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EL 6 DE SEPTIEMBRE DE 1930 por Jorge H. Sarmiento García PDF Imprimir E-Mail
lunes, 04 de septiembre de 2006

 Hemos escrito antes en otro lugar sobre este tema cuyo nuevo aniversario está próximo, pues merece atención especial este movimiento, dado que ha sido señalado como la acción que marcó el surgimiento del militarismo moderno en la Argentina.

 

 

La crisis económica mundial que estalló en 1929 tuvo serias repercusiones en la Argentina. El desempleo y otras dificultades provocaron una profunda inquietud social y política que llevó a que en septiembre de 1930, a dos años de que comenzara la segunda presidencia de Yrigoyen, dirigido por José Félix Uriburu se diera un golpe militar que interrumpió, por segunda vez desde 1853, la continuidad constitucional argentina.

 

El golpe que derribó a Hipólito Yrigoyen fue ejecutado por militares, mas contó con la adhesión de políticos opositores (como conservadores y radicales antipersonalistas), de amplios sectores del pueblo, de la “Liga Patriótica” (organización nacionalista de Manuel Carlés), de Leopoldo Lugones, etc..

 

El 6 de septiembre, por la mañana, el general José F. Uriburu salió del Colegio Militar al frente de sus cadetes y de un batallón de artillería, intimando la entrega del gobierno, llegando a la Casa Rosada luego de un tiroteo frente al Congreso, obteniendo la renuncia del vicepresidente Martínez y de todos los ministros.

 

El presidente Yrigoyen, sin apoyo, renunció ante las autoridades militares de la ciudad de La Plata, siendo detenido y confinado a la isla Martín García; luego de confirmarse su retiro, grupos frenéticos saquearon su domicilio y arrastraron su busto por las calles. 

 

Sobre el punto han escrito Floria y García Belsunce: “La mayoría de los testimonios de la época denuncian una sensación de fatiga política y social, un estado de ilegitimidad sociológica, una suerte de resignación frente a la conspiración militar que según confiesa Palacio –espectador de los sucesos, participante en el movimiento nacionalista y en la Liga Republicana e historiador- ´seguía, entretanto, sin que el gobierno tomara ninguna medida para conjurarla‘. La Liga Republicana convocaba a la oposición frontal, el llamado Klan Radical  trató de neutralizar a los opositores con la violencia, y ésta llamó al combate callejero a la Liga Patriótica Argentina. La violencia ganó la calle, los incidentes menudearon y el ambiente de crisis económica, política y social se tornó, para muchos, insoportable. Los radicales llegaron, incluso, a hacer fraude electoral, utilizaron al ejército para las intervenciones federales y aparecieron contradiciendo ideales y banderas que habían difundido o agitado para fundar en esos signos una nueva legitimidad. Esa legitimidad nunca había superado cierta innata precariedad. El propio yrigoyenismo contribuyó a herirla de muerte. Oficialismo y oposición fueron cómplices, a su manera, de la agonía de la Argentina de los partidos. El general Uriburu era sobrino de un ex Presidente y miembro de una familia aristocrática; con amplios contactos en el mundo económico y social, entre las élites ideológicas del nacionalismo de derecha y con los círculos políticos opositores, y considerado según el entonces capitán Perón como ´un perfecto caballero ... un hombre puro y bien intencionado‘, dio los últimos toques a la conspiración. Un grupo paralelo operaba, mientras tanto, bajo la inspiración del ex ministro de Guerra de Alvear, el general Agustín P. Justo. Ambos coincidían en el objetivo inmediato –derribar a Yrigoyen-, pero diferían en cuanto a los objetivos políticos mediatos y aun en sus ideologías correspondientes. En síntesis, Uriburu representaba la idea de una revolución  de inspiración corporativa, en la línea del fascismo. Justo, el propósito de una reversión política, de una vuelta al pasado preradical, en una línea conservadora. En los designios de Uriburu estaba la reforma institucional y un régimen tan largo como fuera necesario para realizarla. Entre las intenciones de Justo figuraban cierta adhesión condicionada a los principios constitucionales y la creación de un gobierno provisional de duración breve, que preparase rápidamente la transición. Sarobe fue un cronista fiel de ambas posiciones y, a la vez, partidario de una suerte de ´legalidad sin Yrigoyen‘. Según el testimonio del propio Perón, la posición de Uriburu, a cuyo grupo estaba adscripto, tenía menos predicamento entre los oficiales dispuestos a participar en el movimiento que la posición del grupo de Justo. Perón tuvo la impresión de que el grupo de Uriburu carecía de habilidad para llevar a buen puerto la conspiración y buscó acercarse al de Justo, en el que jugaban un papel principal Sarobe y Bartolomé Descalzo. El primero de ellos trató de establecer, ´en términos simples y en forma concreta, sin tergiversación posible, los objetivos y miras de la revolución‘, como escribe en sus memorias. La revolución iba ´contra los hombres‘ y no tenía como finalidad cambiar las instituciones. En esto, la posición difería claramente de Uriburu y su grupo ... En la madrugada del 6, el gobierno está solo, el Presidente ha enviado su renuncia manuscrita y el ejército, con la jefatura de Uriburu, toma el poder. Fue una operación política y militar, preparada sin prisa y sin pausa, en la que los participantes tuvieron tiempo de pensar en lo que iban a hacer, pero sólo se pusieron de acuerdo en cuanto a la toma del poder. La primera prueba del ejército en el poder comenzó como un cuidadoso operativo militar y culminó en un ´paseo‘ de seiscientos cadetes, novecientos soldados, decenas de automóviles rodeados por espectadores alborozados y un oficialismo paralizado. Al día siguiente de la crisis se mostraron las facciones de la revolución, su cuerpo bicéfalo y los rastros de la improvisación. El orden constitucional estalló sin que muchos lo deploraran. Los argentinos apenas se dieron cuenta que, entre todos, habían llevado a su patria a la crisis de la crisis ...”.

 

Jorge Abelardo Ramos, por su parte, ha escrito: “La posición habitual de los radicales es atribuir a los monopolios petroleros la caída de Yrigoyen. Políticamente hablando, la posición es confortable, pues exime a los radicales, tan habladores por lo general, de explicar las razones de la profunda decadencia del yrigoyenismo, de su completa impotencia para gobernar, de su espantoso desorden administrativo y de sus derrotas electorales en la Capital Federal. No son los petroleros los que derribaron a Irigoyen, sino el radicalismo agonizante el que abandona sin lucha la escena y que carecerá hasta el último minuto de existencia del más mínimo reflejo defensivo. El mundo entraba a una época siniestra, a la era del fascismo, de los campos de concentración, de las torturas y de las grandes catástrofes. Irigoyen ya era un anacronismo que la realidad de la crisis apartó brutalmente. La totalidad del Ejército –es un hecho notorio- permaneció firme junto a su gobierno, esperando únicamente la orden para reprimir  cualquier intento sedicioso. La orden no llegó jamás. Debió ser un general retirado –el general José Félix Uriburu- el único oficial de jerarquía capaz de encabezar el movimiento revolucionario contra Irigoyen. Por su parte, el general Justo, también retirado, figuró deliberadamente en un segundo plano, pues estaba dotado de mayor visión política que su colega y se reservaba para una ´presidencia constitucional‘. Pero el 6 de setiembre reviste un doble carácter que es preciso destacar. Hace su aparición por primera vez el nacionalismo oligárquico o clerical, que rodea a Uriburu, lo dota de ideas y lo exalta en sus propósitos. Este tipo de nacionalismo influirá durante varios años en un sector del Ejército y lo conducirá invariablemente a un callejón sin salida”.

 

Y Enrique Díaz Araujo ha manifestado: “Si a Uriburu se le ha negado el comando de una fuerza militar considerable, y la inteligencia y coraje para resolver el dilema operacional sobre la Capital, con mayor pertinacia se le ha rehusado el apoyo multitudinario popular. Postura historiográfica consecuente, puesto que más todavía que la caída del yrigoyenismo, cuestión de hecho, les importaba salvar el principio legitimante democrático, cuestión de derecho. Y a este efecto, sólo desmintiendo, minimizando o caricaturizando la presencia masiva de la población porteña en acompañamiento delirante a las columnas revolucionarias, podían sostener su endeble teoría. El mentís más rotundo que los documentos fotográficos y filmográficos producen respecto a la tesis del ´Ejército contra el Pueblo‘, se concreta en la visión de las 350.000 personas que aclamaron el juramento del Gobierno Provisional en la Plaza de Mayo el día 8 de setiembre. Acto que en sí mismo venía a coronar la noción  estratégico – política de Uriburu sobre la coordinación de un alzamiento militar y popular. Luego, magüer los extravíos inmovilistas en que incurriría más adelante el Gobierno Provisional, para su jefe queda el saldo positivo acerca de los modos como planteó y resolvió su pronunciamiento armado”. Debemos anotar que el mismo autor también ha escrito: “Con el caudillo personalista prematuramente envejecido, y con el ´crack‘ de la Bolsa de Nueva York, que en octubre de 1929 hizo estallar la economía mundial, con la consiguiente repercusión interna sobre el trabajo y la moneda, poco margen de evaluación quedó. En todo caso, es obvio que no se lo concedió gran parte del pueblo de Buenos Aires, quien festejó, activa o pasivamente, la ruptura de la legalidad constitucional el 6 de setiembre de 1930. Balance negativo. No obstante lo cual, también podrían suscribirse los términos de este verso de Anzoátegui, cuando escribió: "Ante Usted, Don Hipólito, yo me saco el sombrero / y le llamo señor, / por eso que tenía de taita y mazorquero, / y hasta se dijo que era hijo del Dictador. / Mientras la oligarquía andaba a cuatro patas / pordioseando una libra y empeñando el laurel, / Usted iba llenando los atrios de alpargatas / Y enseñando a los hombres a cumplir su papel. / Usted, Don Irigoyen, de bastón y galera, / De la media palabra y el silencio sutil, / Era caudillo y prócer y exactamente era / El Felipe II de la calle Brasil. / Usted a la Inglaterra supo pararle el carro / Y para no ser neutro se mantuvo neutral, / A pesar de que estaba bastante espeso el barro / Y nos amenazaban la noche y el puñal. / Con eso sólo basta, varón de cuerpo entero / Que cultivó el callado sentido del honor: / Por eso en su memoria yo me saco el sombrero / Y le llamo señor”.

 

 
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