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ALGO MÁS SOBRE EL GARANTISMO - por Carlos H. de Casas PDF Imprimir E-Mail
viernes, 24 de noviembre de 2006
Definir la seguridad es un problema difícil porque se trata de un concepto intrínsecamente negativo. A lo largo de la historia de la humanidad, el concepto de seguridad ha venido siendo valorado de diversas formas.

Definir la seguridad es un problema difícil porque se trata de un concepto intrínsecamente negativo. A lo largo de la historia de la humanidad, el concepto de seguridad ha venido siendo valorado de diversas formas. A veces, se la vinculó con el derecho a la vida, a la integridad física o a la salud, incluso a la propiedad privada.  Pero,  lo  fundamental  es que  se relaciona también con la JUSTICIA: en un Estado de Derecho la verdadera seguridad reposa sobre el conjunto de derechos y garantías de las personas individuales frente a los poderes establecidos quede modo alguno pueden atentar contra estos principios.  Por eso es que no se puede atajar la inseguridad  a costa del ataque a los derechos fundamentales. Sólo genera  SEGURIDAD el Estado que GARANTIZA la intangibilidad de las libertades y  PREVIENE   de ese modo la DESIGUALDAD que conduce a la EXCLUSIÓN SOCIAL.

 

El punto de arranque de este tema está –sin dudas, en las GARANTIAS  consagradas en la C.N. y de allí, el paso siguiente será determinar  si están siendo efectivamente cumplidas en   la realidad.  Puedo responder anticipadamente que no, porque la libertad y la seguridad  han experimentado en el mundo actual  un terrible desfasaje, por lo que tampoco la vida de los argentinos está garantizada, entendida aquélla como su disfrute pleno y total.

 

Lo que podemos colegir es que la sensación de inseguridad, como miedo al delito, no es más que un modo  de concebir  y expresar otros miedos silenciados: miedo no sólo a la muerte, sino también y probablemente,  ante todo, miedo  a una vida sin sentido, despojada de raíces, desprovista de futuro. Es precisamente sobre este tipo de miedos ocultos, que cada uno tuvo que pagar para seguir viviendo, que se asienta el poder autoritario [1].

 

Ello por cuanto la opinión pública carece de los instrumentos necesarios para analizar las complejas características del fenómeno y tampoco puede, como es obvio, poner en práctica soluciones adecuadas. En estas circunstancias, sólo puede hacer una cosa: alarmarse, sentirse insegura. Por su parte, el debate político se agota en el recurso a los medios policiales. Mientras la derecha tiende a la privatización de los servicios de seguridad, el discurso de la izquierda pone el acento en la función pública de la policía.

 

Lo que debemos tener en claro, es que los totalitarismos responden a los miedos, apropiándose de ellos, ideologizándolos. Hacen una resignificación cuasi teológica de ellos, borrando las amenazas reales, transformándolos en fuerzas del mal, como el caos, el delito, la droga, el comunismo y el terrorismo.

 

En la Edad Media, la Iglesia obraba en forma semejante cuando se apropiaba del miedo a la peste, las brujas o el diablo. En otras palabras, el martillo de las brujas y la emergencia penal, a la que nos tiene acostumbrados ZAFFARONI. De esta forma, cuando la sociedad internaliza el miedo reflejado en la inseguridad que le devuelve el poder, sin necesidad de lavados de cerebro ni adoctrinamiento, la penetración es imperceptible, basta con trabajar los miedos, en otras palabras, demonizar los peligros de forma tal que sean inasibles.

 

Por cierto, hoy no es el miedo al pecado, pero  el principio operante sigue siendo el mismo, consiste en agregar el miedo a la culpabilidad, característica de los estados totalitarios que instrumentalizan los miedos de los ciudadanos, induciéndolos a sentirse culpables de ellos.

 

De tal forma ante reclamos en que se propugna un mayor endurecimiento de las penas, me permito señalar que autores hay que sugieren una aproximación convincente al fenómeno de la inflación de la penalidad como signo de la crisis de la democracia representativa y de la irrupción  prepotente de una llamada democracia de opinión en la que se exalta la percepción emocional del sujeto a sus emociones más elementales: temor y rencor[2].

 

Por eso, debe dejarse de pensar en erradicar los síntomas y, en vez de ello, actuar directamente sobre las causas del problema. Esto es mucho más difícil, menos rentable políticamente y, sobre todo más caro. Sin embargo contamos en nuestro país, con un grupo de expertos que vienen analizando las causas[3], efectuando certeros diagnósticos y proponiendo tratamientos para su solución. Cierto es que a corto plazo seguiremos viendo lo mismo que ahora, pero el partido político que tenga la sensibilidad de diseñar y mantener un plan global para abordar las causas del delito violento, habrá dado en el clavo.

 

Y no precisamente, como señala DIEZ RIPOLLES[4], por que exista un desconcierto entre una presunta inadecuación del modelo garantista  para enfrentarse a la realidad normativa y político criminal actual, sino, porque una vez más el Derecho penal, el servicio de justicia y las etiquetas criminológicas se utilizan para diferenciar entre los “incluidos” y los “extraños a la comunidad”, el proletariado de la delincuencia de VON LISZT, una clase de personas sobre los que la experiencia histórica demuestra que están permitidos toda clase de abusos; lo que GÜNTHER JACOBS[5] ha dado en llamar el Derecho penal del ciudadano versus el Derecho penal del enemigo.

 

También, tenemos que preguntarnos si estamos dispuestos a renunciar a determinados espacios de libertad (en forma de derechos frente a pretensiones de intervención estatales) a favor de una mayor seguridad. Quien pretenda estar completamente seguro y a salvo, deberá aceptar que las fuerzas de orden público sospechen hasta de él, sin olvidar que, a mayor seguridad siempre existe menor libertad. Como ejemplo, habría que preguntarle al pueblo norteamericano qué le ha ido pasando desde los ataques terroristas hasta hoy, y a la hija del presidente Bush, sobre la eficacia de los servicios de ‘seguridad’ más eficaces del planeta.-

 


1. Pareciera existir una similitud  entre estas situaciones de miedo y las reflexiones sobre la condición postmoderna, lo que puede verse en el trabajo de JAMENSON F. – “Postmodernismo y sociedad de consumo”, en: HAI FOSTER (Editor) La postmodernidad. Barcelona. Kairós. 1985.

2. GARAPON, A/ SALAS D. (1996)

3. La sociología criminal ha verificado que a más población joven más delito (VOLD, G y otros. 1998), que a más ocio de esta población, definido como tiempo fuera de la familia y de la escuela: más delito.  Que a más cantidad de desempleo más delito, correlación que sólo se da en países en vías de desarrollo pero no se da en países de altos ingresos, que aún cuentan hoy día  con sistemas de estado de bienestar, con adecuados sistemas jubilatorios y seguros de desempleo (CARRANZA, E. – 1997 –30). Tampoco se toma en cuenta los cambios psicológicos que sufren los jóvenes en el periodo de la adolescencia, que no son más que el correlato de cambios corporales  que los llevan a una nueva relación con sus padres y con el mundo; se trata de un periodo de contradicciones, confusión, de ambivalencia, doloroso, caracterizado por fricciones con el medio familiar y social ABERASTURI / KNOBEL, 1994 –16).  

4.  DIEZ RIPOLLES, J. L. – (2004)

5. JACOBS, G. (1996 – 237; Conferencia de Berlín 1999). Este concepto del “derecho penal del enemigo” es incompatible con el Estado de derecho y al decir de FRANCISCO MUÑOZ CONDE, supone una regresión histórica  a un “derecho penal de sangre y lágrimas” (conf. Artículo en El País. Madrid, enero 15 de 2003).

 

Bibliografía:

ZAFFARONI, R.Criminología. Aproximación desde un margen. Bogotá. Editorial Themis, 1988.

ZAFFARONI, R. – En busca de las penas perdidas. Deslegitimación y dogmática jurídico-penal. Buenos Aires. EDIAR, 1989

DIEZ RIPOLLES, J. L. – “El nuevo modelo penal de la seguridad ciudadana”. En: Revista electrónica de ciencia penal y criminología. Nº 06 (2004)

GARAPON, A. / SALAS, D. – La République pénalisée. París. Hachette Livre, 1996.

JACOBS, G. – Fundamentos del Derecho penal. Buenos Aires, AH-HOC, 1996

 
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