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miércoles, 07 de febrero de 2007
ORIGEN DE LA VIOLENCIA E IGLESIA CATÓLICA – I

                  Por Jorge H. Sarmiento García

Luego tuvo lugar la Conferencia de Medellín (1968), cuyos resultados doctrinales pueden resumirse así: fuerte insistencia en la preocupación por la justicia, revaluación del sentido cristiano de la pobreza, reconocimiento del valor de la política como servicio, y actitud de firmeza ante los abusos del poder.

 

Ahora bien, en Puebla (1979), dirigiéndose a los obispos latinoamericanos, S. S. Juan Pablo II empezó diciendo que venía como hermano que va a ver a unos hermanos muy queridos, lleno de admiración por lo que habían conseguido los obispos en Río de Janeiro (1958) y en Medellín. La gran ventaja de los obispos era que habían ido a Puebla no como un simposio de expertos, ni como un parlamento de políticos, ni como un congreso de científicos o tecnólogos, sino como pastores de la Iglesia. En tanto que pastores, su deber principal era ser maestros de la verdad, porque la verdad es el fundamento de toda acción humana verdaderamente liberadora.

 

La verdad encomendada a los obispos es la verdad de Jesucristo, que constituye el centro de la “nueva evangelización”, la que no es una abstracción teológica, ya que de ella salen decisiones, valores, actitudes y modos de comportarse que podrían crear a gente nueva y a una nueva humanidad a través de una vida radicalmente cristiana. La verdad fundamental sobre Jesucristo sigue siendo la que confesó Pedro: “Tu eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo”.

 

Era eso lo que predicaba la Iglesia, cuyas “relecturas”a través de filtros ideológicos se oponían a una liberación auténticamente cristiana. Entre dichas relecturas figuraba una con la que se habían familiarizado en los últimos años: era la imagen de un Jesús políticamente comprometido, alguien que luchó contra la opresión romana y contra las autoridades, alguien involucrado en la lucha de clases. Esa idea de Cristo como figura política, como revolucionario, como el “Subversivo de Nazaret”, no concuerda con la catequesis de la Iglesia. Los Evangelios nos muestran claramente que Jesús no acepta la postura de aquellos que mezclaban los asuntos de Dios con actitudes meramente políticas.

 

La auténtica liberación se halla en la salvación que ofrece Cristo, una liberación mesiánica que se obra “transformando, conciliando, perdonando y reconciliando el amor”. Cualquier otra “relectura” de la Iglesia vacía al Evangelio de su poder, y a la propia Iglesia de su carácter distintivo.

 

El marxismo no puede hacer por la teología cristiana lo que hizo Aristóteles con Santo Tomás de Aquino, ya que la visión marxista de la persona humana falla por su base, y ese error antropológico impregna la política y la economía del marxismo. Contra la reducción materialista del humanismo que supone el marxismo, la Iglesia propone la verdad de que “el hombre es la imagen de Dios y no puede reducirse a mero componente de la naturaleza, ni a elemento anónimo de la ciudad humana”. El humanismo cristiano, “verdad completa sobre el ser humano”, es el fundamento de la doctrina social de la Iglesia, donde hombres y mujeres no son las víctimas de fuerzas históricas o económicas impersonales, sino forjadores de sociedad, economía y política.

 

La tarea de los obispos como pastores y maestros de la verdad es “defender la dignidad humana [como] valor del Evangelio que no puede despreciarse sin ofender gravemente al Creador”. Defendiendo la libertad religiosa, protestando contra la coacción y la tortura, promoviendo el derecho de participación en la vida pública, la Iglesia no necesita recurrir a sistemas ideológicos para amar, defender y colaborar en la defensa del hombre. Le basta con mirar a Cristo. La causa de la Iglesia es una liberación completa de la familia humana, porque es la causa de Cristo.

 

Creemos que con lo que enseñara Juan Pablo Magno está todo dicho, para entonces y para ahora ...

 
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