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sábado, 05 de octubre de 2019

DECIDIR POR EL MIEDO O POR EL BOLSILLO

La idea de empresarios en estado de pánico contrasta, de todos modos, con la imagen que la mayor parte de ellos da en público. Hacía tiempo que la cúpula de la Unión Industrial Argentina no exhibía una sintonía tan explícita con un invitado como la que su comité ejecutivo tuvo el miércoles con Fernández.

FRANCISCO OLIVERA - LA NACION

 

Dice Hugo Sigman, uno de los empresarios más gravitantes de la Argentina, que muchos de sus pares tienen miedo de lo que puede venir en el futuro. Su idea es más bien la opuesta: no hay nada que temer. "No veo a Alberto [Fernández] expropiando empresas", contestó esta semana el dueño de laboratorios Elea en una entrevista con Jorge Fontevecchia para Perfil en la que, agrega, puede entender la inquietud, pero no compartirla: "Es un fantasma ideológico apoyado en algunos antecedentes históricos y en un referente actual que es Venezuela".

 

Si estuvieran dichas por un macrista, estas palabras escandalizarían seguramente a Fernández o a su entorno, donde se molestan ante lo que definen como un intento de demonización del ala del Frente de Todos que responde a Cristina Kirchner, La Cámpora. Pero las dice Sigman, que viene siendo crítico con el Gobierno y optimista y elogioso con la coalición que se impuso en las PASO. Algunos operadores políticos exageran su poder de influencia con una reminiscencia de principios de los 90: laboratorios Elea vendría a ser el Bunge & Born de Alberto Fernández. Es cierto que el empresario tiene llegada a las oficinas del candidato. En la entrevista, por ejemplo, admite haber sido él quien facilitó la reunión entre el exjefe de Gabinete y Marcos Galperin, dueño de Mercado Libre, que había ido a verlo pidiéndole consejo sobre cómo actuar después de los resultados de las primarias: sentía que su respaldo público a la reelección de Macri lo expondría a recriminaciones. Hay algo que Sigman tal vez no sabe o al menos no aclaró: Galperin se acercó a él aconsejado por pares que, al verlo perturbado, intentaron buscarle opciones efectivas y confiables. "¿Por qué no vas a planteárselo a Sigman?", lo alentaron. Será sin duda un hombre de consulta del establishment económico si el Frente de Todos se impone este mes.

 

La idea de empresarios en estado de pánico contrasta, de todos modos, con la imagen que la mayor parte de ellos da en público. Hacía tiempo que la cúpula de la Unión Industrial Argentina no exhibía una sintonía tan explícita con un invitado como la que su comité ejecutivo tuvo el miércoles con Fernández. Quienes participaron del encuentro dicen que hasta los críticos del kirchnerismo se fueron con una buena impresión y que no hubo siquiera objeciones incómodas.

 

Cambió el viento. Antes de las primarias, la mayor parte de los industriales decía preferir la reelección de Macri antes que cualquier posibilidad de regreso del kirchnerismo. Después del 11 de agosto, de manera inmediata o paulatina, según el caso, para varios de ellos empezó a perder relevancia la pretensión inicial. Es cierto que aquella idea primigenia era intrincada y representaba una apuesta inédita: sin haber revertido la recesión e incluso acrecentándola, el Presidente mantenía sin embargo en el horizonte la esperanza de que un rumbo amigable con los principios del capitalismo facilitara un despegue más sólido en el mediano plazo. Aspiraciones más institucionales que económicas que, decían los empresarios, bien valían la espera.

 

Pero la derrota en las primarias agotó la paciencia. Y empezó a primar la necesidad más elemental y urgente, la de recuperar rentabilidad. El mismo giro que al parecer hacía al mismo tiempo la sociedad: ¿qué sentido tiene la promesa de llegar, como dice la metáfora macrista, a una supuesta otra orilla prometedora si quienes intentan cruzar se ahogan en medio del río... "Los equipos económicos de Alberto Fernández son más lógicos y consistentes que los de Mauricio Macri. Y muerto el rey, viva el rey", se sinceró a este diario el dueño de un grupo nacional.

 

La contorsión no deja a todos tranquilos. "Es oportunismo apresurado, una vergüenza -analizó otro líder industrial-. Antes por lo menos aplaudíamos el día después de la elección; ahora lo hacemos antes". Pero parece evidente que aquellas fortalezas con las que los equipos de campaña del Gobierno suponían que derrotarían a cualquier fórmula integrada por Cristina Kirchner fueron, como el cemento de la villa 31, frágiles al momento de elegir. Ya el economista Miguel Bein lo había advertido en junio de 2015 durante una exposición en la UIA: les dijo a los industriales que, como consecuencia de los cambios registrados en el patrón de consumo en el mundo, ningún gobierno podría en adelante desatender el salario.

 

Casi no hay modo de sobreponerse en las urnas a una crisis económica fuerte. Algunas administraciones, como la de Jair Bolsonaro en Brasil, intentan revertirla mediante reformas de fondo sin descuidar, en el proceso, la base de votantes que creen menos volátil. No garantiza nada, pero es la explicación que los diplomáticos brasileños le encuentran al combate contra la ideología de género: el presidente busca consolidar la adhesión de evangélicos que conforman gran parte de su base electoral y que lo acercan al 30% que le aseguraría un ballottage en 2023, su próxima elección. Tal vez tomando el caso, un pastor evangélico que visitó meses atrás a Macri y a Marcos Peña les hizo este reproche: "Ustedes tienen opiniones muy fundadas y claras para muchos temas, como la infraestructura y la economía, pero no dan un mensaje claro en temas como el futuro de la familia".

 

Hasta el momento, la propuesta de "una Argentina mejor" basada en la libertad que el Presidente pregonó desde el principio fue insuficiente. El capitalismo tiene una debilidad frente a cualquier causa colectivista, religiosa o carismática: sin éxito individual, sus banderas pierden atractivo. Mao Tsé-tung pudo en China sobreponerse a un rotundo fracaso económico, el del Gran Salto Adelante, un programa industrial basado en la fabricación de acero que terminó en 1958 en la hambruna más colosal de la historia de la humanidad, con al menos 30 millones de muertos y el desplome de la producción agrícola y fabril, y volvió al poder ocho años después, como si nada hubiera pasado, gracias a la Revolución Cultural, una epopeya construida sobre su impronta personal que acaparó a la juventud y se inició con la publicación de su Libro rojo, del que se imprimieron en esos años 350 millones de ejemplares.

 

Macri tiene tres semanas para intentar revertir los resultados de una elección a la que llegó sin mística. Es lo que pretenden recuperar las 30 marchas oficialistas. Y lo insinuaba la semana pasada Hernán Lombardi, uno de los organizadores del acto en Barrancas de Belgrano, en su mensaje a funcionarios durante un encuentro organizado en un galpón de Palermo por Marcos Peña: "La campaña es un estado de exaltación maníaca, y eso se construye", dijo.

 

La incógnita es cuánto podrán en tres semanas y, más relevante, si la propuesta resulta genuina para votantes que respaldaron a Macri en 2015 para erradicar al kirchnerismo y que, cuatro años después, sin reactivación a la vista, deben volver a decidir, como los empresarios, entre el miedo y el bolsillo.

 
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