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LA GRANDEZA Y LA POBREZA DE LOS POLÍTICOS - POR DANIEL NALLAR PDF Imprimir E-Mail
jueves, 10 de febrero de 2011
El éxito de las naciones desarrolladas fue conseguir que al Estado lo “gobiernen” instituciones. El fracaso de las subdesarrolladas es aceptar que las “gobiernen” personas. ¿Cuál es la diferencia?


 

El éxito de las naciones desarrolladas fue conseguir que al Estado lo “gobiernen” instituciones. El fracaso de las subdesarrolladas es aceptar que las “gobiernen” personas. ¿Cuál es la diferencia?

 

Los estados gobernados por instituciones funcionan en “piloto automático”. Existe una institución para cada fin del Estado, con sus acciones determinadas para los próximos 50 años. En estos países las personas son “funcionales” a las instituciones, por eso se los denomina “funcionarios”, expresión que transmite sujeción a fines ajenos. No son “poderosos”, son “funcionales a lo público”.

 

Puede que en algunos de estos países falten cosas por hacer, pero se sabe qué falta, cuando y como se harán. Cada persona sabe cuando le entregarán su vivienda propia. Sabe cuantas escuelas habrá en su zona en el 2025 y que se enseñará en ellas. Sabe qué hospitales se construirán en 2016 y si tendrá posibilidad de curar a sus nietos de enfermedades hoy incurables. Sabe el día en que pavimentarán su calle, el año en que será necesario ampliar la colectora cloacal, cuantos habitantes habrá en su barrio en 2022 y como irán adaptándose las frecuencias del transporte público.

 

Sus políticos son grandes de verdad, porque han consensuado un plan con políticas públicas a 20, 30 o 40 años. Son menos importantes porque el progreso y el bienestar no dependen de quién gane las próximas elecciones. Son menos importantes… pero por su “grandeza”.

 

Por el contrario, los estados gobernados por personas son “emocionales” e “histéricos”, saturados de decisiones arbitrarias, de ideologías y de confrontaciones. Son tan cambiantes e imprevisibles como las personas que los gobiernan, porque el ser humano es naturalmente así: cambiante e imprevisible. No son funcionarios porque no son “funcionales a la satisfacción de necesidades públicas” sino a la satisfacción de sus propios intereses.

 

En estos estados la salud, la calle pavimentada, las cloacas, el transporte, la educación y la vivienda propia depende de dos cosas: que al interés del gobierno le convenga y que sus opositores dejen que lo haga. Por ello, para “permanecer”, los gobiernos se dedican a construir poder (generando dependencia), capturar voluntades (limitando la educación) y conservar poder (haciendo creer a la población “capturada” que si él no estuviese nadie la ayudaría). 

 

La dirigencia política subdesarrollada suele engañar a la gente diciéndole que no hay nada mejor y que la única opción es vivir el día a día bajo su conducción arbitraria y provisional (Cuba, Venezuela, Argentina, Haití, parte de Oriente medio y la África subsahariana). Allí los políticos son más importantes porque el destino del pueblo depende de quién gane las próximas elecciones. Son más importantes… pero por su “pobreza”.

 

En Argentina merecemos políticos maduros, mentes que trasciendan las circunstancias y que piensen en satisfacer necesidades públicas no sus propias carreras políticas. Los gobernantes que liberen sus esclavos a fuerza de educación y progreso, posiblemente serán menos importantes las próximas elecciones, pero escribirán su nombre en la historia… por su “grandeza”.

 
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