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viernes, 30 de noviembre de 2018

EL PAÍS QUE SE SIGUE TIRANDO PIEDRAS A SÍ MISMO

El caso Maldonado tuvo al país en vilo y fue la matriz perfecta para ensanchar y profundizar la grieta; desnudó la fragilidad de una persistente guerra ideológica ante la simpleza contundente de los hechos.

HÉCTOR GAMBINI – DIARIO CLARÍN

 

Casi se nos pasa entre el café de Macron en una librería de la avenida Santa Fe, la llegada de Trump y Xi Jinping, un botón blanco que lleva Theresa May en un brazo para medir su glucosa, el menú con choripán que almorzarán hoy los líderes del mundo y el tuit del jefe del gobierno español confirmando que sí puede organizar el superclásico en Madrid (Boca-River, no el Real contra el Aleti). Pero la justicia federal cerró, en medio de esta marea de locura que es la realidad argentina, el caso Maldonado. Pasaron 484 días

 

El juez lo dijo simple: "Analizada la sólida prueba reunida y establecida con certeza la realidad de los hechos, corresponde descartar por completo la hipótesis de la desaparición forzada". Y avanzó: "Cuando la simplicidad de las cosas es patente, sobrevuelan los sinsabores de la especulación espuria. Negarse a ver la realidad es materializar lo absurdo y vivir en la mentira...".

 

El caso Maldonado fue la matriz perfecta para ensanchar y profundizar la grieta. En agosto del año pasado faltaban semanas para las elecciones legislativas y el viento del invierno patagónico nos trajo palabras desconocidas -Cushamen, Pu lof, lonko, RAM- y la sorpresa de un "territorio mapuche" donde no podía entrar nadie que ellos no quisieran.

 

Santiago Maldonado fue tras aquella causa, corrió a cruzar el río huyendo de gendarmes junto con los mapuches a los que apoyaba y se hundió en un pozo profundo. El agua helada, la abundante ropa de abrigo mojada y el ramaje espeso fueron una trampa horrible y letal. El juez concluye ahora que se ahogó en soledad.  

 

Desde ese mismo instante comenzó una operación para presentar el hecho como desaparición forzada. La duda era razonable: ¿No pudo algún gendarme haberlo alcanzado, quizá forcejear con él, quizá golpearlo antes de que se hundiera en el río? 

 

Pero cuando las pruebas no aparecieron la hipótesis se volvió iracundia. Y se armó un relato cometiendo delitos para sostener un objetivo político. Un joven mapuche apareció diciendo que él mismo vio a Maldonado ser llevado por los gendarmes en una camioneta. Como estaba lejos, agregó a su relato unos binoculares que luego dijo que perdió. Y contó lo que nunca pudo haber visto porque jamás sucedió.

 

Un chico conocido como Testigo E -una primicia de Clarín- apareció diciendo en un escrito que varios gendarmes habían rodeado a Maldonado. El escrito no fue al expediente sino a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, para mostrar que la represión institucional había vuelto a la Argentina. Lo llevaron abogados vinculados a los funcionarios que puso en el caso la procuradora ultra K Alejandra Gils Carbó. Todo era un invento.

 

La desaparición del artesano tuvo al país en vilo hasta que fue hallado en el río, justo donde lo vieron por última vez, en sitios que los mapuches de la RAM (Resistencia Ancestral Mapuche) impedían rastrillar. La locura de persistir en la mentira incluyó engañar hasta a los propios familiares de Santiago, y a las miles de personas que legítimamente se preguntaban en todo el país dónde estaba Maldonado. La autopsia posterior desnudó la fragilidad de la guerra ideológica ante los hechos simples y directos.

 

Aquellas piedras de los mapuches contra los gendarmes el día en que empezó todo pusieron a la Argentina patas para arriba. Y así está el país de nuevo, por otras piedras contra el micro de Boca. El caso Maldonado pasa pero el país precario que insiste en tirarse piedras a sí mismo desnuda de nuevo viejos traumas barrabravas y le sirve una extraordinaria ironía a la Historia: que la Copa Libertadores de América se juegue en... España.

 
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