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SOBRE TIRANÍAS Y TIRANOS - POR JORGE H. SARMIENTO GARCÍA PDF Imprimir E-Mail
martes, 17 de enero de 2012

Hay que reconocer las obras buenas y las cosas bellas que hacen los gobernantes, las cosas positivas que realizan, sus virtudes y sus dones, etc.; pero como ellos mismos se encargan de publicitarlo debiendo hacerlo en ciertos casos quienes pretendemos trabajar en teoría del Estado hemos de resaltar los yerros y defectos en que pueden incurrir, para evitar males mayores.


 

Hay que reconocer las obras buenas y las cosas bellas que hacen los gobernantes, las cosas positivas que realizan, sus virtudes y sus dones, etc.; pero como ellos mismos se encargan de publicitarlo debiendo hacerlo en ciertos casos quienes pretendemos trabajar en teoría del Estado hemos de resaltar los yerros y defectos en que pueden incurrir, para evitar males mayores.

 

La razón de ser de toda la vida política radica en la búsqueda del bien común, es decir, de un conjunto de condiciones exteriores que permita que todos los miembros de la comunidad política puedan lograr en ella su perfección o fin, respetándose la dignidad de la persona humana y los principios de subsidiariedad y solidaridad.

 

Por eso, los mayores males que amenazan a una “polis” son aquellos que llegan a destruir ese bien común, o que la alejan por completo de él: tal es el caso de la tiranía, temor que domina conjuntamente con las sediciones toda la política de Tomás de Aquino.

 

En cierto sentido, tales peligros se oponen, puesto que el uno consiste en una exageración de la autoridad y el otro en su desaparición; pero, al final de cuentas, ellos no constituyen sino un solo mal formal: olvido del interés común en provecho de intereses particulares. Y en la práctica, están tiranía y sedición muy estrechamente unidas, puesto que aquélla suele engendrar las sediciones y éstas por lo general terminan en tiranías.

 

Ahora bien, la tiranía, hablando con propiedad, es formalmente todo gobierno utilizado ilegalmente para intereses particulares y, como solamente la persecución del bien común dentro de la legalidad natural y positiva justifica el poder, la tiranía es todo poder ilegal, siendo una “degeneración del poder”, injusta y contraria al bien común.

 

Reitero que formalmente la tiranía consiste en una conversión ilegal del poder en provecho de intereses particulares, habiendo escrito al respecto Tomás de Aquino que “Un régimen se vuelve injusto cuando se olvida el bien común de la ciudad, y se busca el bien privado del gobernante”, y que “el tirano no busca el bien común, sino el suyo particular”.

 

Y parece ser verdad que el provecho individual del tirano se asegura mejor con la prosperidad de los ciudadanos, no siendo apropiado alabar la “magnanimidad” de quien actúa movido inteligentemente por interés propio.

 

Se debe destacar que la tiranía puede tener origen democrático. En efecto, la democracia vive del turno de los partidos y el arrinconamiento de éstos y, por decirlo así, su inutilización, son signos de que se inicia un nuevo orden, que para ser tiránico puede conservar el parlamento, pero diluyéndolo, pues por muy desacreditado que estuviese, aparece aún así como el antiguo símbolo de la libertad, con adhesión popular. Sin romper con las instituciones tradicionales de la democracia, el tirano se contenta con dominarlas. Es interesante señalar que Theodor Mommsen, premio Nobel de Literatura 1902, en su "Historia de Roma", refiriéndose a los abusos de los tribunos de la plebe y de sus precedentes, los tiranos griegos, escribió que "La tiranía sigue siempre a los excesos del sufragio universal".

 

Uno de los instrumentos que más modernamente suelen utilizar los tiranos para lograr un poder tan decisivo ha sido el estado de excepción o de emergencia. Desde el punto de vista de aquéllos y de sus fieles subordinados, es esencial mantener un cierto ambiente de crisis que exige medidas extraordinarias, para mantener el ritmo de cambio estimulándolo con el miedo a “los enemigos”.

 

Es entonces cuando se manifiesta la cobardía de los hombres, que disputan para ver quién mostrará mayor adhesión y servilismo. Y libre del control del parlamento, el tirano puede reformar las otras ruedas del Estado, empezando por la justicia.

 

Según Mommsen quien apreció en Cayo Julio César al hombre que siente dentro de su pecho “verdadera grandeza real” y que se siente, por ello, justificado para hacerse rey a sí mismo el tirano necesita para subsistir de la simpatía o por lo menos de la resignación del pueblo, procurándole ordinariamente, a cambio de la libertad, el bienestar que adormece las reivindicaciones y ahoga el descontento. Las satisfacciones sociales compensan los sacrificios políticos; hacen que la tiranía adquiera la popularidad en otro aspecto perdida. El secreto de las tiranías es la popularidad.

 

Para ir finalizando esta nota, que no puede dejar de ser breve, resultan convenientes algunas palabras sobre la persona del tirano. Bien se ha dicho que un alto cargo incluye en sí tal grandeza, que el titular, si es receptivo, conseguirá apropiársela. Delante de los grandes problemas, un espíritu inteligente tiene tendencia a realizar grandes hechos; no ciertamente porque él sea, de sí mismo, por su naturaleza y con premeditación, un grande hombre, sino porque, si es inteligente, las grandes cosas le convierten en grande hombre.

 

Es por ello que creo que Julio César (tirano al que nos hemos referido “supra”) fue un grande hombre, aunque debe tenerse muy presente que es absolutamente imprudente animar al gobernante capaz a que considere las leyes natural y positiva como menudencias, a las cuales puede dar de lado por una supuesta coincidencia entre su interés personal y el del pueblo, lo que “justificaría” su despotismo y cualquier otro que adopte el mismo programa.

 
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