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SOBRE EL MATERIALISMO PRÁCTICO - por JORGE H. SARMIENTO GARCÍA PDF Imprimir E-Mail
lunes, 05 de marzo de 2007

 Bien se ha dicho que Occidente no ha podido ofrecer nada a la antigua Unión Soviética, salvo el señuelo de un materialismo práctico y liberal más eficiente y competitivo que el materialismo ideológico y estatista, es decir, la podrida panacea de moda.

 

Bien se ha dicho que Occidente no ha podido ofrecer nada a la antigua Unión Soviética, salvo el señuelo de un materialismo práctico y liberal más eficiente y competitivo que el materialismo ideológico y estatista, es decir, la podrida panacea de moda.

 

También, que estarían muriendo en Occidente Dios y la moral "burguesa", aunque no tan rápidamente y por decreto como en los países comunistas, habiéndose encargado a dúo de aquella tarea cierta planificación teledirigida de una sociedad de consumo, así como gran parte de la clase intelectual filomarxista toda ella y que, ahora, huérfana de referente, va siendo reciclada por el vigente materialismo.

 

El materialismo práctico, que niega toda realidad trascendente y hace superflua la fe, es toda aquella doctrina según la cual los fines últimos a los que se dirige el hombre, aquello que le traerá la felicidad o el bienestar se basa u obtiene a través de bienes materiales (corpóreos). Así, pueden denominarse como tales las prácticas que tienen como guías de la conducta el placer, la salud e incluso la riqueza.

 

Según el Catecismo de la Iglesia Católica, el nombre de ateísmo abarca fenómenos muy diversos. Una forma frecuente del mismo es el materialismo práctico, que limita sus necesidades y sus ambiciones al espacio y al tiempo. El humanismo ateo considera falsamente que el hombre es "el fin de sí mismo, el artífice y demiurgo único de su propia historia". Otra forma del ateísmo contemporáneo espera la liberación del hombre de una liberación económica y social para la que "la religión, por su propia naturaleza, constituiría un obstáculo,  porque, al orientar la esperanza del hombre hacia una vida futura ilusoria, lo apartaría de la construcción de la ciudad terrena".

 

Y vale la pena a esta altura detenerse sobre algunas reflexiones de S. S. Benedicto XVI sobre el tema en trato.

 

Las sociedades pueden tirar de la persona cada vez más hacia abajo o ayudarla a ascender. En el primer caso reina un predominio tal de las cuestiones materiales y una vinculación intelectual a lo meramente material que todo lo que trascienda ese materialismo parece algo superado, absurdo e inadecuado a la persona. En el segundo caso existe realmente una cierta evidencia de Dios, y es más fácil moverse hacia Él.

 

Satisfacerse con lo material, con lo palpable, con las vivencias felices que se puedan comprar o suministrar es, por el momento, lo más sencillo. Pero esto se revela muy pronto como un engaño: al final nos quedamos vacíos, agotados y, cuando caemos del éxtasis, no somos capaces de soportarnos ni de soportar al mundo. Y nunca participamos en este drama sólo personalmente, sino bajo forma colectiva.

 

La sociedad de orientación atea o agnósticomaterialista, sin fe, no nos hace de verdad mejores, más compasivos y altruistas, menos codiciosos, menos vanidosos. La sociedad, con la evaporación de la fe, se ha vuelto más dura, más violenta, más mordaz.

 

Por ello, ahora la Iglesia tiene que esforzarse para presentar espacios alternativos donde se ofrezca un nosotros que abra, que sustente al individuo y le enseñe a ver. Hasta aquí el Pontífice.

 

En fin, pareciera que debiéramos decir con Ignacio San Miguel, que todo esto comenzó cuando a alguien se le ocurrió pensar que Dios y la moral no eran sino proyecciones interesadas de la mente humana, y carentes, por tanto, de realidad externa. Esta teoría se extendió vertiginosamente y a todos los niveles. Y, sin duda, Dios no va a hacer acto de presencia para contradecirla, por lo que somos nosotros los que tendremos que pechar.

 
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