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EL RECUERDO DEL ÚLTIMO TÉ DE LAS 5: LA DESPEDIDA DE EDUARDO VAN DER KOOY A SU AMIGO JULIO BLANCK PDF Imprimir E-Mail
domingo, 09 de septiembre de 2018

EL RECUERDO DEL ÚLTIMO TÉ DE LAS 5: LA DESPEDIDA DE EDUARDO VAN DER KOOY A SU AMIGO JULIO BLANCK

El adiós a un maestro del periodismo. Compartieron la redacción de Clarín durante décadas y la conducción de Código Político por TN. El ADN de una amistad inquebrantable. 

EDUARDO VAN DER KOOY – DIARIO CLARÍN

 

Llevo mil puñaladas en el alma. Fueron horadando con dolor insoportable ese intangible espiritual durante el martirio de Julio. Mi amigo querido, mi socio infaltable de una década en TV, se acaba de apagar después de una batalla inhumana. Supo lidiar hasta el último día con las armas con que también vivió: la entereza, la determinación, la entrega, el sarcasmo, la honestidad, hasta el humor en la penuria. Valores con los cuales moldeó también su vida personal y su vida pública. Del mismo modo construyó su dorada carrera de periodista.

 

Esto es, al menos para mí y ahora mismo en el dolor incurable, lo menos importante. Lo insoluble, dramático, desolador es la desaparición del amigo. La psicología enseña que un padre no está preparado para sobrellevar la muerte de un hijo. Va contra la naturaleza. También, que un adolescente sufra un golpe de trauma cuando asiste a la muerte de un par en ese ciclo vital. Con secuelas prolongadas. Somos adultos bien maduros, remotos de la adolescencia, pero el dolor y la sensación de orfandad para nosotros es la misma. Aunque la percepción de finitud, en este tramo de la vida, esté siempre latente. Revivo con la partida de Julio el terremoto de desasosiego que me estremeció hace casi diez años cuando murió el gordo Cardoso. La psicología debería tomar nota también de esa realidad.

 

Aquel desasosiego, según los laberintos de la terapia psicológica, podrían tener vinculación con el sobrevuelo del fantasma que denominan “la culpa del sobreviviente”. ¿Por qué a él y no a mí?, fue una autointerpelación que me hice ciento de miles de veces mientras Julio transitaba su enfermedad. No hay respuesta para ese enigma cerebral.

 

Construimos con Julio una de las infinitas formas de amistad de la que somos capaces los humanos. De cotidianeidad, de diálogo, de solidaridad, de respeto, de profundo sentimiento. Cruzado siempre por pinceladas gruesas de ironíaUn ADN inconfundible de ambos. No fuimos jamás amigos por las redes. Sólo cara a cara. Estuvimos más de dos décadas compartiendo oficinas contiguas, al fondo de largo callejón de la redacción de Clarín. Hubo entre nosotros una afinidad personal y laboral poco frecuente. Inquebrantable, despojada de cualquier mala competencia. Bastaba con un gesto, una mueca histriónica, o una palabra para entendernos. La causticidad estableció una especie de puente infalible para comunicarnos. Sabíamos qué queríamos decir. Hacia dónde pretendía ir uno y el otro. Llegábamos siempre al mismo puerto. Poco común cuando se aborda un campo agrietado y hostil como es la política en la Argentina. Esa pasión, mirada indefectiblemente con recelo, nos unió en una amistad que el destino nos acaba de despojar.

 

Nacimos y nos conocimos bajo el fuego que provoca cada día hacer un diario. Ese fuego es ahora distinto. Demasiadas cosas cambiaron con la modernidad y la innovación. Esos vientos terminaron por empujarnos, precisamente, a la televisión. Fue una década de convivencia intensa, extrema, apasionante. Durante la cual se amalgamó nuestro vínculo. Esa intensidad dejó, sin embargo, algún vacío. Que nunca supimos ocupar. Nos hemos dado cuenta tarde de semejante distracción.

 

Nuestra amistad jamás se animó a invadir debidamente la vida personal e íntima de cada uno. Ese mundo que se edifica fuera del trabajo. Julio fue un amigo de emociones habitualmente contenidas. Cancerbero de su privacidad. Tampoco he abierto yo de par en par las puertas de las seis décadas largas que llevo recorridas. Corre sangre sajona en mi interior. Pero también las personas tenemos vigas maestras que se rompen.

 

En los tiempos de su enfermedad descubrimos esa carencia imperdonable. Nos aflojamos. Disfrutamos de una sensibilidad que casi habíamos mantenido blindada. Un día, en medio de su tratamiento cruel le confesé que lo extrañaba a mi lado. Que Código Político no era lo mismo sin él. No lo será. Su respuesta fue impactante. Me conmovió al punto que no me reconocí. Un WhatsApp de un mediodía de mayo: “Resulta que a la vuelta de los años, fóbicos y cínicos como solemos ser, encontramos el valor de una amistad que no necesita de alardes para ser sincera y profunda”, escribió. No lo hubiera podido decir mejor. Con tanto realismo y precisión.

 

Estuvimos conectados casi hasta su último día. Silvana, su mujer, fue fiel e inclaudicable mensajera cuando a Julio le empezaron a escasear la voluntad y la energía. Irina, su hija mayor, también. Adrián, un amigo de ambos, se convirtió en otro socorrista firme. Pudo haber quedado pendiente entre nosotros algún contacto personal de despedida. Supongo que Julio prefirió que no me llevara el recuerdo de una imagen desvaída de él. Su vida había sido, de verdad, otra cosa.

 

Creo ahora que, como lo hacía cuando planificaba la edición del diario, montó nuestra última escena de amistad sin que me diera cuenta. Hace algunas semanas, cuando todavía parecía Julio, me propuso que tomáramos el té en su casa. Quedamos que yo llegaría a las cinco. Bromeamos con la tradición inglesa y ese ritual de muchas mujeres paquetas, quizás de otra época.

 

Compré escones artesanales que en migajas aún pudo degustar. Compartimos el tiempo con Silvana, con otra de sus hijas, Sofia. Después nos recluímos solos en el living de su bellísima casona en Caballito. Hablamos de todo. Casi cuatro horas. Aunque una y otra vez nos reprochamos que a nuestra entrañable amistad le hubiera faltado algo.

 

Ya no hay remedio para eso. No lo hubo para su enfermedad. Prefiero despedirme sellando como recuerdo sagrado aquella última escena: junto a él, durante el té de las cinco.

 
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