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MACRI QUIERE DERROTAR A LA INFLACIÓN CON AYUDA DEL CÍRCULO ROJO PDF Imprimir E-Mail
jueves, 11 de abril de 2019

MACRI QUIERE DERROTAR A LA INFLACIÓN CON AYUDA DEL CÍRCULO ROJO

Las encuestas y focus groups que recopiló Jaime Durán Barba en los últimos días señalan que la soledad del poder en la Quinta de Olivos no le estaba haciendo bien al Presidente.

FERNANDO GONZÁLEZ – DIARIO CLARÍN

 

Excursión al Círculo Rojo. Como Lucio V. Mansilla en territorio ranquel, Mauricio Macri, se acomodó en el centro del enorme salón de La Rural donde estaba empezando el encuentro. Parado sobre un escenario circular, como el que le gusta utilizar en los actos de campaña electoral, volvió a encontrarse el lunes con varios de los empresarios, economistas y consultores que esa noche llenaron las mesas del encuentro anual del Cippec. Fue parte del ejercicio de reconciliación que está intentando con los segmentos del poder a los que culpa por los infortunios económicos que han puesto en riesgo la posibilidad de su reelección.

 

Las encuestas y focus groups que recopiló Jaime Durán Barba en los últimos días señalan que la soledad del poder en la Quinta de Olivos no le estaba haciendo bien al Presidente. Por eso, Macri y su funcionario más cercano, el jefe de gabinete Marcos Peña, pusieron en marcha una tarea de deshielo que comenzó con las palabras infrecuentes de amor hacia los radicales, siguieron con los mensajes contemporizadores hacia Elisa Carrió y se repiten con amabilidad en las reuniones con empresarios. Esos mismos a los que critican con ferocidad en la intimidad pero a los que Macri dirigió en el Cippec un mensaje de treinta minutos cargado de invitaciones a continuar el camino del desarrollo económico que sufrió un choque dramático con la gran devaluación de mayo del año pasado.

 

“Estamos escuchando”, fue el mensaje más insistente de tres ministros que respondían consultas entre los platos con restos de lomo o con el helado del postre ya derretido. “Están escuchando”, era la consigna de muchos de los empresarios que se les acercaban después de charlar unos minutos. La inflación es la preocupación fundamental de todos. De los funcionarios y de los hombres y mujeres de negocios. “Nico nos dijo que empezaba a bajar en febrero pero eso no sucedió”, se sinceró alguien que es parte del gabinete. Nico es Dujovne, el ministro de Economía que ahora está en Washington participando de la Asamblea de Primavera del Fondo Monetario e intentando amortiguar el impacto de los informes críticos de los mismos organismos financieros que nos prestaron la plata. Algunos reportes son tan duros que parecen escritos por economistas que ignoran el efecto que sus palabras tienen sobre los bonos argentinos y sobre la viabilidad de que el país lejano e inestable les pueda devolver lo que ellos prestaron.

 

De esos diálogos, de esos reencuentros, de esas preocupaciones compartidas nació la posibilidad de un acuerdo de precios que haga retroceder esa puñalada inflacionaria que Nico prometió sanar pero que sigue ardiendo. Más ansiosos, más preocupados por la elección en sus distritos, un poco más keynesianos tal vez, los gobernadores de Cambiemos se apresuraron a hablar de congelamiento de precios. Horacio Rodríguez Larreta, Alfredo Cornejo, Gerardo Morales, Gustavo Valdes y María Eugenia Vidal, tan atribulada la gobernadora bonaerense porque en el conurbano profundo la batalla contra el kirchnerismo va a ser a brazo partido. Tan preocupada estaba que lo interpeló a Dante Sica con demasiada vehemencia hasta que el ministro puso la alternativa de su renuncia sobre la mesa. Pero la tensión se disipó rápido. Y el economista que pasó por las trincheras peronistas del 2002 y no es precisamente un liberal siguió adelante para avanzar con un acuerdo de precios que nadie pueda llamar congelamiento ni por descuido.

 

Es que la palabra congelamiento eriza la piel de Dujovne y, sobre todo, la del secretario de Política Económica, Miguel Braun. Director de la Fundación Pensar (el think tank económico del macrismo) y con pergaminos académicos en la Universidad de San Andrés, en la Di Tella y un magister en Harvard, Braun no confía ni confiará nunca en algo parecido a un acuerdo de precios. “La única vez que funcionó fue en Israel en 1982 pero, en la Argentina, jamás”, suele decir el funcionario para quien los resultados del Plan Austral de Alfonsín o el de Convertibilidad de Menem y Cavallo han sido apenas calmantes pasajeros que no resolvieron la cuestión de fondo del cáncer inflacionario.

 

Pero como el ADN del macrismo es gradualista, el acuerdo de precios con las empresas no será un congelamiento. Será una versión ampliada del Plan de Precios Cuidadosun instrumento que tiene el 70% de aceptación en las encuestas de diseño ecuatoriano. Y se está estructurando con empresas de alimentos, bebidas y otros productos básicos de capital nacional. “Con las multis la cosa está más complicada”, reconoce un funcionario que también explica el alcance de las medidas con una metáfora inquietante. “Vamos a ir hasta el límite de lo que nos permita el acuerdo con el Fondo porque en la batalla contra la inflación se va a definir con victoria o con derrota”.

 

Macri ha decidido jugar a todo o nada. Por eso, fue a hablar ante la tribuna desanimada del Cippec para pelear por el espacio protagónico. Si el Presidente no hubiera estado, la estrella excluyente del encuentro habría sido Roberto Lavagna. Es el “protocandidato” al que esa noche abrazaban muchos empresarios y sindicalistas. Y el que ahora rechaza la alternativa de una interna peronista y le muestra los dientes a Juan Manuel Urtubey y a Sergio Massa, quien prefirió abandonar este año las mesas del poder en las que solía quedarse hasta bien tarde en anteriores ocasiones.

 

A sólo dos meses de la definición de las candidaturas, es posible que la apuesta conciliadora de Macri encuentre terreno fértil. Eran unos cuántos y de los más influyentes, los empresarios que en la noche glamorosa del lunes se mostraban escépticos con la eventual consolidación de un tercer candidato como Lavagna, Massa o Urtubey. Eran los que ya de madrugada bebían sus copas de vino y hablaban de resignarse a respaldar el intento de reelección presidencial, aún con esta inflación rebelde y el repunte económico que se hace desear. Todo en un sprint final cerrado contra Cristina que pondría al país adolescente a las puertas de otra elección gobernada por la grieta, por el drama y por la incertidumbre.

 
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