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lunes, 11 de marzo de 2019

MACRI ESTÁ EN UN LÍMITE

¿Existe horizonte para una sociedad que por encima de los dos tercios parece inclinada a definir una elección “en contra de”? El Gobierno solo atina a evitar una corrida cambiaria. Muy poco para enfrentar un año electoral determinante.

EDUARDO VAN DER KOOY – DIARIO CLARÍN

 

¿Existe horizonte para una sociedad que por encima de los dos tercios parece inclinada a definir una elección “en contra de”? El interrogante revelaría tres cosas: la anomalía de una escena que se asemeja a una trampa. La ausencia casi total –excepto en núcleos duros de Cambiemos y el kirchnerismo—del combustible que significa el encanto político. El gran enigma que se abre hacia el futuro, cualquiera sea el gobierno ungido, para conducir desde el 2020 un país con estrago económico-social y debilidad sistémica.

 

Semejante desafío no figura todavía en la agenda de nadie. Todos asoman absorbidos por las argucias de campaña. El único esbozo despunta, tal vez, en playas del peronismo federal. Roberto Lavagna alertó sobre las dificultades que vendrán y promueve la conformación de un frente amplio para encararlo. Tanta generosidad provoca urticaria incluso en sectores aliados.

 

Ese espacio impreciso mantiene dos problemas. No logra desarticular la polarización. Un experimento realizado por la consultora Isonomía devela otra cosa: Lavagna, Sergio Massa y el salteño Juan Manuel Urtubey acumularían cerca de un 25% de adhesiones. Ninguno de los postulantes, individualmente, sería capaz de retener dicho volumen. Surge una evidencia: algo del massismo sería proclive a emigrar hacia el kirchnerismo; en los votantes del gobernador de Salta podría verificarse un fluido hacia el macrismo; entre los entusiastas del ex ministro de Economía, si no fuera él candidato, podría registrarse un retorno resignado a Cambiemos.

 

El Gobierno aparece como espectador de aquellos movimientos. Continúa aferrado al salvavidas que lo mantiene a flote: la confrontación con Cristina Fernández. Se advierte la falta de gestión e imaginación política. Predomina el encapsulamiento de Mauricio Macri con su jefe de Gabinete, Marcos Peña, y el asesor ecuatoriano Jaime Durán Barba. Las insinuaciones de María Eugenia Vidal y Horacio Rodríguez Larreta para zamarrear ese esquema resultan insuficientes.

 

El Presidente afronta tres dilemas antes los cuales no evidencia respuesta. La economía continúa mal y la recesión flagela. Esa realidad agita la interna de Cambiemos. Especialmente con los socios radicales. Existe constancia en este momento que las revelaciones sobre la corrupción kirchnerista han dejado de tener el rédito político que supieron poseer. Un poco porque el Gobierno dejó librado el tema a una Justicia plagada de intrigas e intoxicada por las gestiones subterráneas de los topos. Otro mérito corresponde al kirchnerismo: hace lo indecible para instalar la idea que la corrupción sería un mal que aqueja a todos por igual. Sin remedio. Peligroso conformismo cuyas consecuencias la sociedad ya padeció.

 

La pérdida de relevancia de la corrupción como eje de las preocupaciones populares tiene constancia en los trabajos de las consultoras. Isonomía y Aresco reflejan el mismo ránking: primero está el miedo a la inflación, luego el aumento de las tarifas y la inseguridad. En el cuarto lugar irrumpió el pánico a la posibilidad de la pérdida de empleo. Recién luego aparece la corrupción. Esta situación puede estar encendiendo un motor alarmante para las chances electorales de Cambiemos: un amuchamiento peronista, sin distinción de sectores, que se alimenta con la ilusión del regreso al poder. La recesión económica para ellos sumerge la demanda ético-institucional. Hace rato que ningún peronista habla sobre los delitos de la década K. Habrá que ver qué sucede cuando Cristina enfrente en mayo su primer juicio oral y público que tiene como centro de gravedad la sospecha de lavado de dinero en ejercicio del poder.

 

La economía continúa siendo columna vertebral del escenario. A partir de la cual se ramifican los distintos problemas. Uno de ellos es la tensión en Cambiemos. Los radicales pidieron revisar los aumentos de tarifas y subsidiar tasas a las Pyme. La oposición viene diciendo lo mismo. Los socios fueron benévolos, en cambio, cuando opinaron que las expectativas generadas por Cambiemos en 2015 “no han sido plenamente satisfechas”. Los opositores lapidan a coro que “Macri ya fracasó”.

 

Los desacoples en la coalición oficial no deben sorprender. Quizás retumben más que en otros tiempos porque está comenzando a transitarse la recta final de un año electoral tremendo. Pero hay una historia de decisiones del Presidente en estos años (la mayoría ligadas al ajuste) que nunca tuvieron en cuenta a sus compañeros de ruta. Podrá endilgarse ahora al radicalismo su falta de oportunidad. Pero el macrismo carga con la mochila de no haber sabido interpretar nunca el sentido de un armado colectivo para gobernar. Esa maquinaria funcionó con eficacia en las épocas de campaña y votos. También tal virtud está en observación.

 

Un escándalo, por ejemplo, envuelve la definición de la candidatura en Córdoba. La provincia donde, después de Capital, mejor mide la figura de Macri. Los votos mediterráneos fueron determinantes para las victorias anteriores. El aspirante de la Casa Rosada es el diputado Mario Negri. Jefe del interbloque y hombre trascendente en el Congreso. Su ladero es el macrista Héctor Baldassi. Enfrenta el desafío del alcalde de la capital provincial, el también radical Ramón Mestre. Las gestiones de unidad se hicieron tarde y mal. Mañana se buscará de apuro la llave para una solución.

 

En el Gobierno sospechan que aquella competencia en el oficialismo podría contar con el fogoneo de Juan Carlos Schiaretti. El gobernador habría anticipado las elecciones por dos motivos. Para despegarla de la previsible polarización nacional. Quedaría, de triunfar, como el dirigente más potente y representativo del PJ si llegara a prosperar una construcción al margen de Cristina.

 

Otro caso de desconfianzas entre los socios de Cambiemos es el de la elección de hoy en Neuquén. Omar Gutiérrez, del Movimiento Popular Neuquino (MPN) busca la reelección. Ramón Rioseco, bendecido por Cristina, despunta como una amenaza. El postulante de Cambiemos, también competitivo, es el radical Horacio “Pechi” Quiroga, intendente de la capital. Llovieron las acusaciones cruzadas en la coalición. Quiroga hizo su campaña tomando distancia de Macri. O ignorándolo. Sólo un ministro nacional, Patricia Bullrich, pasó por suelo neuquino. Los radicales sostienen que tal prescindencia macrista obedece a la buena sintonía entre el Presidente y Gutiérrez. El mandatario fue puente para el acuerdo que el Gobierno celebró con el senador y titular del sindicato petrolero de Neuquén, Guillermo Pereyra. Posibilitó la puesta en marcha de la explotación del yacimiento de Vaca Muerta. Vital para la política energética y el objetivo a futuro de generar dólares. Su escasez provoca crisis recurrentes en la Argentina. 

 

Ninguno de esos malestares disimula la mayor inquietud. Que no es patrimonio del radicalismo. El Gobierno continúa con la economía girando en una calesita. De allí no lo saca ni el apoyo del FMI. Hay atención excluyente sobre el dólar que vuelve a corcovear. Que amaga con corridas. Se lo ataja con brutas tasas de interés que mantienen a la producción en terapia intensiva. Al dólar lo mueven las incertidumbres internas y la volatilidad internacional. Cada respingo de la moneda estadounidense puede impactar sobre una inflación que nunca llega a desacelerarse. Se dijo y se sabe: el alza de los precios constituye el motivo primordial del malhumor extendido en la sociedad.

 

Sin un freno, las posibilidades electorales de Cambiemos se complican. Vidal lo corrobora en sus recorridas por el conurbano. La gobernadora tiene una ponderación en Buenos Aires 10 puntos por encima de la del Presidente. Apenas superior a la de Cristina. Si esa brecha no se acorta en los próximos meses le costará mucho a la mandataria retener el principal distrito electoral. Si eso no ocurre caerán sombras sobre la reelección presidencial. Macri está caminando sobre un límite.

 

Ese cuadro representa la mayor fortaleza de Cristina. Podría a distraer de la atención popular el lodo de la corrupción que estará obligada a afrontar próximamente dando la cara en juicios orales. Sin refugios ni silencios. Claro que ni el kirchnerismo ni el peronismo están dispuestos a saldar semejante destino dependiendo sólo de las desgracias ajenas.

 

Claudio Bonadío, que sustancia la causa de los “cuadernos de las coimas”, es acusado por la ex presidenta de perseguirla. El kirchnerismo hurga en los sótanos de la política para estamparle un carpetazo. Sacarlo del juego. Una imprudencia del fiscal Carlos Stornelli detonó una maniobra en su contra. Con la complicidad de sectores de la Justicia y del pejotismo. Hay ahora una ímproba tarea para intentar embretar al otro fiscal, Carlos Rivolo. El mismo que fue separado en 2012 cuando estalló el caso Ciccone que fulminó a Amado Boudou.

 

Otros antecedentes avalarían la presunción que kirchneristas y peronistas estarían labrando discretamente un pacto turbio. De impunidad. El año pasado los K, el PJ y los massistas se complotaron para quitarle a Cambiemos la mayoría de la representación de diputados en el Consejo de la Magistratura. Es el órgano que designa y destituye jueces. También entre los K y el PJ esterilizaron en el Congreso la Ley de Extinción de Dominio promovida por el Gobierno. El mecanismo que permite recuperar para el Estado los millones y patrimonios mal habidos. Ahora lidian con el DNU de Macri. Pero hay un sendero abierto: se terminaría de trazar con una victoria electoral.

 
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