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EL ESTADO QUE DEBE SER PARA SER – II - por JORGE H. SARMIENTO GARCÍA PDF Imprimir E-Mail
jueves, 17 de mayo de 2007

Para objetivar nuestra posición sobre el “thema” en análisis, partimos de las siguientes premisas:

 

Para objetivar nuestra posición sobre el “thema” en análisis, partimos de las siguientes premisas:

 

1.   Los hombres no somos naturalmente malos, pero estamos inclinados al mal, siendo toda nuestra experiencia, tanto individual como colectiva, la evidencia de nuestra permanente lucha contra esa tendencia.

 

2.   El cumplimiento del deber ser es la perfección del ser: todo lo que es, todo lo que existe, tiene un fin que es conforme con su naturaleza y, en la medida que conciente o inconcientemente, según se trate de seres racionales o irracionales, respectivamente alcanza ese fin, realiza su perfección.

 

3.  Ese Estado vive por los hombres: necesita de una inteligencia, de una voluntad, de una fuerza humana que lo impulse, por lo que aparece el gobierno o conjunto de individuos que ejercen el poder político, sea como legisladores, administradores o jueces.

 

4.  Si los hombres que ejercen el poder político, es decir, los gobernantes, actúan en consonancia con las auténticas virtudes, el Estado será lo que debe ser, es decir, que en la medida en que persiga el fin propio de su ser, el bien común temporal, avanzará hacia la perfección de su realidad.

 

Para ello la personalidad de los gobernantes ha de llevar en su intimidad el núcleo de las más nobles virtudes, movilizadas en orden al logro del auténtico bien común.

 

Sus valores han de girar en torno de la defensa de lo justo.

 

En los momentos cruciales, políticos, económicos o sociales, han de agudizar todos sus sentidos y afinar todas sus cualidades y habilidades, conmoviéndose su intimidad de la responsabilidad y magnitud del denuedo.

 

Han de irradiar vitalidad y reciedumbre, sin sombra de titubeo en sus decisiones ni un amago de interés personal.

 

Deben amar a su comunidad política y a sus leyes justas, y rechazar toda ostentación de lujo.

 

Todo ello y mucho más, mediante una rigurosa disciplina puesta al servicio del espíritu de sacrificio, que han de preferir a la adulación y al servilismo.

 

Mas no podemos marginar el comportamiento de la comunidad para el logro del fin del Estado, el que cuando se desarrolla con libertad y responsabilidad, hará que aquélla sea "pueblo" y no mera "masa".

 

Como escribe Montejano, "Aquí debemos distinguir tres conceptos, a saber: la multitud o pluralidad de seres humanos, si se quiere, el material de que se hace la sociedad; el pueblo, esto es, una cierta característica, una especial forma de ser de aquella multitud. Por último, la masa, otra especial forma de ser de aquella misma multitud, modo de ser opuesto a lo que entendemos por pueblo, algo así como su degradación, su corrupción". Y también bien se ha dicho y repetido sobre aquellas dos realidades sociológicas y políticamente diferentes, que pueblo y multitud amorfa o masa, son dos conceptos diferentes. El pueblo vive y se mueve por su vida propia; la masa es de por sí inerte y sólo puede ser movida desde fuera. El pueblo vive en la plenitud de vida de los hombres que lo componen, cada uno de los cuales en su propio puesto y según su manera propia es una persona consciente de su propia responsabilidad y de sus propias convicciones. La masa, por el contrario, espera el impulso del exterior, fácil juguete en manos de cualquiera que explote sus instintos o sus impresiones, puesta a seguir sucesivamente hoy esta bandera, mañana otra distinta. En un pueblo digno de este nombre, el individuo siente en sí mismo la conciencia de su personalidad, de sus deberes y de sus derechos, de su propia libertad unida al respeto de la libertad y de la dignidad de los demás, afirmándose además que de la exhuberancia de vida propia de un verdadero pueblo se difunde la vida, abundante, rica, por el Estado y por todos los organismos de éste infundiéndoles con un vigor renovado sin cesar, la conciencia de su propia responsabilidad, el sentido verdadero del bien común, y destacándose que, por el contrario, el Estado puede servirse también de la fuerza elemental de la masa, manejada y aprovechada con habilidad: en las manos ambiciosas de uno solo o de muchos, reagrupados artificialmente por tendencias egoístas, el Estado mismo puede, con el apoyo de la masa, reducida a simple máquina, imponer su capricho a la parte mejor del verdadero pueblo.

 

Si todo lo positivo que antecede falta o es escaso, en países con forma de Estado democrática se caerá -como hemos destacado antes de ahora- en las "democracias clientelistas", donde el político que suele operar en el ejercicio del poder como "ave de paso" tiene una tendencia natural a "pertrecharse" en los años de las "vacas gordas", y de esta manera tener una reserva para los tiempos de las "vacas flacas".

 

Y si el político ha nombrado, designado o hecho elegir, por amiguismo, legisladores, funcionarios o jueces los cuales suelen ser muy débiles ante el que los nombró o los hizo designar, cediendo ante sus apremios (y, seguramente, a los de los que le sucedan) es éste sin duda uno de los factores esenciales del problema de la corrupción.

 

El amiguismo en los nombramientos ha sido letal para la eficiencia estatal, no contándose como consecuencia de ello con un funcionariado (“lato sensu”) meritocrático, estable y fuerte. Las fuentes del empleo público como el clientelismo, el amiguismo y el parentesco, son sistemas anti igualitarios y antidemocráticos, que constituyen una de las causas más profundas del subdesarrollo.

 

Se verifica en las correspondientes administraciones públicas, por lo general, un exceso de personal de escasa calificación con salarios muy bajos, configurándose de tal modo burocracias institucionalmente débiles, que al menor remezón suelen quedar fuera de combate, incapaces de articular respuestas adecuadas.

 

Los países están enfermos, entre otras causas, por el deterioro de su actividad y de sus servicios debido a la corrosión de la carrera administrativa, con un círculo vicioso donde los funcionarios no rinden y el Estado no les paga bien, ambiente ciertamente propicio para la corrupción.

 

Y concluimos con estas reflexiones que a tenido a bien hacernos llegar un lector: “Me parece con humildad que habría que hacer una comparación: puede, por vía de hipótesis y/o de  experiencia, reconocerse que el maquiavelismo puede ‘convenir’ al gobernante (que por  otra parte es al que se dirigía Maquiavelo) pero también, por vía de experiencia, es constatable que estos métodos siempre  resultan perjudiciales para la comunidad, que termina perdiendo en manos de los tiranos su propiedad, su libertad y su dignidad, fáciles de perder y muy difíciles de recuperar, siendo necesario para terminar con el autoritarismo o absolutismo la más de las veces el uso de la fuerza y la lucha fraticida. Podría efectuarse una comparación con los métodos demagógicos, que en principio y aparentemente confieren ‘bonanza’  a la comunidad, pero a la larga, esta bonanza, no conseguida con "sangre, sudor y lágrimas" sino repartiendo lo que generalmente no se tiene o no se posee en la cantidad en la que se dispensa, se convierte en miseria, sometimiento, angustia, etc…. Generalmente el ‘maquiavélico’, logra en principio la admiración del pueblo, el sometimiento, la adulación, etc.; y esto es fácilmente comprobable. El tema está en que, a la larga, todo esto es un bumerang para el súbdito”.

 

 
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