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viernes, 12 de abril de 2019

MIEDO A PERDER, EL MEJOR AFRODISÍACO POLÍTICO

Si Cambiemos llega a resistir el combo del dólar libertario, la inflación sin freno y Mauricio Macri termina consiguiendo su reelección crecerá una pequeña épica del regreso de la política.

FERNANDO GONZÁLEZ – DIARIO CLARÍN

 

Ya ha cantado Litto Nebbia que la historia la escriben los que ganan. Por eso, si Cambiemos llega a resistir el combo del dólar libertario, la inflación sin freno y Mauricio Macri termina consiguiendo su reelección crecerá una pequeña épica del regreso de la política. No se trata de la rosca que intentó inmortalizar Emilio Monzó en su lento distanciamiento del oficialismo pero habrá que otorgarle una cuota de la resurrección a la disposición del Presidente para recuperar el intercambio de opiniones con los principales aliados de la coalición que lo llevó hasta la Casa Rosada.

 

Desde hace dos semanas, hay un circuito que funciona sin mayores obstáculos. El jefe de gabinete, Marcos Peña, se ha despojado de sus escrúpulos contra la dirigencia política tradicional y ha formado un tándem con Rogelio Frigerio para escuchar las quejas y las necesidades de los gobernadores propios. Es más fácil con María Eugenia Vidal y con Horacio Rodríguez Larreta porque siempre han sido sus compañeros de ruta. Apenas tuvieron que dejar de lado los reflejos competitivos de cartel y atender los desafíos más urgentes que plantean el declive de la imagen presidencial y el de la gestión del Gobierno en la mayoría de las encuestas.

 

Del mismo modo prosperó el reencuentro con los gobernadores radicales. Con el siempre áspero Alfredo Cornejo, preocupado por su futuro porque no tiene reelección en Mendoza. Con el jujeño Gerardo Morales y con el correntino Gustavo Valdés. Peña ha retomado incluso la sintonía con Ernesto Sanz, uno de los mentores intelectuales de Cambiemos en el lejanísimo 2015. Y hasta sonríe ante la presencia de Martín Lousteau en el despacho presidencial. Se trata del malogrado embajador en Washington al que el jefe de gabinete echó hace dos años por pedido de Macri. El mismo que juega a dos puntas alternando mensajes amistosos con Roberto Lavagna pero que ahora parece estar cada vez más cerca del macrismo.

 

El miedo a perder las elecciones ha sido el mejor afrodisíaco para que Cambiemos intente recuperar la mística de los tiempos de campaña. “Humildad y convicción”, es la frase que enarbolan sus dirigentes, dispuestos a dar la batalla en los escenarios más hostiles. La imagen de Peña respondiéndoles a los gritos a los diputados que lo atacaban el miércoles con cifras de la pobreza y con cartelitos opositores es el modelo de un debate que se repetirá sin concesiones.

 

Es que las cosas cambiaron desde las victorias resonantes de 2015 y 2017, cuando Cambiemos agitaba la bandera de las expectativas. Ahora ya no hay timbreos filmados con celulares ni bromas simpáticas en las inauguraciones de obras. Todo es más complicado y hasta los intendentes de los distritos bonaerenses donde arrasaron electoralmente (Gustavo Posse en San Isidro o Jorge Macri en Vicente López) se preparan para una elección que deberán pelear casa por casa.

 

Las PASO y los comicios generales dirán si la mutación política del macrismo se produjo a tiempo o si llegó demasiado tarde. La conexión de estas semanas quizás hubiera podido evitar errores como la falta de acuerdo interno en Córdoba o la exhibición de candidaturas minoritarias como la de Río Negro. Pero es un síntoma de energía vital en la batalla por el poder. La que no tuvo la Alianza en 2001, cuando la confrontación interna desangró al gobierno de Fernando De la Rúa tanto o más que sus debilidades de gestión. Cambiemos apuesta a corregir sus falencias para demostrar, en estas elecciones, que algo han aprendido de las numerosas lecciones del fracaso que se siguen acumulando en nuestra historia.

 
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