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UNA CONTRADICCIÓN, EXPUESTA CON CORAJE Y ESPERANZA - por JORGE H. SARMIENTO GARCÍA PDF Imprimir E-Mail
jueves, 09 de febrero de 2012
Quiero participar con quienes tengan la bondad de leerme, de la síntesis de algunos aspectos del pensamiento del entonces Cardenal Joseph Ratzinger, en el convencimiento de que “bien vale la pena”. Veamos:
     

Quiero participar con quienes tengan la bondad de leerme, de la síntesis de algunos aspectos del pensamiento del entonces Cardenal Joseph Ratzinger, en el convencimiento de que “bien vale la pena”. Veamos:

 

Por una parte el ser humano ha sido creado para el amor: está aquí para perderse a sí mismo, para darse; pero también quiere ser solamente él mismo. Todo esto, hasta el punto de que por un lado puede amar a Dios, pero también darle la espalda.

 

Por una parte consideramos correcto lo que nos dicen los mandamientos (ser buenos con los demás, agradecidos, respetar la propiedad ajena, encontrar el gran amor en la relación entre los sexos, decir la verdad, etc.), siendo en cierto modo ésta una tendencia; pero por otra parte sentimos el hormigueo de sustraernos a ella.

 

En efecto, “Veo lo que es bueno y lo apruebo y sin embargo después hago todo lo contrario”, dijo Ovidio. Y Pablo de Tarso también afirmó “No hago lo que quiero, sino lo que aborrezco”, a lo que le siguió el grito: “¿Quién me redimirá de esta contradicción interna?”; y en este punto Pablo comprendió realmente por primera vez a Cristo y, a partir de ese instante, llevó la respuesta redentora de Cristo al mundo.

 

Las sociedades pueden tirar de la persona cada vez más hacia abajo o ayudarla a ascender. En el primer caso reina un predominio tal de las cuestiones materiales y una vinculación intelectual a lo meramente material que todo lo que trascienda ese materialismo parece algo superado, absurdo e inadecuado a la persona. En el segundo, existe realmente una cierta evidencia de Dios, y es más fácil moverse hacia Él.

 

Satisfacerse con lo material, con lo palpable, con las vivencias felices que se puedan comprar o suministrar es, por el momento, lo más sencillo. Pero esto se revela muy pronto como un engaño: al final nos quedamos vacíos, agotados y, cuando caemos del éxtasis, no somos capaces de soportarnos ni de soportar al mundo. Y nunca participamos en este drama sólo personalmente, sino bajo forma colectiva.

 

La sociedad de orientación atea o agnóstico-materialista, sin fe, no nos hace de verdad mejores, más compasivos y altruistas, menos codiciosos, menos vanidosos. La sociedad, con la evaporación de la fe, se ha vuelto más dura, más violenta, más mordaz.

 

Por ello, expresaba el actual Pontífice que ahora la Iglesia tiene que esforzarse para presentar espacios alternativos donde se ofrezca un nosotros que abra, que sustente al individuo y le enseñe a ver.

 

Afirmaba asimismo el entonces Cardenal que se encuentran también entre los clérigos, monjes y monjas, dosis elevadas de rivalidad, de envidia, de celos, de mentira y de falta de caridad, conductas erróneas en las que subyace siempre un debilitamiento de la fe.

 

Y agregaba que comprobamos así de nuevo que la fe puede contraerse o crecer, ascender o descender, enfatizando que no dejemos de lado los efectos muy positivos que la fe ha producido en tantas personas, haciéndolas sencillas y bondadosas.

 

¿No creen –como yo que esto es hablar con coraje y esperanza?

 

Por eso, no es de extrañar que con motivo del Jubileo del año 2000 dijera Juan Pablo Magno: “El Año Santo es tiempo de purificación: La Iglesia es santa porque Cristo es su Cabeza y Esposo; …los hijos de la Iglesia conocen la experiencia del pecado, cuyas sombras se reflejan en ella oscureciendo su bellezaNo se trata de un juicio sobre la responsabilidad subjetiva de los hermanos que nos han precedido: esto es algo que sólo le corresponde a Dios, quien a diferencia de nosotros, seres humanos es capaz de ´escrutar el corazón y la mente`…El acto que hoy se ha realizado es un reconocimiento sincero de las culpas cometidas por los hijos de la Iglesia en el pasado remoto y en el reciente, y una súplica humilde del perdón de Dios. Esto no dejará de despertar las conciencias, permitiendo que los cristianos entren en el tercer milenio más abiertos a Dios y a su designio de amor.

 

Pero además, Juan Pablo ofreció también el perdón para todos aquellos que han atacado, perseguido, martirizado a los cristianos, ayer, de hoy y de siempre, destacando: “Mientras pedimos perdón, perdonamos… ¡Que esta Jornada jubilar traiga a todos los creyentes el fruto del perdón recíprocamente concedido y acogido!”; y así los cristianos estaremos en condiciones de transitar en el tercer milenio “como testigos más creíbles de la esperanza. Nunca más contradicciones con la caridad en el servicio de la verdad; nunca más gestos contra la comunión de la Iglesia; nunca más ofensas contra cualquier pueblo; nunca más recursos a la lógica de la violencia; nunca más discriminaciones, exclusiones, opresiones, desprecio de los pobres y de los últimos”.  

     
 
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