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REGRESO DEL POPULISMO: ¿UNA PROFECÍA AUTOCUMPLIDA? PDF Imprimir E-Mail
lunes, 20 de marzo de 2017

REGRESO DEL POPULISMO: ¿UNA PROFECÍA AUTOCUMPLIDA?

La oposición está volando muy bajo; de ella se esperan ideas transformadoras para el potencial productivo del país, en lugar de tironear jirones de pobreza-

EDITORIAL – LA NACIÓN

El gobierno de Mauricio Macri ha llevado al extremo su gradualismo para evitar que el descalabro económico heredado de la gestión de Cristina Kirchner provoque una crisis social que haga inviable su gestión. Ha ido desde la ley de emergencia social para los sumergidos en la informalidad hasta la reparación histórica a los jubilados, pasando por la extensión de la AUH a los monotributistas, el aumento del seguro de desempleo y mayores fondos para los llamados planes de empleo, que en muchos casos no son más que subsidios encubiertos en los que intermedian organizaciones que han hecho del piquete un medio de extorsión permanente.

 

También ha sido el Gobierno condescendiente con quienes se aferran a sus empleos públicos, a sus tarifas subsidiadas y a múltiples beneficios que implican un elevado costo fiscal. Como resultado, el fuerte déficit sigue en una dimensión histórica. Las autoridades nacionales parecen considerar que, antes que reducir el gasto público, hay que administrarlo de mejor manera. En otras palabras, la apuesta de la coalición gobernante que llegó al poder haciendo flamear la bandera del cambio es administrar mejor lo que hay, en lugar de cambiarlo.

 

El desafío que se plantean las autoridades nacionales es financiar el déficit sin aumentar la inflación y esperando que el crecimiento permita contar con recursos genuinos.Entretanto, habrá que continuar la emisión de deuda en el mercado internacional, a tasas que probablemente sean cada vez más altas por el llamado "efecto Trump".

 

Sin embargo, las expectativas creadas por Mauricio Macri al asumir como presidente de la Nación, apoyado por los principales líderes del planeta, no fueron convalidadas todavía por la ola inversora que esos apoyos hacían presumir.

 

Por más que el Presidente y sus colaboradores se reúnan con empresarios locales y extranjeros para sacarlos de su letargo y los conmine a invertir, la rueda virtuosa difícilmente comience a girar con la necesaria velocidad si el miedo al "regreso del populismo" no es aventado en forma clara por medio de amplios consensos entre dirigentes políticos.

 

La Argentina arrastra una historia negra de incumplimientos internacionales y de falta de seguridad jurídica para los capitales foráneos que es muy difícil de revertir en un par de años. A eso se suma la enorme falta de infraestructura y las conocidas falencias en distintos servicios públicos. Es natural que cualquier inversor, antes de arriesgar su capital en una inversión productiva, analice detenidamente no sólo la estructura del mercado interno argentino y su grado de inserción en el comercio mundial, sino también las perspectivas políticas. No es casual que esos empresarios pregunten permanentemente acerca del riesgo de que el kirchnerismo pueda retornar al poder junto a su modelo corrupto, autoritario y populista.

 

En nada ayuda a la recuperación del país y a la potencial llegada de inversiones la estrategia de la CGT y de un buen número de sectores del sindicalismo de arrinconar al Gobierno con medidas de fuerza salvajes que sólo parecen reconocer una melancólica reivindicación del populismo que, en los últimos años, ahogó la posibilidad de un crecimiento genuino, e hizo predominar el cortoplacismo sobre el sentido común.

 

La oposición está volando muy bajo. De ella se esperan ideas transformadoras para realizar el potencial productivo del país, en lugar de tironear jirones de pobreza.

 

No hay crecimiento sin inversión. Ni habrá trabajos dignos y bien remunerados si no ingresan capitales. Tampoco habrá planes sociales que puedan sostenerse si las espaldas empresarias no se ensanchan para sostener el amplio espectro de expectativas sociales, reclamos sectoriales e invocaciones a la solidaridad, la equidad y la inclusión.

 

El capital dignifica el trabajo, su ausencia lo degrada. Los países que no atraen capitales pagan sueldos bajos y sus trabajos no suelen ser dignos y mucho menos, bien remunerados. Eso sí, tienen tipos de cambio ultra "competitivos" pues los salarios son tan míseros que el peso del Estado y las ineficiencias privadas son ocultados tras la pobreza y la exclusión social.

 

Los capitales se someten al Estado soberano cuando mueren por la boca, como los peces y no cuando se los fuga, combatiéndolos. Si las condiciones son atractivas, todos quieren morder el anzuelo, Su retribución desciende hasta que el "costo del capital" se reduce al mínimo. Con seguridad jurídica, los proyectos son posibles, las licitaciones se hacen más baratas y sus plazos, más prolongados. Por el contrario, cuando el país combate al capital -como reza la vieja marcha peronista-, debe arrodillarse luego de forma vergonzante, como ocurrió en 1955 con la Standard Oil de California o en 2013 con Chevron Corporation. En ambos casos, con cláusulas secretas para que la población no advirtiera la discrepancia entre el discurso y la realidad.

 

Al jugar al póquer de la miseria, en lugar de resolver el rompecabezas de la prosperidad, los eufóricos dirigentes del sindicalismo, de organizaciones piqueteras y de los sectores más conspicuos del kirchnerismo que cuestionan la pobreza, como si ésta hubiera empezado con la actual gestión presidencial, se esfuerzan por hacer cumplir su propia profecía. Y con un guiño camandulero ahuyentan a los ahorristas, asustan a los inversores, amedrentan a los prestamistas y, en definitiva, procuran impedir que los salarios crezcan de verdad en empleos dignos, sustentados en la solidez de capitales productivos, sin los cuales siempre hablaremos de pobreza, marginación y desempleo.

 
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