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SOBRE LA AUTORIDAD - por JORGE H. SARMIENTO GARCÍA PDF Imprimir E-Mail
lunes, 23 de abril de 2007

Siempre hemos transmitido que no hay potestad sino de Dios. Es que la autoridad, o poder político, es una necesidad inscrita en la naturaleza social del hombre -“zoon politikon”-, según Dios lo ha hecho.

 

Siempre hemos transmitido que no hay potestad sino de Dios. Es que la autoridad, o poder político, es una necesidad inscrita en la naturaleza social del hombre “zoon politikon”, según Dios lo ha hecho. Como ha escrito Arturo E. Sampay, Dios, “al crear al hombre e insertarlo en la naturaleza de la exigencia y de la necesidad, que lo impulsa a procurarse su suficiencia en la vida social, ordenándose en la comunidad civil, determinó también la existencia del Estado, de la misma manera que dispuso la existencia de la familia”; y si el orden político causa formal de la sociedad política exige la autoridad o poder para articularse y subsistir, debemos concluir en que éste, en última instancia, está arraigado en la voluntad de Dios.

 

Esto, a la vez que fortalece la autoridad, arraigándola en Dios, la relativiza pues la hace relativa a Dios, dependiente de Él y del orden moral, con límites derivados ante todo de su fin, el bien común, lo que implica que la autoridad deba, en primer lugar, proteger y garantizar los derechos o libertades de los individuos y de las asociaciones infrapolíticas que ellos constituyen. Además, permite exigir de la autoridad humana que imite a la de Dios, que se traduce en servicio y en respeto a la libertad; así como Dios ha manifestado su trascendencia haciéndose servidor toda la vida del Verbo encarnado es ejemplo de servicio a los hombres, la última legitimidad del “gobernar” es el “servir”, como lo recepta la sabiduría popular al designar a los gobernantes como “servidores públicos”; y como Dios conduce a los hombres invitándoles a participar en su propio crecimiento, la autoridad ha de llamar a las libertades a cooperar en su propio crecimiento en el seno de la sociedad.

 

El servicio es un rasgo esencial de la doctrina cristiana sobre el poder, habiendo señalado al respecto S. S. Benedicto XVI, que desde la óptica del evangelio existe realmente un contraproyecto a la destacada tendencia vital de la modernidad, una especie de inmodernidad saludable que nos saca de la tendencia al poder y al mando. Y aquel que no forma parte de los poderosos, estará agradecido cuando vea que el poderoso no se sirve personalmente en la mesa de la vida, que considera el poder como una misión para convertirse en sirviente. En las palabras de Jesús sobre el grande que debe ser servidor y en los gestos con los que obra (tal, el lavatorio de los pies), está la auténtica revolución que podría y debería cambiar el mundo. Mientras el poder se considere valor final, estará siempre dirigido contra los demás. Dios, que es el poder por antonomasia, no desea pisotearnos, sino que se arrodilla ante nosotros para impulsarnos hacia lo alto, enseñándonos que lo grande es ponerse al servicio de los demás.

 

Recordamos que alguien ha dicho con razón que no tiene verdadera autoridad quien en la multitud sólo ve el escabel para alcanzar altura, oteando en los demás sólo peldaños… ¡Cuánta verdad!

 

Mas la autoridad debe ejercerse con magnanimidad, sobre la que ha escrito Santiago Ramírez: “La magnanimidad, (es) para que (el gobernante) no se contente con pequeñeces ni mediocridades, indignas de un Estado y de un estadista, sino que debe aspirar continuamente a engrandecer la nación con cosas y empresas verdaderamente dignas y honrosas... por amor de la verdad y del bien común... Culto de la verdadera grandeza del Estado, no megalomanía ni aventuras fantásticas; mucho menos cobardía y pusilanimidad en acometer las reformas necesarias para conseguir siempre y en todo lo más grande y perfecto posible. Lleva la distinción y el estilo de nobleza a todas sus actividades... el magnánimo es un espíritu amplio, generoso, no mezquino ni negativo... mira cara a cara los problemas de las cosas y de los hombres, acometiendo su resolución a pecho descubierto y con energía indomable para la mayor grandeza de la comunidad. No le importan ni conmueven los decires de los hombres de dentro ni de fuera del Estado, porque no busca el aplauso, sino el bien de todos. Por eso el estadista verdaderamente magnánimo conduce a su meta la nave del Estado, en medio de los más agitados temporales, con pulso firme y sereno. Nada le turba, es siempre dueño de sí mismo, se crece ante las dificultades, arrostra intrépido la impopularidad si es necesario, sabe oír y perdonar, triunfa de sus adversarios,  no por la fuerza, sino por la razón y por la grandeza de su alma y de su estilo... Todas las virtudes, privadas y públicas, se agigantan en manos del magnánimo”.

 

Pero nada grande se hace sin recogimiento y humildad, siendo la Pasión de Cristo la demostración de que nunca humildad más profunda (que llegó a la muerte de cruz) estuvo tan entrañablemente unida a una magnanimidad más egregia (la Redención).

 
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