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EL PROGRESISMO, MÁS QUE ESTÚPIDO, CONSERVADOR PDF Imprimir E-Mail
viernes, 10 de noviembre de 2017

EL PROGRESISMO, MÁS QUE ESTÚPIDO, CONSERVADOR

El progresismo no es una ideología ni un partido político. Es la idea del progreso social, de un país pero también del mundo, cruzando a dirigentes de pensamientos políticos distintos.

FERNANDO GONZÁLEZ – DIARIO CLARÍN

 

La palabra progre era poco conocida en la Argentina de los años ’80. Uno de los primeros en usarla públicamente fue el artista Miguel Cantilo, aquel que se ganó un merecido lugar en la historia del rock argentino con Pedro y Pablo, y después con Cantilo y Punch. Conoció la celebridad en los dorados ’70, tuvo su etapa hippie en los bosques de la Patagonia y debió irse cuando estalló la noche de la dictadura militar. Marchó al exilio en España, allá por 1977 y volvió recién en 1983, cuando la primavera democrática comenzó a florecer. Su primer disco del retorno no tuvo demasiado éxito pero allí incluyó una canción que criticaba al progresismo del que formaba parte. “Vives como un burgués”, era el título del tema. Y el estribillo no dejaba lugar a dudas. “Vives como un burgués, te consideras progre, pero vives como un burgués…”. Cantilo hablaba de España pero también se refería a su experiencia en la Argentina. Y la palabra progre se empezó a ganar un lugar en el diccionario de la política nacional.

 

Desde aquellos días lejanos de 1983, el progresismo ha recorrido un largo camino en el país adolescente. Acompañó el impetuoso comienzo de Raúl Alfonsín y lo abandonó un par de años después, cuando comenzó a dar señales de agotamiento. Se ilusionó con el Partido Intransigente de Oscar Alende; se indignó con Carlos Menem; se involucró en la cruzada antimenemista del Frepaso y volvió a ilusionarse con la frescura de Chacho Alvarez. Gozó y luego sufrió con la Alianza. Y una buena parte del progresismo se enroló en la épica de vuelo corto de Néstor y, sobre todo, de Cristina Kirchner. El kirchnerismo alineó a muchos progresistas, con especial éxito entre los veteranos militantes que pasaron por las filas del Partido Comunista. Algunos de ellos todavía la acompañan en el camino en pendiente de la actualidad.

 

La llegada de Mauricio Macri a la Casa Rosada, y su éxito en las elecciones legislativas del 22 de octubre que lo ubican con expectativas de reelección, han puesto patas para arriba el universo siempre complejo del progresismo argentino. Y algo de eso se comprobó el miércoles por la noche, cuando todos los legisladores de la oposición se retiraron de la Cámara de Diputados porque Elisa Carrió barrió con su prepotencia habitual el discurso del diputado Federico Masso, un tucumano del bloque Libres del Sur, calificando su exposición de “progresismo estúpido”.

 

La definición ganó vuelo mediático en la madrugada de ayer y se convirtió en tendencia en las redes sociales. Nada que sorprenda, tratándose de Carrió, pero es interesante el rumbo del debate. El diputado Masso, un empresario gráfico que se autodefine como progresista y ha enhebrado buenas relaciones con el Socialismo santafecino, criticaba en ese momento una iniciativa del Frente Cambiemos para avanzar con la ley de Emergencia Alimentaria y sumar a los grandes supermercados para que, a través de las ONGs, puedan donar alimentados a los más necesitados. “Es lindo escuchar a alguna diputada planteando que los argentinos pobres tengan que agradecerles los alimentos a los supermercados: eso se llama hipocresía”, provocó.

 

Lilita no necesitó mucho más para detonar una sesión que ya llegaba a su fin e interrumpió al tucumano con su vehemencia escénica. “¿Estamos todos locos? Este es el progresismo estúpido que cree que es preferible buscar la comida en la basura en vez de tener alimentos de marca. Estoy harta del progresismo estúpido…, ¿qué quieren, que los pobres se mueran de hambre”, bramó Carrió, generando otro clásico en la extensa lista de los escándalos legislativos. Tal vez perdió puntos a la hora de achicar la grieta pero arrinconó al progresista Masso corriéndolo por izquierda.

 

La batalla siguió más tarde contra Margarita Stolbizer, otra referente del progresismo que (como Carrió) pasó de la UCR a fundar su propio partido (el GEN), y que terminó aliada a Sergio Massa mientras Lilita formalizaba su relación con el macrismo en el hoy victorioso Frente Cambiemos. Marga aprovechó una cámara de TN para decirle a Carrió que “tiene trastornos de personalidad; es muy Cristina Kirchner…”. Cruce fuerte si los hay para dos dirigentes que disputan, con medallas merecidas, el premio mayor a las investigadoras contra la corrupción kirchnerista.

 

Claro que la discusión nocturna sobre el “progresismo estúpido” es apenas una punta del iceberg que amenaza desde hace tiempo a todos los dirigentes que pretenden enrolarse bajo el paraguas progresista. Así lo demostraron las miserias que algunos de ellos mostraron en el el debate por la muerte de Santiago Maldonado, los criterios polémicos para criticar el arresto de la dirigente Milagro Sala y, más que ningún otro tema, el abordaje intolerante y manipulador que el kirchnerismo le dio en los últimos años al tratamiento de los derechos humanos. En ese escenario traumático, muchos dirigentes del progresismo terminaron encerrados en la trampa de defender el nombramiento que llevó adelante Cristina del represor César Milani al frente del Ejército Argentino. Sin dudas, la mayor afrenta que recibió la memoria de las víctimas de la última dictadura militar en toda la historia. Y aunque el general paga todavía sus culpas en la cárcel, casi no hay ninguno de aquellos progresistas que hayan ensayado por lo menos algún atisbo de autocrítica.

 

El progresismo no es una ideología ni un partido político. Es la idea del progreso social, de un país pero también del mundo, cruzando a dirigentes de pensamientos políticos distintos. Nadie puede arrogarse en soledad los atributos intelectuales progresistas pero todos aquellos que se sienten parte de ese espacio sí están obligados a corregir los errores históricos y a repensar los momentos en que ocurrieron las peores claudicaciones. De lo contrario, terminan volviéndose conservadores. Muy conservadores.

 

El gobierno liderado por Macri y otros dirigentes como Carrió o Ernesto Sanz, con sus aciertos y sus errores, está avanzando en la ampliación de la infraestructura estatal, en el otorgamiento de crédito a tasas blandas y sorprende con la imposición del gravamen a la renta financiera. Son apenas tres ejemplos de políticas que siempre integraron la agenda urgente del progresismo pero que, paradójicamente, terminan siendo claves en la consolidación electoral del Frente Cambiemos.

 

Es una alerta y también un desafío para aquellos dirigentes que en el futuro pretendan convertirse en alternativas opositoras desde la franja bien pensante del progresismo. Cambiar la rigidez de las banderas conservadoras que los llevaron a esta crisis y retomar la idea del progreso pero con iniciativas y objetivos concretos. Eso les será mucho más útil que encerrarse en otra discusión estéril de medianoche.

 

El progresismo, más allá de la intemperancia de Carrió, dejará de ser estúpido cuando pueda encontrar respuestas mucho más exitosas para reducir la pobreza. Las que abundan en los discursos y han brillado por su ausencia durante los fracasos recientes de las décadas perdidas.

 
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