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SOBRE LA IGLESIA - por JORGE H.SARMIENTO GARCÍA PDF Imprimir E-Mail
lunes, 05 de abril de 2010

Aquí no diré nada nuevo, sino que me limitaré a repetir algunas verdades expuestas por hombres que han dedicado su vida a alcanzarlas.


 

Aquí no diré nada nuevo, sino que me limitaré a repetir algunas verdades expuestas por hombres que han dedicado su vida a alcanzarlas.

 

La Iglesia es el Cuerpo de Cristo y el Reino de Dios en la tierra, siendo éste el principio fundamental de su dogma, su culto, su vida de comunidad y de su nota característica de Iglesia del pueblo y de los pueblos.

 

Ahora bien, ¿qué relación guarda el Catolicismo tal como es con el Catolicismo tal como debiera ser según la idea divina?

 

Como Jesucristo tomó sobre sí en el misterio de la Encarnación un asombroso decaimiento al asumir, siendo Hijo de Dios, la condición humana, al entrar en los concretos y reducidos límites de su estructura corpóreo-espiritual, en la insignificancia y estrechez de un ambiente espacial y temporalmente definido y circunscripto (la Tierra Santa del siglo I), pero sobre todo en un conjunto impresionante de contingencias humanas, desde el pesebre de Belén a la cruz del Gólgota, así también la Iglesia, que es el cuerpo de Cristo, hubo de sufrir mengua al entrar en los movimientos de la historia, con lo que se quiere decir que aquella su celestial grandeza, que le viene de la más alta prosapia, no la puede manifestar sino de manera indirecta y deficiente, por medio de rayos de luz refractada; y a ello se une que:

 

1º. La Iglesia, constreñida por el desenvolvimiento a que están sujetas las cosas históricas, no comunica a los hombres la verdad y la gracia de Cristo como los Apóstoles en el ardor de Pentecostés, sino mediante hombres muchas veces carentes de aquella virtud de abundancia de una acción carismática aunque actúen con la mejor intención, de suerte que su espíritu se manifiesta al mundo en forma atenuada.

 

2º. El peligro que corre la Iglesia, puesta en contacto con los pueblos adonde le lleva su misión de anunciar la buena nueva, de contagiarse con lo sobradamente humano que, a manera de polvo de la historia, recubre las generaciones.

 

3º. Las ideas, los conceptos y las costumbres del ambiente suelen influir sobre la conducta de los católicos contrarrestando la acción del Espíritu de Cristo.

 

Así las cosas, no extraña que el Catolicismo histórico no siempre coincida con el ideal, antes bien quede en los hechos de verdad notablemente retrasado respecto del ideal, y que en el curso de la historia siempre esté haciéndose en trabajoso crecimiento.

 

Las ansias de reformas suponen la existencia de deficiencias y el convencimiento de que el Catolicismo no logra realizarse en toda su pureza, persistiendo siempre el anhelo de lograrlo, aunque a la luz de la escatología, es decir, observando que, según las promesas del Señor, la perfección definitiva de la Iglesia no brillará en todo su esplendor hasta el fin de los tiempos, siendo designo de Dios que permanezca en estado imperfecto, inacabado e incompleto hasta el segundo advenimiento del Hijo de Dios.

 

Como decía el Cardenal Newman, “Jesucristo nos previene sobre la ilusión de ver la Iglesia ya en este mundo exenta de mancha y arruga”; y Pablo insiste en que la Iglesia de acá abajo, vivificada por el Espíritu Santo, lleva la señal, no de Cristo glorioso, sino de Cristo paciente, de su mortificación y de sus llagas, y en que los padecimientos de Cristo abundan en sus miembros, de suerte que cabe hablar de comunidad de padecimientos (2 Cor. 4,10 – 1,5; Gal, 6, 17; Phil. 3, 10). 

 

Evidentemente, habiendo el Señor Dios permitido tanta debilidad y miseria en la Iglesia de este mundo, ello no nos permite en modo alguno a los católicos caer en desagradable ostentación de virtud y en orgullo espiritual, duro y egoísta.

 

Pero no debemos inquietarnos, el mismo Jesucristo, que predice las fragilidades e imperfecciones de la Iglesia, los pecados y miserias de sus miembros, también promete que las fuerzas del infierno jamás prevalecerán contra ella.

 

Y concluyo destacando especialmente que:

 

1º. La Iglesia, Madre nuestra, no se aparta espantada cuando las manos muy sucias de sus hijos la tocan, ni cuando la incomprensión y malicia tratan de dañarla…

 

 2º. Pese a nuestras imperfecciones y miserias, la mayoría de los obispos, sacerdotes y laicos practicantes se esfuerzan en ejercitar las virtudes, especialmente la caridad y la abnegación, la humildad y la sencillez, no olvidando que la piedad personal necesita de la sujeción a la Iglesia para no frustrarse, en relación de colaboración que hace a los movimientos vitales de Ella.

 
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