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EL PAÍS, ANTE UNA DECISIÓN CRUCIAL PDF Imprimir E-Mail
sábado, 12 de agosto de 2017

EL PAÍS, ANTE UNA DECISIÓN CRUCIAL

La finalidad de las PASO se desnaturalizó. Sin embargo, las que se celebrarán mañana poseen un significado especial: serán un test decisivo acerca de lo que puede aguardarle a la Argentina en los próximos años.

EDUARDO FIDANZA – PARA LA NACIÓN

 

La finalidad de las PASO se desnaturalizó y pesa sobre ellas un cuestionamiento que tal vez las haga caducar pronto. Sin embargo, las que se celebrarán mañana poseen un significado especial: serán un test decisivo acerca de lo que puede aguardarle a la Argentina en los próximos años. La relevancia de estas elecciones proviene de dos incógnitas que se empezarán a revelar y que podrían confirmarse en octubre. En primer lugar, será un recuento inicial para saber si un gobierno de centroderecha, encabezado por el partido más nuevo del sistema, cuenta con apoyo suficiente para encarar las reformas pendientes que se derivan de su programa: hacer descender la inflación, generar condiciones para la inversión, corregir las deformaciones macroeconómicas. En segundo lugar, se conocerá si una ex presidenta, sospechada de actos de corrupción y cuestionada por su orientación populista, mantiene vigencia como para seguir siendo protagonista de la política nacional.

 

Si se apartan los detalles, puede plantearse esta hipótesis: mañana asistiremos a un torneo entre la centroderecha, representada por el Gobierno, y la centroizquierda, cuyo emblema es Cristina Kirchner. En rigor, se trata de una novedad política, pero no teórica: es la tesis del relevante sociólogo Torcuato Di Tella, quien afirmaba que la colonización kirchnerista del peronismo lo convertía en la izquierda real y posible del país, enfrentada con una derecha en la que colocaba a otras franjas del peronismo y a fuerzas incipientes como Pro.

 

La llegada de Macri al gobierno y la actualidad de Cristina aclaran y pasan en limpio la idea de Di Tella. Aun en épocas de política descafeinada, uno representa a la centroderecha, interesada en la competencia, y la otra a la centro izquierda, preocupada por la igualdad. Con un detalle impensado: la ex presidenta, en su actual versión herbívora, resignifica el antiguo ideal del peronismo, convirtiéndolo en una reivindicación light de los trabajadores. Combate al capital, pero con modulación y estética posmodernas.

 

En este contexto, la pregunta relevante es sobre la vigencia de Cristina, antes que la de Pro, cuyas credenciales lo asimilan a un partido occidental contemporáneo. Es moderado y pugna, en teoría, por modernizar el Estado y la sociedad con herramientas racionales. Sin embargo, pareciera tropezar con una dificultad generalizada del capitalismo democrático actual: le cuesta satisfacer las demandas de una sociedad desigual con altas expectativas de bienestar. Como sostuvo Max Weber, crítico severo de la administración alemana después de la Primera Guerra: al racionalismo no siempre le salen bien las cuentas. Podría decirse que cuando falla el cálculo aparecen líderes radicalizados como la ex presidenta. Ubicada a la izquierda, ella evoca, sin embargo, a los políticos ingleses que precipitaron el Brexit y a Donald Trump, al que pocos le otorgaban chances de llegar al poder. Estos dirigentes son la respuesta anómala a los problemas que el capitalismo no puede o no quiere resolver. Su vigencia se basa en el reparto desequilibrado de los bienes y las oportunidades.

 

¿Cómo incide este escenario macro, que el votante medio desconoce, en la decisión de voto? ¿Por qué se opta por uno u otro candidato? Los politólogos ofrecen respuestas meditadas a estas preguntas. En primer lugar, dividen los motivos de voto en dos grandes campos: el de la economía y el de la política. Los estudios empíricos comparados muestran que el llamado "voto económico" predomina sobre el voto por razones políticas. En términos clásicos, se vota por motivos materiales cuando el elector razona de este modo: si durante el gobierno actual me fue bien lo voy a premiar, pero si juzgo que me fue mal lo castigaré votando a la oposición. Sin embargo, el voto económico no se agota allí. Influye también la opinión del votante sobre cuestiones ideológicas -por ejemplo, el rol del Estado en la economía- y la cantidad de bienes que posee. Hay evidencia de que Cristina alcanzó el 54% en 2011 por tres razones simultáneas: bienestar económico retrospectivo, estatismo y carencia de bienes materiales. Estos motivos se fusionaron generando un amplio consenso a su favor.

 

Pero no sólo se vota por razones económicas. Para poner un ejemplo célebre: Felipe González logró varios triunfos en medio de ajustes y alta desocupación. Pesaron entonces su liderazgo, las expectativas de una sociedad mejor e integrada a Europa y el profundo descrédito de la oposición. Ésas son típicas razones políticas a la hora de votar. Aunque queda pendiente un análisis riguroso, puede sostenerse que por motivos de esa naturaleza Macri llegó a la presidencia. Un poco más de la mitad de la sociedad argentina, cansada de los Aníbal Fernández, prefirió un nuevo estilo de liderazgo, corporizado simbólicamente por María Eugenia Vidal.

 

Como dice una metáfora recurrente: la moneda está en el aire. Acaso sin saberlo, los argentinos empezarán a decidir mañana el futuro del país.


 
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