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LA ESCLAVITUD - POR JORGE H. SARMIENTO GARCÍA PDF Imprimir E-Mail
martes, 17 de enero de 2012

En el siglo XVI la esclavitud no estaba todavía desarraigada en Europa, siendo antiquísimo el comercio de negros, que Etiopía, Abisinia y Sudán sacaban de los pueblos situados entre el Atlántico y la “Nigricia”.


 

En el siglo XVI la esclavitud no estaba todavía desarraigada en Europa, siendo antiquísimo el comercio de negros, que Etiopía, Abisinia y Sudán sacaban de los pueblos situados entre el Atlántico y la “Nigricia”.

Los cartagineses los emplearon como remeros en sus galeras, por lo cual Asdrúbal (hermano de Aníbal) compró cinco mil de ellos en un solo día, y principalmente los garamantas, habitantes de Fez (Fezan) o Marruecos, iban en cuadrigas a caza de estos infelices “trogloditas” en los mismos países en que sus descendientes (como los tuareg) iban a buscarlos para los musulmanes de Egipto y de Constantinopla. El establecimiento del cristianismo y la interrupción del comercio habían suspendido tan horrible tráfico; pero con el islamismo se renovó y los árabes de los países berberiscos (del norte de África) fueron los abastecedores de negros para toda Europa.

Uno de los mayores incentivos que había para investigar las costas de África, era el que allí podían tomarse esclavos que se vendían a gran precio en los mercados europeos. Habían “filósofos” que los suponía de raza inferior y hasta “teólogos” que leían en la Biblia que la descendencia de Caín fue destinada a la servidumbre, pasando por “estadistas” que decían que los negros eran personas destinadas al suplicio y que sus jefes preferían venderlos, siendo un dato desgraciadamente cierto que no con poca frecuencia eran los jefes de las tribus quienes ofrecían a la venta a sus hermanos. Apenas fue descubierta América, los transportaron allí para trabajar; y la Iglesia se siguió oponiendo a la esclavitud.

A todo esto, ya Pío II, el 7 de octubre de 1462, había publicado un “breve” contra los portugueses que hacían esclavos en Guinea, y Pablo III había declarado que era “una invención del demonio” el asegurar que los aborígenes de América podían someterse a la esclavitud, escribiendo al arzobispo de Toledo, el 29 de mayo de 1537, que “A fin, pues, de hacerles la debida justicia y de quitar cuanto pueda servir de obstáculo a su conversión, declaramos que los Indios, como todas las demás gentes, aunque no hayan recibido el agua del bautismo, deben gozar de la libertad natural y del dominio de sus bienes; que ninguno tiene derecho para turbarles e inquietarles en la posesión de cuanto han recibido de la liberal mano de Dios, Señor y Padre de todos los hombres, y todo lo que se haga en sentido contrario está condenado por las leyes divina y natural. Por tanto, exhortamos a todos los fieles que tratan con los Indios y otras gentes, a que los atraigan a la fe católica, unos con el ministerio de la predicación, otros con instrucciones familiares, y todos con el ejemplo”.

Urbano VIII, el 22 de abril de 1639, prohibió el privar a los negros de la libertad y separarlos de su a patria, de su mujer y de sus hijos; Benedicto XIV, el 20 de diciembre de 1741, repitió lo mismo a los obispos del Brasil; Pío VII hizo diligencias para abolir el tráfico y Gregorio XVI lo prohibió absolutamente el 3 de diciembre de 1839.

Pero es incuestionable que de la tragedia espantosa de la esclavitud de los negros y del maltrato a los aborígenes de América deben avergonzarse -como anota Vittorio Messori con especial referencia a los primeros- calvinistas holandeses, luteranos alemanes, anglicanos británicos, católicos portugueses y españoles; que la condena de la trata por parte de Roma se produjo desde finales del siglo XV; y que hay que recordar que el pecado nos une a todos: a los cristianos, sí, pero también a los “devotos musulmanes y a los bondadosos negros”.

En definitiva, la primera raíz del drama está en la naturaleza humana, “proni ac peccatum”, dictando el interés los consejos a reyes y particulares, que no vieron en esto sino un medio de lucro, ni se fijaron más límites para los malos tratamientos que el impedir que se perdiese el capital empleado en comprarlos...

 
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