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¿LO LOGRAREMOS? - Por Jorge H. Sarmiento García PDF Imprimir E-Mail
jueves, 03 de marzo de 2011
La corrupción -que afecta a la mayoría de los países del mundo- complica desde la lucha contra la inestabilidad financiera hasta la contra el cambio climático o la pobreza, según el último informe anual de Transparencia Internacional.

La corrupción -que afecta a la mayoría de los países del mundo- complica desde la lucha contra la inestabilidad financiera hasta la contra el cambio climático o la pobreza, según el último informe anual de Transparencia Internacional.

 

Dinamarca, Nueva Zelanda y Singapur encabezan la lista de los países más transparentes del orbe, figurando Venezuela como uno de los más corruptos (puesto 164 de 178), en tanto la Argentina ocupa el puesto 105. 

 

Así las cosas, el país de los argentinos no está bien, nada bien; y no olvidemos que sólo los tontos se consuelan con el mal de muchos….

 

Reiteramos en este espacio que en las últimas décadas, la Argentina ha atravesado períodos de verdadera tragedia nacional: ha sufrido autoritarismos, unos como consecuencias de golpes de Estado y otros aparentemente democráticos pero sustancialmente demagógicos, también terrorismos y hasta una guerra contra Gran Bretaña y sus aliados de Europa y de América (del norte y del sur); ha reformado más mala que buenamente su Constitución; en el terreno económico -según muchos entendidos- existe una apariencia de prosperidad sustentada en una economía ficticia; las frecuentes malas prácticas políticas dificultan el buen funcionamiento de nuestras instituciones; se ha continuado con una vacilante política exterior, etc.

 

Ha escrito recientemente un periodista mendocino, Gabriel Bustos Herrera: “Conmueve que el Estado promueva la timba (o le saque provecho). Pero este país de ShowMatch, de la Mole Moli, las bailarinas (y sus gigoló), de Gran Hermano, de Rial, del Póquer por TV y por internet, es el mismo de la rotunda decadencia de la escuela pública, del retroceso estrepitoso de la lectura y la comprensión de textos, de la inseguridad abastecida por miles de jóvenes fuera del circuito de la escuela y el trabajo, de una generación asediada por la droga y otras adicciones (al juego, entre ellas), en tiempos de ruptura del marco familiar y de otros valores en desuso (como la cultura del trabajo y la convivencia responsable). Se ha mezclado todo. Como en el Cambalache de Discépolo”.

 

Es por eso que consideramos procedente transliterar lo que se lee en el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia: “411 Entre las deformaciones del sistema democrático, la corrupción política es una de las más graves porque traiciona al mismo tiempo los principios de la moral y las normas de la justicia social; compromete el correcto funcionamiento del Estado, influyendo negativamente en la relación entre gobernantes y gobernados; introduce una creciente desconfianza respecto a las instituciones públicas, causando un progresivo menosprecio de los ciudadanos por la política y sus representantes, con el consiguiente debilitamiento de las instituciones. La corrupción distorsiona de raíz el papel de las instituciones representativas, porque las usa como terreno de intercambio político entre peticiones clientelistas y prestaciones de los gobernantes. De este modo, las opciones políticas favorecen los objetivos limitados de quienes poseen los medios para influenciarlas e impiden la realización del bien común de todos los ciudadanos”.

 

Pues bien, creemos advertir que son muchos los argentinos convencidos -sin perjuicio de sus diversos credos políticos partidistas- de que debemos salvar a la Nación, revivirla, restaurar su honor y ganar para ella un lugar honorable en el mundo, y de que debemos luchar por lograr salud y educación, la seguridad física de las personas y la efectiva vigencia de un sistema normativo coherente y sin fisuras, necesitando, además, el funcionamiento de un Poder Judicial transparente y respetado, y una estructura y un contexto general de completa estabilidad, con particular énfasis en el rol fundamental que le cabe al orden institucional, tanto en el ámbito público como en el sector privado. También, que necesitamos auténticos estadistas, no caudillos, punteros políticos, sindicalistas corruptos ni “barrasbravas”, como asimismo que debemos elegir gobernantes con rectitud, inteligencia, personalidad y sentido del destino, con valor y convicción patriótica…

 

¿Lo lograremos?   

 
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