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LA LIBERTAD COMO FIN EN SÍ - POR JORGE H. SARMIENTO GARCÍA PDF Imprimir E-Mail
jueves, 09 de junio de 2011
Sin duda que en la actualidad, por lo general, se considera que el primer aspecto del bien común está dado por el reconocimiento y la defensa de los derechos de la persona humana, los que en rigor son medios espirituales para el cumplimiento de sus deberes. De aquí que se aprecie que el cometido principal de los gobiernos es reconocer, respetar, armonizar, tutelar y promover tales derechos, para de ese modo facilitar el cumplimiento de sus respectivos deberes.

Sin duda que en la actualidad, por lo general, se considera que el primer aspecto del bien común está dado por el reconocimiento y la defensa de los derechos de la persona humana, los que en rigor son medios espirituales para el cumplimiento de sus deberes. De aquí que se aprecie que el cometido principal de los gobiernos es reconocer, respetar, armonizar, tutelar y promover tales derechos, para de ese modo facilitar el cumplimiento de sus respectivos deberes.

 

Como una buena parte de tales derechos consiste formalmente en “libertades” cívicas (libre expresión, libertad religiosa, libertad de asociación, etc.), y como los deberes representan a su vez el necesario contrapunto de “responsabilidad” que es inseparable de toda libertad, resulta que el bien común consiste, en buena medida, en una justa “organización social de las libertades”.

 

Ahora bien, diversas formulaciones modernas han presentado la libertad, en el dominio ontológico o de la naturaleza humana, como una “libertad - de”, pero no como “libertad - para”: libertad de autonomía, de indiferencia, absoluta, como fin en sí, y, por tanto, exenta del orden moral, más allá del bien y del mal, ajena a todo finalismo natural.

 

Esos viejos errores, que datan de la baja Edad Media y que, pasando por las diversas formas de racionalismo, han llegado por ejemplo al existencialismo de nuestros días, afirman entonces, inexactamente, que el hombre, por ser naturalmente libre, debe vivir desligado de toda ley, como si fuese él quien, como supremo legislador, se diera a sí mismo la regla normativa de sus propias acciones, cuando la verdad es que el hombre, precisamente por ser libre, ha de vivir sometido a la ley natural, norma de lo que hay que hacer y de lo que hay que evitar, gravada en los seres racionales, que los inclina a las obras y al fin que les son propios.

 

Esta exigencia ontológica de la libertad humana es aplicable a los hombres unidos en sociedad para el bien común. Y un sistema económico, social y político que hace de la libertad de los individuos el bien máximo y el fin en sí, termina destruyéndose a sí mismo y degenera en anarquía y revolución.

 

Como es menester impugnar el carácter licencioso de las libertades cuando no se sujetan a los necesarios límites morales y legales, cuando no son conformes a la dignidad de la persona humana, así también debe reivindicarse su núcleo moral auténtico cuando éste ha sido amenazado a la inversa por distintas formas de autoritarismo o totalitarismo.

 

La sociedad política debe conceder a cada miembro la máxima libertad relativa frente al poder, entendiendo bien esa relatividad: no sólo la que proviene de la libertad de los demás mi libertad termina donde comienza la libertad ajena, sino aquella que proviene de la ley moral objetiva y, por tanto, de la dignidad de la persona humana, que regula los derechos y deberes de unos y de otros.  Por eso, si bien hay que defender hoy como siempre las libertades fundamentales de la persona humana, también es inexcusable impugnar aquellas legislaciones permisivas que, bajo apariencia de libertad, dan carta de naturaleza legal a las peores aberraciones morales.

 
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