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LUCES Y SOMBRAS, EN LA DISLOCADA CARRERA DEL DÓLAR Y LA INFLACIÓN PDF Imprimir E-Mail
martes, 11 de septiembre de 2018

LUCES Y SOMBRAS, EN LA DISLOCADA CARRERA DEL DÓLAR Y LA INFLACIÓN

El tsunami cambiario dejó un tendal de heridos y un ganador: los exportadores. Pero hay un tiempo para sacarle provecho a la ventaja.

ALCADIO OÑA – DIARIO CLARÍN

 

Aquí, en el reino del dólar y del bimonetarismo, de la apuesta a ganar por precios y del por las dudas, las devaluaciones siempre terminan rápidamente en los mostradores y, por lo mismo, cuesta conseguir una ganancia cambiaria más o menos perdurable. Esto es, una mejora firme que levante la competitividad de la producción nacional.

 

Tres ejemplos muy frescos de un disloque recurrente: -- Punta contra punta, durante el 2016 de Axel Kicillof el dólar subió 34% y la inflación resultó del 38%. Un poco más de precios o casi empate.

 

-- En el 2016 de Alfonso Prat-Gay, los números fueron 61 y 41% respectivamente: aunque el impacto en precios fue evidente, no todo el ajuste se trasladó a las góndolas. Pero la ganancia exportadora fue barrida, en 2017, por el plan electoral de tipo de cambio bajo y antiinflacionario.

 

-- Ahora, la crisis de 2018. En lo que va del año, el dólar acumula 100% y el índice de precios -con 4,5% estimado para agosto- un 25%, o sea, la cuarta parte. Según los cálculos de un buen número de consultores, el resultado anual arrojaría 122% contra 40%: ventaja para la devaluación nada menos que de 82 puntos porcentuales.

 

Habrá entonces un beneficio cambiario enorme, solo que acoplado a un tsunami que ya provoca costos también enormes. Entre ellos: salarios por el piso; recesión fuerte y quizás prolongada; falta de empleo y pérdida de empleo; aumento de la pobreza y ayuda, si no directamente comida, a los sectores más desprotegidos.

 

Parte de ese disloque de números aparece en un trabajo muy reciente del economista Jorge Lucángeli. Está publicado en el blog Alquímias Económicas y revela:

-- En noviembre de 2015, fin de la era kirchnerista, el tipo de cambio real -descontada la inflación- equivalía a la quinta parte del de junio de 2002, el que existía tras la implosión-explosión de la insostenible convertibilidad.

 

-- Ya entrado el macrismo, el dólar real de abril de 2017 había caído a niveles similares al de diciembre del año 2000.

 

-- Y casi ahora mismo, después de la escalada que arrancó a comienzos de enero, el del 31 de agosto es el mayor desde agosto de 2007.

 

Después de describir unos cuantos vaivenes de portes parecidos, Lucángeli concluye en que el tipo de cambio “debe ser uno de los instrumentos más maltratados de la política económica argentina”. Y pese a que significa, sobre todo aquí, “una variable determinante de los procesos económicos”.

 

Ha quedado recontra probado, hace muchísimo tiempo, que el atraso del dólar tiene esa costumbre de terminar en crisis cambiarias y en recesión. Los ciclos se repiten, uno tras otro, como un final anunciado y sin que nadie se adelante a frenarlos antes de que sea demasiado tarde.

 

¿Cuánto puede durar esta digamos bonanza del dólar y cuáles son los plazos?, le preguntó Clarín al especialista Raúl Ochoa.

 

Respuesta: “Una buena estimación diría no menos de seis meses. Y si los precios no empiezan a erosionarla, diría que para que la ganancia cambiaria se consolide harán falta entre nueve meses y un año”.

 

Consolidar y afirmar la ganancia cambiaria llama Ochoa al tiempo que les demandaría, a quienes debieron dejar mercados externos, rearmar canales, perder temores y salir a pelear espacios de nuevo. Obviamente, los que ya están y tienen estructuras aceitadas, como las cerealeras, las automotrices y otras industriales, ganan de entrada.

 

“Nueve o doce meses sería, también, un período que le permitiría al Gobierno desplegar ciertos planes de exportación y ensayar acuerdos y variantes de política comercial”, dice el especialista.

 

Tratándose del lugar por donde pasan decisiones que se miden en dólares y en dólares que urgen, hay quienes sostienen que Dante Sica, el ministro de Producción, debiera concentrarse en articular un verdadero plan exportador, desplegado hacia varios frentes.

 

Cosas del dólar alto y de una recesión que comprimirá importaciones, es muy probable que en los próximos meses empiece a emparejarse el balance comercial y, seguro, que el año termine con un déficit bastante más bajo que el de 2017. “Por ejemplo, US$ 5.000 millones respecto de US$ 8.470 millones”, estima un consultor.

 

Por lo mismo, 2019 pinta para superávit comercial y fuerte bajón en los gastos de turismo al exterior. Se verá si además caen las compras de divisas de los argentinos.

 

El problema es que el tipo de cambio puede ser apropiado, pero no es la única variable donde se juega la competitividad de la producción nacional. Hay otra, clave, que representa un contrapeso grande: son los agujeros variados y profundos en la infraestructura que levantan costos de por sí ya elevados.

 

Ahí, precisamente ahí, pegará fuerte el ajuste fiscal. En 2019 la inversión del Estado en infraestructura caerá un 60% real, según estimaciones del Iaraf, un instituto dedicado al estudio de las cuentas públicas, y será la menor en alrededor de una década.

 

Tampoco alentadora viene la cuenta de los intereses de la deuda, creciente porque a cada nueva colocación el Gobierno sube la tasa: ayer pagó 7% en dólares por una letra a sólo 196 días; 7% donde hace poco pagaba 5%. 

 
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