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NECESITAMOS ESTADISTAS - Por Jorge H. Sarmiento García PDF Imprimir E-Mail
miércoles, 11 de enero de 2012
Ante la proximidad cada vez mayor de las elecciones definitorias del destino de la República en los próximos años, se nos impone tratar de ser muy realistas.
 

Ante la proximidad cada vez mayor de las elecciones definitorias del destino de la República en los próximos años, se nos impone tratar de ser muy realistas.

Es cierto que la mayoría de los candidatos prometen cosas que harían (terminar con la inseguridad, crear escuelas, habilitar hospitales y centros de salud, concluir con la inflación, etc.), pero no explican cómo, lo que motiva la queja de numerosas personas, entre las que me incluyo. No obstante, creo que -sin perjuicio de cumplimentar tal requerimiento explicativo- los políticos pretendientes deberían además ser ineludiblemente explícitos en otras cuestiones de mayor ascendencia, sobre las que suelen guardar un astuto silencio.

Sin duda que la Argentina ha tenido y tiene los defectos eternos de todos los Estados, su personal las mismas medianías, su política las mismas incoherencias, su destino las mismas vicisitudes.

Como todas las historias, la historia argentina es una serie confusa de azares, de improvisaciones, de extravíos, en pocas palabras, de todo lo que caracteriza en general a las sociedades humanas.

Es verdad que (aunque muchas veces no se haga) conviene tener siempre presente las lecciones de la historia, a tenor de las cuales cuando una nación se hunde en la corrupción y entroniza la injusticia, especialmente la legal y la distributiva, todas las relaciones de los ciudadanos entre sí y las de éstos con el Poder, se embrutecen y encanallan.

La demagogia y la consecuente anarquía (aunque no sea plena), la relajación de costumbres, la corrupción de las magistraturas, la venalidad de los hombres públicos, hace necesario restablecer la autoridad dentro de la ley y la justicia, recogiendo la verdad de que, para las naciones como para los individuos, la mejor y más sólida herencia la constituyen las virtudes.

Y para el restablecimiento de la autoridad, su actuación no debe por principio buscar la coacción sino la persuasión, no los castigos sino las razones; y particularmente en los Estados federales como el nuestro, debe establecerse el trato con las provincias subyugadas (en numerosas ocasiones por acción u omisión de ellas mismas), haciéndolas verdaderamente federadas, intentando que ello se logre sin lastimar intereses, sin destruir riqueza, sin molestar convicciones.

Únicamente quienes actúan así se revelan como los grandes estadistas (reconociendo que hemos tenido varios), que son los que sobreviven a su actuación por la directriz que supieron imprimir a la nave del Estado, la que sólo puede mantenerse y avanzar rectamente hacia su fin -el bien común temporal de todo el hombre y de todos los hombres- con “auctoritas” (o autoridad moral) y una justicia íntegra y rotunda.

Deberíamos entonces exigir, por ejemplo, que nos digan claramente (y, en su caso, cómo) si se va a respetar la vida desde la concepción en el seno materno, si se va a acabar con la demagogia, el clientelismo y el nepotismo, si se va a combatir la farsa educativa pública y privada, si se van a aplicar las normas constitucionales que tienden a asegurar el federalismo, si se va a juzgar a los jueces supuestamente indignos, si se va a asegurar la justicia conmutativa y fundamentalmente la legal y la distributiva, si se va a accionar sobre la base de que la solidaridad sin subsidiariedad va a degenerar fácilmente en asistencialismo y que la subsidiariedad sin solidaridad corre el peligro de alimentar formas de actuaciones cruelmente egoístas que conducen a la miseria y a la degradación, etc.

 
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