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NECESITAMOS JUECES CON FORTALEZA - por Jorge H. Sarmiento García PDF Imprimir E-Mail
miércoles, 21 de marzo de 2007

1) La noticia:

 

Según el diario La Nación, no “es bueno que los jueces se sientan sometidos a la fuerte presión emocional de grupos de la sociedad que, en ocasiones, ocupan los espacios públicos y lanzan expresiones intimidatorias contra ciertos magistrados. Lamentablemente, en los últimos años, viene consolidándose esta tendencia, que conspira contra el clima de serenidad y equilibrio que debe rodear cualquier decisión elaborada por los tribunales...

LA NACIÓN (Suplemento Electrónico de La Revista del Foro, del 21 de Marzo). 

Según el diario La Nación, no “es bueno que los jueces se sientan sometidos a la fuerte presión emocional de grupos de la sociedad que, en ocasiones, ocupan los espacios públicos y lanzan expresiones intimidatorias contra ciertos magistrados. Lamentablemente, en los últimos años, viene consolidándose esta tendencia, que conspira contra el clima de serenidad y equilibrio que debe rodear cualquier decisión elaborada por los tribunales... Los enojos presidenciales con aquellos jueces que no actúan como desde el Poder Ejecutivo se espera de ellos, definitivamente, no contribuyen a avanzar (en el sentido de su independencia)... A la presión verbal que desde la Casa Rosada se viene ejerciendo sobre la Justicia, al menos en las causas vinculadas con los lamentables episodios de la década del 70, hay que agregar la reprochable reforma del Consejo de la Magistratura, cuya reducción de miembros no hizo más que romper el equilibrio establecido por la Constitución nacional, eliminó la representación de los partidos políticos minoritarios y posibilitó que la clase política gobernante se quedara con la llave de ese cuerpo para abrir o cerrar el paso a la selección y a la acusación de magistrados. Frente a este esquema de poder, hay hoy jueces que pensarán varias veces antes de dictar sentencias contrarias a los intereses del Poder Ejecutivo, aunque así corresponda. Y eso no habla bien de la solidez de nuestras instituciones.

LA NACIÓN (Suplemento Electrónico de La Revista del Foro, del 21 de Marzo). 

 

 

2) El comentario:

Reiteramos lo que venimos expresando hace más de 40 años: hay “juicio judicial” cuando quien decide en un conflicto es independiente e imparcial y su juicio es final, o sea, susceptible de adquirir fuerza de cosa juzgada en sentido estricto, en virtud de la cual la decisión no es ya impugnable por recurso o acción alguna y no puede ser modificada por otro órgano. Y la independencia e imparcialidad de los jueces es un tema esencial para el cumplimiento del cometido existencial del Estado de “afianzar la justicia” que consigna el Preámbulo impar, desde que no puede hablarse de justicia si aquéllas fallan.

 

La independencia significa que el juez no está sujeto a órdenes en el cumplimiento de su actividad específica; y la imparcialidad, que no sacrifica la voluntad de justicia a ninguna otra consideración, por lo que pospone en el ejercicio de su función judicial toda mira personal, sus amistades, odios o intereses propios y sus pasiones políticas. Al prescribirse en normas constitucionales la inamovilidad de los jueces mientras dure su buena conducta, y la retribución que no puede disminuirse en manera alguna mientras permanezcan en sus funciones, se tiende a impedir  todo favoritismo y  toda gravitación susceptible de alterar el buen desempeño de la administración de justicia.

 

En cuanto a respecto de quiénes deben ser independientes los jueces, lo es fundamentalmente con relación a los otros poderes públicos (incluidos los denominados “tribunales superiores”), no sólo en el cumplimiento de su función primordial (de administrar justicia), sino también en el ejercicio de las actividades administrativas de apoyo necesarias para el cumplimiento de aquélla.

 

Mas también deben los jueces ser independientes de la opinión pública, particularmente de la influencia cada vez mayor de los medios de comunicación social, lo que requiere por cierto tener siempre presente:   a) que en principio los jueces sólo hablan, en tanto que tales, a través de sus decisiones jurisdiccionales, y b) que deben poseer y practicar una particular “firmitas animi”, especialmente  frente a los juicios paralelos que suelen llevarse por los modernos medios de comunicación social, en orden a que sus resoluciones no sean torcidas por la variedad de psicologías populares que -consciente o inconscientemente- determinan aquellos medios.

 

Ahora bien, enseña Francisco Fernández Carvajal que la fortaleza es la virtud que hace al hombre intrépido frente a cualquier peligro y prueba de la vida, que desafía sin miedo y al que se enfrenta con valor. La fortaleza se hace presente en dos actos fundamentales: atacar y resistir. Unas veces hay que atacar para la defensa del bien, reprimiendo o exterminando a los individuos, y otras será necesario resistir con firmeza sus asaltos para no retroceder un solo paso en el bien conquistado; y señala Santo Tomás que, de estos dos actos, el más propio de la virtud en trato es el de resistir, siendo también el más difícil. Agrega Fernández Carvajal que la virtud de la fortaleza se halla en el medio justo entre la cobardía, o temor desordenado, que inclina a la fuga ante el dolor y los peligros, y la temeridad, que sale al encuentro del peligro o se lanza ciegamente a empresas difíciles, por soberbia, vanagloria, presunción o necedad.  Con el temor o cobardía se relacionan estrechamente los llamados respetos humanos que, por miedo al “qué dirán”, llevan a abstenerse del cumplimiento del deber o de practicar con valentía y, cuando es necesario, públicamente la virtud. Relacionada con la temeridad está también la impasibilidad o indiferencia, que no teme los peligros, aunque sean de muerte, pudiendo y debiendo temerlos. En relación al segundo acto fundamental de la virtud de la fortaleza (sostener, resistir, aguantar), se exigen paciencia y longanimidad, que sostienen al hombre contra la tristeza en medio de los peligros que combate, y la perseverancia y constancia, que inclinan al hombre a luchar hasta el fin, sin ceder al cansancio ni al desánimo, y que lo llevan a levantarse después de una derrota.  

El juez siempre debe juzgar de acuerdo con la ley, pero si bien, en principio, es “prisionero” de esa ley, al aplicarla le imprime el sello de su propia personalidad, de su sensibilidad humana, de su cultura e imparcialidad. Y de las numerosas calidades que deben adornar la figura del juez, merece ser resaltada la “firmitas animi”, es decir, la fortaleza, de donde toda la vida profesional del juez debe ser un continuo ejercicio de esta difícil virtud.

 

Tal vida, de hecho, es una larga fatiga física y espiritual: exige paciencia consigo mismo y con los demás en las más variadas circunstancias; impone perseverancia en la voluntad de justicia; necesita valor para la defensa de los principios y derechos; exige humildad e impone un sentido de mesura en el ejercicio del poder. Donde hay jueces auténticos, la expresión “voluntad de justicia” tiene para todos sentido positivo y concreto y valor de universalidad... Y el auténtico juez debe crecer ante los obstáculos, juzgando como debe, sin miramientos ni vacilaciones, sin detenerse hasta ascender la cuesta del cumplimiento del deber, con espíritu de sacrificio y no de exhibición, sirviendo fidelísimamente a la justicia aún a costa de la hacienda, de la honra y de la vida.

 
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