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LA CAÍDA DE LAS CLASES MEDIAS - POR JORGE H. SARMIENTO GARCÍA PDF Imprimir E-Mail
miércoles, 11 de enero de 2012

Es muy bueno recurrir a las lecciones de la historia, pues así se pude tratar de intentar que los pueblos -como los hombres- no tropiecen más de una vez con la misma piedra; y en esta tarea, Roma ha ejercido siempre, al menos para mí, una gran atracción.

 


 

Es muy bueno recurrir a las lecciones de la historia, pues así se pude tratar de intentar que los pueblos -como los hombres- no tropiecen más de una vez con la misma piedra; y en esta tarea, Roma ha ejercido siempre, al menos para mí, una gran atracción.

Ha escrito Mommsen que la República romana pereció por las antiguas enfermedades del cuerpo social y, sobre todo, por la caída de las clases medias, que el proletariado servil suplantó; no más labradores, no más artesanos, sólo proletarios.

La prodigiosa expansión del territorio romano había transformado profundamente las costumbres de la Ciudad y alterado el funcionamiento de la Constitución, cuyo maravilloso equilibrio causara a Polibio tanta admiración, y que fué luego enteramente desvirtuada, funcionando en medio de sobresaltos cada vez más violentos.

Como el estado político es casi siempre un reflejo del estado social, la caída de las clases de marras hizo en Roma que la democracia burguesa perdiera su profundo sentido, siendo su caída definitiva, como sucede casi siempre, harto probable, cuando no tan sólo una cuestión de tiempo.

En efecto, con la paulatina pero terminante desaparición de las clases medias, de los pequeños propietarios que cultivaban personalmente la tierra y que constituyeron la fuerza principal de los ejércitos, a un lado se encontraba la “plebe”, sostenida a cargo del Estado, que se acostumbró a vivir de la limosna, de una especie de socorro al paro forzoso; era ella la clientela de los políticos, a los cuales, en compensación, daba los votos. Vegetaba en la pereza, en la insolencia y en la corrupción, dispuesta a todo y a lo peor.

Al otro lado, existía una aristocracia propietaria y otra del dinero, que compartían los beneficios de las conquistas y que parecían inexpugnables. Se acumularon entonces, en poco tiempo y en pocas manos, fortunas inmensas. Sus poseedores, demasiado hartos, olvidaron el interés general, dedicándose a la búsqueda de placeres. Las antiguas virtudes se extinguieron y se crearon nuevas necesidades. Los gastos aumentaron más aprisa aún que las riquezas y, para conservar su fortuna, los ricos evitaban tener hijos (siendo de recordar que la palabra “proletario”, que significa “el que es prolífico”, adquiere su actual significación de clase).

Así, el lujo más desencadenado se exhibía al lado de la extrema miseria. La desigualdad de las fortunas era espantosa. La clase media -reiteramos- iba desapareciendo cada vez más.

De tal forma, los que deberían ser los “núcleos selectos” de la clase media, o fueron desapareciendo sumergidos en la “plebe”, o llegaron a ser grandes capitalistas, quedando moralmente debilitados: tanta abundancia enflaquece el espíritu, quita el amor al esfuerzo y disminuye el carácter.

Cierto es que un buen pueblo puede tener un mal gobierno; pero con una élite corrompida no puede haber buen gobierno. La podredumbre de arriba trae aparejada la descomposición total, pues “todas las parálisis vienen del cerebro”.

Los partidos tradicionales, perdiendo su verdadero sentido, no representaban otra cosa que pandillas ajenas al bien común. Los antiguos programas no tenían ya aplicación. Arrancada de sus raíces profundas, la política pasó a ser dominio exclusivo de políticos profesionales. Los gobiernos se debilitaban, las buenas costumbres públicas estaban en plena decadencia. Los negocios sometidos a corrupción se multiplicaban. Los parlamentos o asambleas, cada vez más impotentes, eran cada vez más agitados, no resultando más que una reunión de charlatanes y un enjambre de pandillas.

Y así era Roma en los comienzos de Cayo Julio César...

 
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