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EL CAUDILLO - POR JORGE H. SARMIENTO GARCÍA PDF Imprimir E-Mail
martes, 17 de enero de 2012
Tal vez el paradigma del caudillo en el siglo XX haya sido Adolfo Hitler.


 

Tal vez el paradigma del caudillo en el siglo XX haya sido Adolfo Hitler.

 

Siguiendo parcialmente las enseñanzas de Ernst Nolte, podemos decir que la definición del poder del caudillo por los juristas del nacionalsocialismo era en gran parte de carácter casi teológico y místico. De acuerdo con ellos, el caudillo encarnaba la voluntad del pueblo y defendía, por lo tanto, la “idea objetiva de la nación contra la arbitrariedad subjetiva de un espíritu popular descaminado”.

 

Su autoridad era indivisible, y su poder “no es limitado por garantías ni controles, amparos autónomos ni derechos individuales bien adquiridos, sino que es libre e independiente, exclusivo y absoluto”. Con todo, según aquellos juristas dicho poder no era en absoluto arbitrario, sino que estaba ligado al destino y la misión del pueblo (¿?).

 

Por otra parte, sólo al caudillo correspondía determinar el destino y la misión del pueblo, encausando la “aplicación de la fuerza política de pueblo hacia los grandes objetivos comunes”. De esta manera, las encuestas de la opinión pública (convenientemente encauzadas por Joseph Goebbels) no pretendían ayudar a fijar sus resoluciones, sino que su función era confirmar las decisiones del caudillo y manifestar la confianza del pueblo en ellas.

 

Antes de estallar la II Guerra Mundial, dijo el Mariscal Hermann Göring que él y todos los demás dirigentes del Estado y del partido no tenían más competencia en las cuestiones importantes que las piedras sobre las que estaban parados.

 

La circunstancia de que se haya sabido desde que concluyó aquella guerra que debajo de Hitler se dieron numerosos conflictos de competencia entre los dirigentes, Göring incluido, sólo fue otra condición más para asegurar la libertad de Hitler de tomar decisiones.

 

Así, la sencillez arcaica de la creación de voluntad se unió a la eficiencia moderna de una buena organización estatal. Y el mismo Göring llegó a comparar a Hitler con el Espíritu Santo, diciendo que aquél era “infalible en cuestiones políticas”.

 

Es que desde el punto de vista filosófico, el fenómeno nazi ha sido la expresión más extrema de una teología pervertida, al considerar al caudillo por lo menos como un salvador semidivino.

 

Ha habido y siguen habiendo caudillos en el mundo (por más que algunos no tan extremos), lo que determina que siempre sea importante constitucionalizar instituciones que recepten los principios de la justicia, de la auténtica libertad, etc., y que faciliten el acceso al ejercicio del poder de personas técnica y moralmente idóneas, convencidas de que gobernar es servir...

 

Para ello, siempre será menester “educar al soberano”, correcta e imparcialmente, siguiendo la clarísima visión de Domingo Faustino Sarmiento, preparando a la vez un pueblo instruido y una clase dirigente ilustrada, sin lo cual todo queda expuesto utilizando lenguaje argentino al “malón” del primer caudillo audaz, o al “golpe de mano de cualquier comandante de batallón”, para usar la frase tajante de José Francisco de San Martín y Matorras.

 
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