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ALGUNOS SÍNTOMAS DE CORRUPCIÓN DE LA DEMOCRACIA - por JORGE H. SARMIENTO GARCÍA PDF Imprimir E-Mail
martes, 10 de abril de 2007
 La doctrina señala como algunos síntomas de corrupción de la democracia:  

 Los ciudadanos son frecuentemente ineptos respecto de los puntos de las plataformas electorales sobre los que se les pide pronunciarse (cuando la democracia sana o verdadera necesita capacitar intelectual y moralmente a aquéllos, con lo que podrán intervenir prudencialmente en las decisiones políticas que les atañen).

 

No están dispuestos a sacrificar sus intereses particulares inmediatos o los favores del partido oficialista en aras del interés público (el que frecuentemente ni siquiera conocen).

 

 En las campañas electorales, siguen a los que más ofrecen, a los que halagan sus pasiones (sin tener en cuenta lo que conduce a crecer y madurar en la verdad y el bien).

 

Potencias financieras anónimas, con frecuencia extranjeras, compran las empresas periodísticas y pagan todos los gastos para dominar luego al gobierno "elegido".

 

La lucha maquiavélica y encarnizada entre los partidos políticos debilita continuamente la sociedad y disminuye el respeto al gobierno que de ella ha salido.

 

Los elegidos por lo común piensan principalmente en asegurar su reelección mediante una recelosa centralización administrativa y una costosa burocracia, cargándose, así, con un sinnúmero de actividades para las que no tienen idoneidad, en vez de ocuparse en los grandes intereses del Estado, interiores (como la seguridad pública) o exteriores (como el orden por la justicia en las relaciones internacionales), del presente o del porvenir.

 

En diversos cargos ejecutivos de importancia, se eligen o designan jefes débiles, “de  compromiso”, no los hombres más capaces y más enérgicos que los respectivos oficios exigen.

 

Y cuando se corrompe la democracia se cae en la demagogia.

 

El demagogo, sea o no gobernante, busca obtener el afecto popular o el incremento de los adeptos a una determinada ideología, conjunto político o líder, mediante ideas, sentimientos o acciones de los que ha desaparecido la necesaria exigencia de verdad, siendo que el gran enemigo de la libertad es la ignorancia, el engaño, el equívoco y la mentira: en la demagogia se insuflan en la muchedumbre ideas falsas, sentimientos perversos y pasiones aviesas, que crean amistades fingidas y afectos que no son sino rencores; se corroen la lealtad y aún la cortesía; se introduce el mal gusto en el lenguaje, en el estilo y en el arte; se divide la sociedad; desaparecen el patriotismo y aún el valor.

 

Es por ello que ya en 1889 se refería el gran Fustel de Coulanges a la demagogia en estos términos: “… no podemos menos de afirmar que esa clase de enfermedad es la más funesta y perniciosa epidemia que puede caer sobre un pueblo; que no hay otra que cause más crueles daños a la vida privada y a la vida pública, a la existencia material y a la existencia moral, a la conciencia y al entendimiento; y que, en una palabra, no ha habido nunca en el mundo un despotismo capaz de causar tamaños males”.

 

Y concluimos esta nota con palabras (una vez más) de S. S. Juan Pablo II en “Veritatis Splendor”: “En el ámbito político se debe constatar que la veracidad en las relaciones entre gobernantes y gobernados; la transparencia en la administración pública; la imparcialidad en el servicio de la cosa pública; el respeto de los derechos de los adversarios políticos; la tutela de los derechos de los acusados contra procesos y condenas sumarias; el uso justo y honesto del dinero público; el rechazo de medios equívocos o ilícitos para conquistar, mantener o aumentar a cualquier costo el poder, son principios que tienen su base fundamental así como su urgencia singular en el valor trascendente de la persona y en las exigencias morales objetivas de funcionamiento de los Estados. Cuando no se observan estos principios, se resiente el fundamento mismo de la convivencia política y toda la vida social se ve progresivamente comprometida, amenazada y abocada a su disolución ...”.

 
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