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RIGHI Y LOS CARPETAZOS K PDF Imprimir E-Mail
miércoles, 06 de marzo de 2019

RIGHI Y LOS CARPETAZOS K

Cuando lo echaron de la Procuración, quedó a la luz qué quería de la Justicia el kirchnerismo. El caso Righi mostró a las claras cómo entendía el kirchnerismo la independencia del Poder Judicial.

RICARDO ROA – DIARIO CLARÍN

 

Esteban Righi nunca necesitó fingir peronismo de los 70. Estuvo allí: fue el ministro del Interior de Héctor Cámpora y después del derrocamiento de Cámpora, juntos se exiliaron en México.

 

Tenía entonces 35 años y pronunció, apenas asumido, un discurso que estalló como una bomba. Dijo: “Ningún atropello será consentido. La Policía tendrá la obligación de no reprimir los justos reclamos del pueblo, respetar a todos sus conciudadanos, considerar inocente a todo ciudadano mientras no se demuestra lo contrario y comportarse con humanidad, inclusive frente al culpable”.

 

Terminaban los siete años de dictadura militar que habían iniciado el golpe de Onganía y el país empezaba a ser una hoguera. A los pocos días, Perón regresaba al país y Righi, que no confiaba en la Policía, no mandó efectivos a la enorme concentración convocada para recibirlo en Ezeiza. El palco quedó en manos de la derecha peronista. Hubo una masacre.

 

Unas semanas más tarde, Perón echó a Cámpora. Estuvo menos de 50 días en el poder. Perón había elegido un rumbo distinto, sin los montoneros y contra los montoneros. Fin del romance con la juventud maravillosa.

 

Con ese discurso sobre la Policía, Righi quedó asociado para siempre. No era de los montoneros. Más bien era un compañero de ruta de los montoneros. Pero los montoneros convirtieron ese discurso en un emblema propio. Unos cuantos años después, Righi hizo una autocrítica de ese discurso sin desdecirse de ese discurso. Fue de los que repensó todo lo que pasó y lo que hizo en esos días.

 

Vivió un exilio por momentos muy duro y cuando volvió al país con la democracia eligió un perfil político bajo y más ajustado a su personalidad. Era leal y con trato de caballero, inusual desde siempre en la política.

 

Righi es y va a ser recordado por ese discurso ante la Policía. Y también por otro discurso: el de Boudou vicepresidente, que lo dejó sin el cargo de jefe de los fiscales. A Boudou le empezaba a llegar el agua al cuello por Ciccone y con el visto bueno de Cristina montó un operativo contra Righi muy del ADN kirchnerista: carpetazo contra el estudio jurídico de Righi, con influencia en Comodoro Py.

 

Sin decirlo, acusaban a Righi de blandura con el fiscal Rívolo, que dependía de Righi y que lo estaba investigando. Boudou y Cristina cargaron de paso contra el juez Rafecas, que había delegado la instrucción en Rívolo. El caso Righi mostró a las claras cómo entendía el kirchnerismo la independencia del Poder Judicial.

 

Righi se fue sin pelearse. Había llegado a la Procuración de la mano de Kirchner y había llegado a Kirchner de la mano de Alberto Fernández. ¿Y cómo recuerda ahora Alberto Fernández aquel episodio del despido de su amigo? Dice que fue culpa de “los desvaríos de Argentina”. Clarísimo: a Righi no lo echaron ni Boudou ni Cristina ni la corrupción en Ciccone. Fue un caso de desvaríos.

 

Fernández rompió con Cristina y volvió con Cristina. El cinismo es necesario para el kirchernismo. Fernández ahora hace lo que corresponde para poder estar donde está: ensaya cualquier explicación para sacar a Cristina del cerco de la corrupción.

 

Righi no tenía necesidad de decir ni de hacer cosas como esas, aunque permanecía cercano al kirchnerismo. No hace mucho le dijo a un periodista: “si me preguntás si Cámpora era corrupto, te aseguro que no. ¿Cristina Kirchner? No lo sé”. Podría haber dicho otra cosa. Elegía decir lo que pensaba.

 
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