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SOBRE LAS VIRTUDES CÍVICAS - por JORGE H. SARMIENTO GARCÍA PDF Imprimir E-Mail
martes, 08 de mayo de 2007

Cada vez se acercan más unas elecciones importantísimas en todos los niveles de gobierno de la República, por lo que nos permitimos compartir con el lector unas breves reflexiones que tienen especial vinculación con las mismas.

 

Cada vez se acercan más unas elecciones importantísimas en todos los niveles de gobierno de la República, por lo que nos permitimos compartir con el lector unas breves reflexiones que tienen especial vinculación con las mismas.

 

Enseña la teoría del Estado que a todos los seres de la naturaleza corresponde una potencia o energía, comunicada o propia, mediante la cual cumplen su cometido en el concierto del cosmos; y el Estado la posee también.

 

La energía que el Estado despliega a través del establecimiento de normas de conducta o de operaciones materiales constituye su poder.

 

Mas siendo el Estado un ser accidental (pues no es un todo sustante, como el hombre, sino que necesita existir en el ser de los individuos que lo sustentan), su energía, su potencia, le corresponde en rigor a los hombres en los que existe, de donde se sigue que se apoya ante todo en el reconocimiento del mismo por una gran parte de los sujetos que integran la comunidad política, se inserta en factores de consciencia, consistiendo en una potencia dinamizante hacia el bien común, potencia profunda que irradia de una colectividad cuando es consciente de sus fines y se encuentra en tensa procura de su realización.

 

El poder, entonces, está constituído por un complejo conjunto de elementos materiales y espirituales, y si bien no es asimilable a la sola fuerza, hay que reconocer que es una energía, o que la encierra.

 

Así las cosas, el Estado se hace fuerte o se desploma, ante todo, en el espíritu, alma o corazón de sus ciudadanos, principalmente de aquellos convocados a dirigir sus rumbos.

La excelencia del Estado o su decadencia imperdonable están en juego en el combate del espíritu sobre todo del de los dirigentes por su virtud, por adquirir especialmente los hábitos de prudencia, justicia, fortaleza y templanza, o virtudes fundamentales.

La hora de la ruina política, por tanto, es la hora de la decadencia y de la chabacanería de los espíritus, sobre todo de los dirigentes.

Las horas de gestas nacionales, en cambio, están selladas primero en el señorío espiritual de sus ciudadanos, también especialmente de sus dirigentes y gobernantes, debiendo todos empeñarse en evitar cualquier forma de soberbia y de descontrol.

Por ello es bueno acudir a la memoria de los que en la historia han sido modelos, en tanto han encarnado las prementadas virtudes, como José Francisco de San Martín por ejemplo; y ello, obviamente, coadyuva a impedir la felonía, a la vez que su imitación hace posible el éxito.

 
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