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domingo, 08 de abril de 2018

ÚLTIMA ESPERANZA KIRCHNERISTA

La estructura de la pobreza en la Argentina es desoladora. El núcleo duro afecta a personas entre 15 y 24 años. Ahora la oposición ultra apuesta a que el deterioro económico-social le permita el año que viene participar con los votos del desalojo de Cambiemos del poder.

EDUARDO VAN DER KOOY – DIARIO CLARÍN

 

El kirchnerismo atesora quizá la última esperanza de observar a Mauricio Macri, cuando promedie el año, acorralado por la realidad. Ya casi el club del helicóptero se queda sin afiliados. Resisten sólo Raúl Zaffaroni y Hebe Bonafini. Ahora la oposición ultra apuesta a que el deterioro económico-social le permita el año que viene participar con los votos del desalojo de Cambiemos del poder.

 

¿En qué consiste aquella esperanza? En que los variados ajustes de tarifas que se avecinan –sobre todo del gas-- impidan la baja inflacionaria que promete el Presidente. La inflación persistente es el motivo clave del malhumor social que no se va. Lo tiene verificado la consultora Isonomía. Sirve para colocar un techo al suave repunte oficial evidenciado en marzo.

 

Aquella ilusión kirchnerista es, al mismo tiempo, la preocupación del Gobierno. Elisa Carrió insistió que los futuros aumentos deben ser fraccionados. El radicalismo redoblará ese reclamo en ámbitos distintos. Habrá esta noche un encuentro de los principales popes partidarios. Mañana regresará en el oficialismo una práctica que había caído en desuso. Los cuatro dirigentes radicales de mayor envergadura (Alfredo Cornejo, Mario Negri, Gerardo Morales y Luis Naidenoff) volverán a intercambiar con Marcos Peña, Rogelio Frigerio y Emilio Monzó. Tal vez, en la búsqueda de fortalecer el músculo político que flaquea en Cambiemos.

 

Macri escuchó en la reunión de Gabinete el plan de Juan José Aranguren para actualizar las tarifas. La certeza que tenía el Presidente hace diez días habría virado hacia cierta vacilación. Por la confluencia de tres razones. La primera: la inflación de marzo y también de abril estarían de nuevo por encima de las previsiones. La segunda: Nicolás Dujovne, el ministro de Hacienda, informó que la sequía en el campo tendrá un impacto de casi 1% en el crecimiento del PBI. Igual augura 3 puntos. La tercera: Carolina Stanley, ministra de Desarrollo Social, brindó una radiografía de la pobreza de perfiles espeluznantes. No devalúa la buena noticia de la baja al 25,7% conocida la semana anterior. Pero proyecta las enormes dificultades estructurales que a futuro afrontará la Argentina. El núcleo de la pobreza densa se ubica entre personas de 14 a 25 años. El 80% de aquel 25,7% refiere, por otra parte, a personas de hasta 40 años. Ciudadanos que pasan una etapa clave de la formación o que deberían estar transitando el ciclo laboral más dinámico de la vida. Asoman ahora sumergidos. Devolverlos a la superficie demandará un tiempo y una tarea de dimensiones homéricas.

 

Macri pretende que no se repita lo del 2016 cuando con un retroceso debieron afinar los incrementos del gas y la luz que al comienzo provocaron escozores populares. En aquel momento la economía y la política de Cambiemos asomaba con mayor fragilidad. Las cosas mejoraron, aunque el paraíso está aún en un punto remoto. Hay muchas economías regionales en pleno sufrimiento. Por las derivaciones de un combo dañino que significa el aumento de tarifas, los costos laborales e impositivos y un tipo de cambio que, aún retocado, no resulta suficiente. No fue casualidad que el Presidente haya hecho una visita a cinco provincias del Norte, la mayoría comandadas por el peronismo.

 

Macri escuchó de todos ellos una sinfonía similar a la que suena en Cambiemos. El Gobierno se aferra al gradualismo en todos los terrenos. De verdad, no tiene muchas opciones a raíz de la herencia kirchnerista que le tocó. Pero soltaría la mano cuando la ejecución de esa política transita el Ministerio de Energía.

 

El Presidente no desea que otro mal paso le regale pasto a la oposición en la víspera del año electoral. Menos todavía cuando en ese segmento persiste una diáspora ostensible. También una desorientación aguda no bien la agenda pública escapa a la problemática económico-social. El debate por la Ley de Aborto, con múltiples ramificaciones, parece haber sumido en el silencio a gran parte de aquella oposición.

 

El kirchnerismo replica, en ese sentido, la mudez de los cementerios. Porque nadie conoce cuál será la posición final de Cristina Fernández. La ex presidenta tuvo siempre una postura en contra del aborto. Que le permitió un acercamiento a la Iglesia y una sorprendente comunión con Francisco, el Papa. Cristina no se volvió a pronunciar desde que Macri abrió el debate. Sus acólitos tampoco, porque en esa comarca se acostumbra sólo a compartir el pensamiento de la líder. Aquellos que osaron sacar algún pie del plato ya no están. Las malas lenguas peronistas murmuran, con sorna, sobre la existencia de “la nueva Iglesia kirchnerista”. Con Cristina y sus fieles.

 

Ocurre, por otra parte, que su espacio político se dogmatiza y se ciñe cada día más. La Cámpora continúa siendo el núcleo de confianza de Cristina. Pero su hijo, Máximo, conduce un repliegue mientras diferentes sectores peronistas intentan encontrar alguna brújula. La organización sólo se activa en la calle y las protestas contra Macri. Pero queda enredada muchas veces en embarazosas situaciones. Los camporistas, por ejemplo, hicieron punta en el acto de repudio al golpe del 24 de marzo. Y avalaron un documento público en el cual se reivindicaron a las organizaciones guerrilleras de los 70 y se ungió a Venezuela, nada menos, como el modelo a defender e imitar.

 

A la ex presidenta también le cuesta mucho salir de ese corsé. Entreabrió apenas su carpeta política doméstica. Pero sigue mirando a la región y al mundo con las mismas anteojeras que usó hasta el 2015. Se exhibió con Rafael Correa, ex mandatario de Ecuador, que perdió un plebiscito sobre reelección indefinida frente al actual mandatario, Lenín Moreno. El vicepresidente de éste, Jorge Glas, discípulo de Correa, debió renunciar envuelto en el escándalo de corrupción de Odebrecht. Acaba de ser condenado a seis años de prisión.

 

Cristina también recibió en El Calafate a Pablo Iglesias, el líder de Podemos. Convertido en un fenómeno político cuando irrumpieron los indignados por la crisis económica en España. Pero ese auge pasó. Podemos hace tiempo que está en un tobogán. La novedad española es el crecimiento de Ciudadanos, un desprendimiento del Partido Popular (PP). El que trae a la Argentina al premier Mariano Rajoy para entrevistar a Macri.

 

La ex presidenta también dialogó con Dilma Rousseff, destituida en Brasil con un controvertido juicio político. Y respalda en las redes sociales a Lula, que tiene un pedido de prisión de 12 años por un episodio de corrupción. El Supremo Tribunal Supremo le rechazó un hábeas corpus para no ir a la cárcel. Allí está desde el viernes. No todo, a veces, resulta tan lineal en ella. También visitaron el Instituto Patria dirigentes del Frente Amplio que respaldaron en Chile la candidatura del senador Alejandro Guillier. Aunque en el balotaje, parte de esa coalición, terminó del lado del presidente electo, Sebastián Piñera. El empresario al que Macri dedicó un spot de campaña.

 

Aquella exposición de Cristina termina por complicar a todos. A los kirchneristas que abogan por la unidad con el PJ los incomoda la perseverancia de la ex presidenta con el pasado. Que en la mayoría de los casos está manchada por la corrupción. Dicha tropa se juntará mañana en Catamarca, donde la gobernadora Lucía Corpacci será anfitriona. Persiguen una alquimia: una figura, que a la vista no existe, que vincule a todos los sectores del mosaico peronista. Con la venia de la ex mandataria.

 

El peronismo tradicional, que bajo la batuta de Miguel Angel Pichetto deliberó en Gualeguaychú, descree de aquella posibilidad. Porque descree, sobre todo, de Cristina. Que los arrastraría inevitablemente a los peores recuerdos que la memoria colectiva retiene de la década kirchnerista. Sería imposible así alguna reconciliación.

 

Aquella memoria no resulta indiferente a la crisis que conmueve a Brasil. Donde parece visualizarse una confrontación conceptual de la democracia difícil de saldar: la de la popularidad legítima y la lucha de la Justicia contra la corrupción que anida en el sistema. Lula, el ex presidente eje del dilema, sigue siendo el candidato más taquillero. Pero se devela después de cuatro mandatos consecutivos del PT –el último interrumpido—una trama bochornosa de delitos.

 

Lula está expuesto, en especial, por haber recibido de coima un triplex dentro de un mecanismo de sobornos que enlaza a la petrolera estatal Petrobrás con Odebrecht. Pareciera una cuestión casi menor comparada con el desfalco kirchnerista sucedido en la Argentina. Pero el ex presidente tiene pendienteotras cuatro causas en curso, todas ligadas al mismo circuito. Tal vez, respecto de lo que pasó aquí exista una diferencia. Lula articuló el sistema corrupto para construir poder y financiar a todo el sistema político. Oficialista y opositor. Los Kirchner, Néstor y Cristina, fomentaron más el enriquecimiento personal. De ellos y de sus compinches.

 

El escándalo en Brasil impacta en la Argentina por muchos motivos. Se trata del principal vecino. Socio económico y comercial. Lula fue un protagonista activo de la campaña kirchnerista en 2015, junto a Daniel Scioli y Cristina. El caso Odebrecht, que hizo estragos en la región, acaba además de aterrizar con demora en nuestro país. El juez Daniel Rafecas procesó a Julio De Vido por un contrato que favoreció a aquella empresa en la construcción de un gasoducto en el Norte.

 

Sería apenas la punta de un ovillo que promete copiosas novedades. Frente a las cuales, quizás, tampoco el Gobierno podrá hacerse el distraído, ni sentirse ajeno.

 
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