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EL ESTADO QUE DEBE SER PARA SER – I - por JORGE H. SARMIENTO GARCÍA PDF Imprimir E-Mail
miércoles, 16 de mayo de 2007

Siempre nos ha preocupado cómo deben ser los que manejan el aparato estatal -legisladores, administradores y jueces- buscando enderezar el tantas veces deformado Estado real, sin que tal vez no haya nada mejor para describir a sus gobernantes que acudir a Nicolás Maquiavelo, pese al tiempo transcurrido desde que escribió “El Príncipe”, ya que “no hay nada nuevo bajo el sol” (Eclesiastés 1, 9).

 

Siempre nos ha preocupado cómo deben ser los que manejan el aparato estatal legisladores, administradores y jueces buscando enderezar el tantas veces deformado Estado real, sin que tal vez no haya nada mejor para describir a sus gobernantes que acudir a Nicolás Maquiavelo, pese al tiempo transcurrido desde que escribió “El Príncipe”, ya que “no hay nada nuevo bajo el sol” (Eclesiastés 1, 9).

 

Maquiavelo como veremos a lo largo de este discurso tiene una concepción negativa sobre la naturaleza humana, y su concepto de “razón de Estado” no es otro que "conservar el poder". La “razón de Estado” lleva al derecho positivo a convertirse en vasallo de la política, y es consecuencia de la tendencia propia del hombre de buscar poder, un poder que todos teman y que ése temor sea el modo más adecuado de protegerse contra la sospecha que los hombres se inspiran mutuamente. Es por ello que la preocupación principal de Maquiavelo en “El Príncipe” es el ejercicio y la conservación del poder.

 

Al estudiar Maquiavelo la que llama “virtud política” del príncipe, manifiesta que hay “tanta diferencia de cómo se vive a como se debe vivir, que quien deja lo que se hace por lo que se debería hacer, aprende más bien su ruina que su salvación: porque un hombre que quiera en todo hacer profesión de bueno fracasará necesariamente entre tantos que no lo son". Ante esto, la “virtud política” del príncipe le indicará que para conservar el poder debe "aprender a poder no ser bueno y utilizar o no éste conocimiento según lo necesite".

 

Así, observando a los príncipes existentes, puntualiza que los hombres y, por tanto y especialmente los príncipes, por su jerarquía poseen cualidades dignas de elogio y de censura; mas las virtudes y los vicios aparecen fuertemente entretejidos, de tal modo que en un mismo hombre son irreconocibles la bondad y la perversidad por hallarse en un estrujón trágico en algún remoto escondrijo del espíritu: se entreveran crueldad y clemencia, verdad y mentira, osadía y prudencia, tacañería y desprendimiento. Y porque los asuntos humanos requieren otras capacidades (un comportamiento vicioso y uno virtuoso, el amor y el temor, etc.) un príncipe que reúna todas las virtudes morales es imposible.

 

Todo príncipe –añade Maquiavelo "debe… hacerse temer de manera que si no gana el amor, evite el odio; porque puede muy bien ser temido y a la vez odiado". Las razones más importantes por las que, según él, los hombres lleguen a odiar a los gobernantes son, quedarse con los bienes de los ciudadanos y súbditos porque "los hombres olvidan antes la muerte del padre que la pérdida del patrimonio" y el atentado del príncipe contra la honra de las mujeres y la familia.

 

Opina que sería más conveniente que el príncipe sea más temido que amado; "Pero como es difícil combinar ambas cosas, es mucho más seguro ser temido que amado cuando se haya de prescindir de una de las dos", "porque de los hombres en general, se puede decir esto: que son ingratos, volubles, hipócritas, falsos, temerosos del peligro y ávidos de ganancias; y mientras les favoreces, son todo tuyos, te ofrecen su sangre, sus bienes, la vida e incluso los hijos... mientras no los necesitas; pero, cuando llega el momento, te dan la espalda".

 

Dice el autor en trato que "las amistades que se adquieren con dinero y no con grandeza y nobleza de ánimo, se compran pero no se tienen, y en los momentos de necesidad no puedes contar con ellas"; y más adelante aneja: "además, los hombres tienen menos miedo de ofender al que se hace querer, que al que se hace temer, porque el amor está mantenido por un vinculo de obligación, que dada la malicia humana se rompe por cualquier motivo de utilidad propia; pero el temor se mantiene gracias al miedo al castigo que no nos abandona jamás".

 

Continúa el florentino expresando que es digno de elogio que un príncipe viva con integridad y mantenga la palabra dada, mas observa que la experiencia muestra que aquellos que han faltado a la palabra empeñada han logrado realizar grandes cosas, derrotando y desplazando a aquellos que se han basado en la lealtad. Ante tal realidad, el príncipe debe saber que existen dos formas de combatir contra los que eluden la palabra comprometida con astucia e ingenio: con las leyes lo que es propio de los hombres o con la fuerza que es propio de las bestias; y como la primera muchas veces no es suficiente, es menester recurrir a la fuerza. Agrega que "Estando pues el príncipe obligado a saber comportarse a veces como una bestia, de entre ellos ha de elegir a la zorra y al león; porque el león no sabe defenderse de las trampas ni la zorra de los lobos. Es pues necesario ser zorra para conocer las trampas y león para atemorizar a los lobos. Los que sólo imitan al león no saben lo que llevan entre manos. Por consiguiente un señor prudente no puede ni debe mantener la palabra dada cuando tal cumplimiento se vuelva en contra suya y hayan desaparecido los motivos que obligaron a darla. Y si los hombres fuesen todos buenos, este precepto no lo sería, pero como son malos y no mantienen lo que te prometen, tú tampoco tienes porqué mantenérselos a ellos. Además, jamás le han faltado a un príncipe motivos legítimos con los que disimular su inobservancia".

 

Anexa el de Florencia que no es necesario que un príncipe tenga todas las virtudes políticas para un buen gobierno, pero es necesario que aparente tenerlas, no para ponerlas en práctica, sino sólo para hacer ver que las posee: "parecer compasivo, fiel, humano, íntegro, religioso y serio; pero estar con el ánimo dispuesto de tal manera que si es necesario no serlo, puedas y sepas cambiar a todo lo contrario". Ahora bien, un príncipe (o, aclaramos, ahora legislador, administrador o juez) no puede hacer todo aquello que generalmente hace que un hombre sea llamado bueno ya que, con frecuencia se verá forzado para conservar el poder a "obrar contra la fe, contra la caridad, contra la humanidad, contra la religión... no debe alejarse del bien, si es posible, pero sabiendo entrar en el mal si es necesario".

 

En definitiva, la “virtud política” consiste, para Maquiavelo, en emplear todos los medios adecuados para el amparo y la conservación del poder, aún ante la posibilidad de penetrar en el ámbito de lo deshonesto; es una sagacidad para el mantenimiento del poder, con prescindencia de toda  consideración ética, religiosa, cultural o de otro orden. ¡Y así es como les va a los países  en los que impera el maquiavelismo!...

 

                                                                                                                                                                                                                     Continuará

 

 
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