremonia del cierre de campaña. Macri se aferra a los suyos, aunque ya nada parece ser lo que era.

 
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